El informe Trump que pone en cuestión la libertad de expresión en nuestro país y denuncia ataques a la prensa por parte del Gobierno de Pedro Sánchez ha indignado al Ejecutivo de coalición. La vicepresidenta primera, Carmen Calvo, ha puesto una vez más el dedo en la llaga al recordar que ese papelajo sin credibilidad alguna “es el último coletazo de la Administración Trump”. No deja de tener su gracia y fina ironía que el presidente norteamericano que más se ha destacado como azote del periodismo de establishment y como gran negacionista del pluralismo político (siempre ha negado legitimidad al rival o adversario por comunista) venga ahora, aunque sea a título póstumo y cuando ya no es nadie, a darnos lecciones de democracia, de derechos fundamentales y de buen gobierno. “Niego la mayor –ha contestado Carmen Calvo–. Ni es un informe ni una amonestación”. Touché.

El polémico dosier anual sobre la situación mundial de los derechos humanos que cada año elabora el Departamento de Estado ha sido hecho público esta misma semana. En él se alerta ante los “múltiples” ataques verbales del Gobierno de España contra “determinados medios de comunicación y periodistas específicos”. La Asociación de Periodistas de España (FAPE) no ha tardado en reaccionar, tragándose entero el anzuelo trumpista. “El informe es una clara llamada de atención al Gobierno, a los políticos y a los partidos que cita para que corten de raíz sus ataques al derecho constitucional a la libertad de expresión en España y para que protejan el libre ejercicio del periodismo como pilar fundamental de nuestra democracia”, aseguran fuentes de la FAPE.

¿Pero qué se denuncia en ese informe que parece fabricado por la CIA para terminar de desestabilizar a nuestro país? Mucho humo, o como se suele decir coloquialmente mucho ruido y pocas nueces. Se sugiere un supuesto intento de Pedro Sánchez por amedrentar a los medios conservadores, acusándolos de crispadores y agitadores de la sociedad española; se habla de una presunta manipulación de las ruedas de prensa telemáticas de Moncloa en las que se exige al periodista que presente sus preguntas por adelantado para ganar tiempo; y se insinúa un tuit o boutade del siempre sarcástico Pablo Echenique señalando al periodista Vicente Vallés como cómplice de la caverna mediática. Más allá de eso, poco más. Eso sí, Pablo Casado ya ha aprovechado el panfleto del Departamento de Estado norteamericano, gran maquinaria de propaganda trumpista, para lanzar uno de sus habituales bulos: que es el propio Joe Biden quien cuestiona las supuestas maneras autoritarias del Gobierno español, lo cual es mentira sencillamente porque el informe viene de la época de Trump y Biden ni siquiera sabe que existe. Bastante tiene ya el anciano inquilino de la Casa Blanca con deportar a los pobres espaldas mojadas que estos días llegan por miles a USA desde la frontera mexicana.

Un nuevo montaje casadista está en marcha a costa del legajo de Trump y hasta el alcalde de Madrid y portavoz nacional del PP, José Luis Martínez Almeida, que debería dedicarse a explicar a los madrileños la política cotidiana y cuántos parques y jardines piensa construir a lo largo de su mandaro, ha entrado también en la política internacional. “Lo único que ha hecho EEUU es constatar que no ha habido un Gobierno que haya criticado tan duramente a los medios de comunicación como este, sobre todo la parte de Podemos”. Bien haría el primer edil en dedicarse a lo suyo, a la cuestión municipal y a la contaminación en la capital que nos está envenenando vivos, y dejarse de asuntos mayores, que cualquier día lo vemos subido al atril de la Asamblea General de la ONU, echando un discurso al mundo sobre la amenaza de la China comunista.

Todo el castillo de naipes del PP se viene abajo, una vez más, cuando comprobamos que Reporteros Sin Fronteras coloca a España en el número 29 entre los países que más respetan la libertad de expresión, mientras Estados Unidos se hunde hasta el puesto 45 tras cuatro años de mandato del fatuo presidente republicano.

Por tanto, no deberíamos dejarnos deslumbrar por un supuesto informe que viene de la que se jacta de ser la primera democracia del mundo pero que en los últimos tiempos, y por influencia del trumpismo populista xenófobo y de extrema derecha, se ha degradado hasta el nivel de república bananera. Trump pasará a la historia como el hombre que levantó un imperio mediático como la Fox News para propagar su doctrina del bulo, con la que consiguió llegar a la Casa Blanca, y llegó a decir de los medios de comunicación no afines cosas como que “ellos son las noticias falsas, falsas y asquerosas”.

Todo el mundo recuerda que el magnate neoyorquino, hoy felizmente derrotado y enviado a su mansión de la que nunca debió haber salido, prohibía la entrada de periodistas incómodos a sus actos públicos y que en sus mítines de campaña arengaba a la militancia con aquel eslogan de “la CNN apesta”. Entre sus frases antológicas para la historia quedará aquello de que los periodistas son “los seres humanos más deshonestos de la tierra” e incluso llegó a bautizarlos como “el enemigo del pueblo”. Hasta Bob Woodward, el reportero que destapó el caso Watergate, ha sentenciado ya que “la democracia ha resistido” y que el fracasado en su intento de amordazarla es el multimillonario caído en desgracia. “Hay un cierto amor-odio de Trump hacia la prensa. Insulta a los medios a diario pero es adicto a ellos, da ruedas de prensa de más de una hora en las que contesta a todo, convierte actos sin preguntas en ruedas de prensa improvisadas”. O sea, un megalómano de manual.

No está el país de las barras y estrellas para ir dando lecciones sobre la libertad de prensa, mucho menos después de que su legado haya cristalizado a este lado del Atlántico en movimientos supremacistas que como Vox en España odian a los periodistas disidentes. El partido de Santiago Abascal es uno de los que han prohibido la entrada de plumillas críticos a sus mítines y actos oficiales en un flagrante tic totalitario y antidemocrático. Pero claro, ellos son muy constitucionalistas y muy demócratas. Anda ya.

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