Foto: Agustín Millán

¿Hasta dónde piensa llegar Quim Torra en su deriva unilateral soberanista? Esa es la gran pregunta que todo el mundo se hace a esta hora mientras en las calles de Cataluña se respira la tensión de antes de la batalla. El inefable president dice tenerlo claro: “Llegaremos hasta donde el pueblo quiera”. E insiste en su desafío que suena más bien a amenaza: “Que nadie piense que se prohibirá nunca a este país que se siga avanzando en la línea que la ciudadanía quiere (…) Siempre al lado de la defensa del derecho a la autodeterminación”.

Torra se ha mostrado firme después de que ayer martes JxCat, ERC y la CUP presentaran una resolución en el Parlament en la que reiteran que la Cámara autonómica volverá a debatir la cuestión de la autodeterminación por segunda vez, pese a que los letrados ya han advertido que esa iniciativa choca con lo establecido por el Tribunal Constitucional. Si hay unidad entre las tres principales fuerzas soberanistas o se trata solo de un brindis al sol, una puesta en escena para tratar de enmascarar las profundas diferencias internas que hay entre el partido de Torra y ERC solo el tiempo lo dirá. De momento, ya no se puede hablar solo de un independentismo –como pretende Torra– sino de muchos independentismos, cada cual con su propia estrategia, cada cual con su solución al callejón sin salida, con su hoja de ruta y sus posicionamientos personales. Están los que optan por seguir por la vía pacífica –la inmensa mayoría− pero también los ansiosos jacobinos, los anarquistas de la pedrada y el fuego salvaje que sueñan con asaltar la Bastilla de la Jefatura Superior de Policía, Vía Laietana. Está Santi Vila, que cree que Torra debería convocar elecciones ya porque “esto no es sostenible” mientras reclama la vuelta de Artur Mas –el doctor Frankenstein del “procés” y padre del engendro− porque con él de president no se hubiera llegado a una situación “tan extrema”.

El independentismo muta vertiginosamente con la rapidez de una duplicación cromosómica. Y así, mientras la ex presidenta del Parlament Carme Forcadell admite desde su celda que los dirigentes soberanistas no tuvieron “empatía” con los catalanes “no independentistas que eligen España antes que Cataluña” y pide que los presos y presas no sean la “excusa” y tampoco “moneda de cambio de nadie”, hay otros como su sucesor en el cargo, Roger Torrent, que insiste en la reincidencia de la unilateralidad y en que “asumirán todas las consecuencias” de sus actos, incluso las penales que puedan derivarse.

Los hay que creen que el jefe Torra es un enajenado solitario mientras otros como Enric Juliana piensan que es el político “más inepto que ha dado Cataluña en cuarenta años de democracia”. Los hay que ven en él al gran hombre que conducirá finalmente a los catalanes a la tierra prometida y los hay que insultan y llaman “botifler” a Gabriel Rufián, hasta hace un rato el deseado James Dean rebelde y redentor del independentismo infantil y juvenil.

Un día sale Xavier Melero, el abogado del que fuera consejero de Interior de la Generalitat, Joaquim Forn −condenado a 10 años y medio de prisión−, asegurando que la sentencia del “procés” le parece “justa” y al rato Junqueras le dice a Pedro Sánchez que se meta sus “indultos por donde le quepa”.

Todo en Cataluña es de una histeria descontrolada y desmedida, todo es una tragicomedia histriónica, disparatada y fuera de madre, una gran astracanada berlanguiana y sin freno donde los topicazos y mentiras se agitan en la coctelera ideológica, que explota cada noche en las calles de Barcelona como una gigantesca flatulencia nacionalista producto de “indigestiones de mala historia”, como decía el maestro Unamuno. Todo es ya un sindiós que no hay por dónde cogerlo, un tótum revolútum (o quizá mejor un “tontun” revolútum): la ejecución de Companys que sirve de excusa para todo; las hazañas de Wifredo el Velloso contra el invasor ibérico; la guerra de Secesión que en realidad fue de Sucesión; la España fascista que fue pero ya no es; la foto fake de Kevin Gameiro publicada como la de un CDR apaleado; la prensa española manipuladora; el alegre pícnic por la República que siempre termina con algún herido en el hospital; el pack completo de revolucionario, con su mochila y su casco, comprado en los bazares del Barrio Chino; los juegos florales; la modelo rusa del selfi “calentando” las barricadas; Sandra Kisterna y su twerking electrizante en medio del fuego y el caos; el tsunami democràtic que acaba siendo un tsunami de basura y escombros; el anarquismo resucitado; el saqueo a manos llenas de los comercios; el comunismo libertario trasnochado; Els Segadors a todas horas; las brigadas internacionales llegadas de algún lugar de Europa para destrozar un par de escaparates; Salvini apoyando la causa indepe; y en ese plan. Peor que la lluvia de piedra y fuego que cae estos días sobre Barcelona es la epidemia neurótica, delirante y contagiosa que no va a dejar sana ni una sola cabeza. Qué gran lienzo surrealista hubiese pintado Dalí.

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1 Comentario

  1. Alucino. El autor no tiene ni idea de lo que está hablando así que se dedica simplemente a vociferar.
    Supongo que si ho hay ningún comentario es porque la gente piensa que no merece el tiempo que se pierde en comentar.

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