“Nada con exceso, todo con medida”, decía Solón de Atenas. El que fuera uno de los siete viejos sabios de la Grecia Antigua sabía de qué iba esto del juego de la vida, una aventura en la que conviene no pasarse en pasiones y deseos o se corre el riesgo de perder el norte. Lo mismo sucede en política, donde escorarse a un lado o al otro puede suponer la diferencia entre caminar con paso seguro o terminar deambulando en tierra de nadie. Pablo Iglesias, un político inteligente y preparado, quizá el más preparado de su generación (aunque eso no es decir mucho, visto el nivel) ha sabido madurar a tiempo en sus formas y sus fondos, consciente de que se juega mucho el 28A.

Dicen los que le conocen que el punto de inflexión ha sido su reciente paternidad, una hipótesis bastante razonable. Cuidar a dos churumbeles transforma la visión de la vida, se perciben las cosas de otra manera, uno deja de ser quien es y se convierte en otro distinto. La indómita individualidad se diluye en el calor de la familia. Lo que antes parecía axioma sagrado ahora pierde su sentido; lo que antaño eran guerras irrenunciables ahora se tornan intrascendentes. Se sufre una metamorfosis casi mágica y empiezan las preocupaciones, los desvelos, el dolor, el sufrimiento por esos dos pequeños que empiezan a vivir. Ya solo importa lo que pueda ser de ellos en un mundo peligroso y hostil.

Pablo Iglesias subió el monte de la paternidad como un fiero lobo estepario y la ha bajado como un niño. Pero como un niño más juicioso, templado, maduro. Aquello del despertar a la sabiduría del joven Siddhartha, el célebre personaje de Hermann Hesse. El pasado 23 de marzo, Iglesias regresaba a las trincheras de la política tras tres meses cambiando pañales, dando biberones y poniendo el termómetro a sus pequeños. El padrazo, ya dulcificado y envuelto en el perfume de bebé, se presentó ante su gente en la plaza del Museo Reina Sofía de Madrid. El discurso seguía siendo el mismo, leña a los que “mandan de verdad”, ni un paso atrás contra los poderosos. Sin embargo, algo había cambiado en el hombre. Fue entonces cuando salió el nuevo carácter, la templanza sobre la irascibilidad, la humildad sobre la soberbia y la autocrítica sobre el medido cálculo político. “Hemos cometido errores, hemos dado vergüenza ajena a veces (…) Sé que he decepcionado a mucha gente. Sé que Podemos ha decepcionado a mucha gente. Pero sobre todo hemos dado vergüenza ajena con nuestras peleas internas, por los sillones, por los cargos y la visibilidad. Hemos actuado como un partido más. Eso somos nosotros también. No reconocerlo sería mentir y nos van a perdonar cualquier cosa menos mentir”, aseguró en un ejercicio de contrición poco frecuente en la vida pública española. Sin duda, la sombra errejonista del amigo perdido estuvo también muy presente durante todo el acto. La traición de un camarada pesa, cuesta superarla, y también atempera el carácter.

De modo que el nuevo Pablo, el progenitor que se había pasado las horas y los días mirando las pupilas de sus retoños y reflexionando sobre la verdad de la vida, volvió a presentarse en sociedad. Sus militantes, incondicionales y fans comenzaron a seguirle de nuevo en los mítines de campaña por todo el país, esperando encontrar a alguien que ya no era el mismo, confiando en hallar al político cañero cuando lo cierto es que el hombre había evolucionado, quizá para mejor. Las encuestas empezaban a augurar malos resultados a Podemos, una caída sensible en número de votos y escaños. El miedo al abismo se hizo palpable y el líder de la formación morada, hábilmente como corresponde a los buenos estadistas, decidió reconsiderar la estrategia de su partido. El pragmatismo empezó a bullir en su cabeza; la ‘realpolitik’ fue apartando a la utopía.

Fue así como llegamos a los dos debates televisivos. El primero en TVE vimos a un Pablo Iglesias recitando artículos de la Constitución Española todo el rato, una puesta en escena que sorprendió a muchos, incluso entre sus votantes. ¿Dónde estaba el líder revolucionario que pretendía acabar con el Régimen del 78? ¿Qué había sido de aquel guerrillero implacable y castigador que hablaba de dar el sorpasso al PSOE, de terminar con la casta, de asaltar los cielos? ¿Acaso el subversivo enfurecido se había convertido en un pacífico profeta que leía la Biblia constitucional?

El segundo debate llegó apenas 24 horas después, pero sirvió para confirmar que estábamos ante unas formas distintas de hacer política. En el plató de Atresmedia pudimos ver a un Iglesias sensato frente al neuroticismo de Rivera y a las mentiras de Casado; a un colaborador necesario del socialismo sanchista; a alguien que apelaba a los modales democráticos, a la buena educación, al diálogo constructivo y a la reconciliación. Por momentos creíamos estar ante un restaurador del nuevo espíritu de la Transición, esa que él mismo denostaba hasta hace bien poco. El viaje inevitable hacia la moderación se había completado con éxito y hoy las encuestas mejoran, dando la razón a su cambio de plan de última hora. Una buena noticia para la izquierda española, tan necesitada de unidad y de confluencia. Si fue solo una estrategia puntual de campaña o el nuevo rumbo que ha trazado Podemos de cara a los próximos cuatro años es algo que está por ver. De momento lo que hemos podido comprobar es el inmenso y místico influjo que puede ejercer en un hombre una responsable paternidad.

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