Un informe del Imperial College de Londres, una de las universidades británicas más prestigiosas del mundo, concluye que las medidas de confinamiento y cuarentena decretadas en los últimos meses por el Gobierno de España han contribuido a salvar más de 450.000 vidas. Sin duda, el estudio científico es un respaldo decisivo para las cuestionadas políticas sanitarias de Pedro Sánchez y al mismo tiempo un duro revés para PP y Vox, que desde que estalló la pandemia han estado atacando con ferocidad al Ejecutivo de coalición y a sus equipos médicos. Las derechas han intentado imponer la realidad paralela (para lelos habría que decir) consistente en hacer creer a los españoles que su Gobierno los estaba secuestrando, cuando en realidad los estaba salvando de una muerte segura. Todo ese gran fraude político generado a golpe de neolengua orwelliana, todo ese inmenso montaje para tratar de convencer al país de que Sánchez se había convertido en el peligroso Nicolás Maduro europeo dispuesto a limitar gravemente la libertad de movimientos y otros supuestos derechos constitucionales de sus ciudadanos, ha quedado debidamente desmontado por la única certeza que el neofacismo del siglo XXI no podrá enterrar jamás: la verdad concluyente del método científico.

La extrema derecha había logrado arrastrar al PP en su loca y descabellada aventura para criminalizar las medidas de confinamiento y convertirlas en la diana principal de su cruzada contra un régimen estalinista, totalitario y dictatorial que solo estaba en las cabezas de los promotores de tan disparatado delirio. Invocando ese bulo absurdo, consiguieron agitar a las masas organizando caceroladas en los barrios ricos de Madrid y manifestaciones en coche con mucho ruido pero pocas nueces. Pero hete aquí que han llegado unos señores ingleses con bata blanca para desarmar el mecano de la mentira y de paso decirle a Pablo Casado y Santiago Abascal que el confinamiento del doctor Fernando Simón −a quien Vox pretende meter en la cárcel por supuestas negligencias en la gestión de la pandemia− no solo ha dado un buen resultado clínico, aplanando la curva epidemiológica, sino que a falta de vacuna y tratamiento contra el covid-19 era el único remedio eficaz para superar la enfermedad. Por utilizar un símil médico, tras el informe demoledor del Imperial College, Casado y Abascal quedan como ese fumador empedernido que se sienta delante de su médico para intentar engañarlo diciéndole que ya no toca el tabaco mientras el galeno, instituido de la autoridad científica, le muestra la radiografía de un pulmón ennegrecido y cancerígeno para que pueda comprobar con sus propios ojos lo que ocurre cuando se inhala la venenosa nicotina.

Abascal había ideado una estrategia maquiavélica consistente en culpar a Sánchez de las 30.000 muertes por el virus de Wuhan, tratando de elevar al presidente a la categoría de mayor genocida de la historia de España (por encima incluso de Franco, que es adonde siempre pretende llegar el líder de Vox en su intento de blanqueamiento de la dictadura). Sin embargo, el gran montajista bilbaíno se ha topado esta vez con la razón de la ciencia, con la verdad contenida en el matraz y en la probeta y con los sesudos informes de unos biólogos británicos que solo creen en las enseñanzas de Alexander Fleming y les importa más bien poco los prejuicios y las patrañas de un pequeño grupo de exaltados españoles que vociferan contra la democracia y contra la medicina en alguna cueva perdida de la Atapuerca ibérica.

Pese a todo, el auténtico drama es que un partido como el PP, el primer representante de la derecha española convencional, clásica, útil y necesaria en todo país democrático, se ha dejado seducir por esa especie de fábula ultra mezcla de fanatismo político, superstición religiosa, delirios negacionistas y terraplanismo friqui. Casado, al haberse alineado sin ambages (más bien habría que decir alienado) al lado de la nueva Falange nacionalcatolicista hispana −esa que cree que la pandemia es un castigo divino por la exhumación de los restos de Franco−, ha unido su destino al del atavismo, la ignorancia científica y el sectarismo de la ultraderecha. El futuro del heredero de Rajoy, por propia decisión del líder del PP, está atado irremediablemente al futuro de Abascal, y cuando este decida encaminarse al cementerio de Mingorrubio, pala en mano y una escuadra de Legionarios de Cristo detrás, para desenterrar la momia del Caudillo y volver a trasladarla al Valle de los Caídos, ya será demasiado tarde y al jefe del PP no le quedará otra que hacer las veces de asistente de sepulturero.

La razón de la sinrazón siempre conduce al desastre y en este caso también al rubor, al esperpento y a la vergüenza ante la evidencia médica que ha quedado sobradamente acreditada. De Abascal no sorprende que insista en su discurso del genocidio sanchista (de este hombre se puede esperar cualquier cosa), pero sí llama la atención la tozudez de Casado, que va a pasar a la historia como el único líder de la derecha europea democrática que se opuso al confinamiento en Europa, negándole el estado de alarma al Gobierno y poniéndose a la altura, codo con codo, de los irracionales antivacunas o de los “chalecos naranjas” italianos que creen firmemente que el coronavirus no existe y que todo es una conspiración de Bill Gates para esterilizar a las masas con extraños tratamientos médicos. El informe del Imperial College de Londres, publicado en Nature, una de las revistas científicas más importantes del mundo, demuestra cien por cien que el binomio Sánchez/Simón estaba en lo cierto (como no podía ser de otra manera cuando se alían la sensatez política y la verdad de la ciencia) mientras que Casado queda, no ya como un exaltado populista dispuesto a quemar en la hoguera al nuevo Giordano Bruno de la virología (en este caso Simón), sino como un iluminado balbuceante con una cacerola en la mano que hace caso omiso a lo que le dicen los médicos cuando le aconsejan que deje el tabaco. Y es que Casado está totalmente enganchado a la negra nicotina de la ultraderecha.   

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