El problema del campo es que no existe en la realidad que vivimos los que no nos dedicamos a él. Su vida discurre paralela a la del resto de la gente, y a pesar de su cercanía nunca llega a tocarnos. El campo vive en un mundo aparte, separado del nuestro por una pantalla invisible. El campo vive desde hace mucho en una especie de Matrix que poco o nada tiene que ver con el que vive el resto del país. Al campo se le saltaron los plomos, por usar una terminología científica, hace tantos años que ya nadie se acuerda y lo peor es que después de tanto tiempo sigue igual, en su universo cerrado, en su burbuja de cristal que no se ve pero se percibe con toda su claridad y crudeza a poco que se mire.

Ya la segunda República emprendió la titánica tarea de reformar el campo, sacarlo de su atraso de siglos, modernizarlo a través de cooperativas, de nuevos sistemas de producción y comercialización. A este empeño de cambiar la realidad del campo, sacarlo de su universo paralelo e integrarlo en la realidad del resto de España, hacer del campo una empresa moderna como otra de cualquier otro tipo se le llamó Reforma Agraria. Pero a este intento de mejora de explotaciones, de modernización integral se opusieron con todas sus fuerzas los grandes terratenientes, los dueños de la tierra que no podían consentir que les despojaran de unos privilegios que conservaban desde la edad media. Tan mal se tomaron los grandes latifundistas estas necesarias mejoras que desde que supieron de ellas no dejaron de usar todo su poder para atacar al gobierno que las llevaba a cabo. Y esta imprescindible Reforma Agraria no solo salió mal sino que fue de hecho uno de los detonantes, quizás el mayor, de la rebelión militar que acabó desencadenando una guerra incivil que hundió al país, y al campo desde luego, hasta extremos inconcebibles. Puede decirse sin riesgo a equivocarse que ese intento de Reforma Agraria acabó con la República.

Pero esa realidad nunca se mostró tal y como fue, el bando ganador elaboró su propio discurso, su propia y burda versión, su mentira. Don Luis María Ansón, poco sospechoso de izquierdista, de rojo malvado, vamos, lo que viene siendo un rojo, más bien lo contrario, escribió hace apenas unos días esto: “Si algo caracterizó la dictadura de Franco fue el inicuo acoso a la libertad de expresión, extirpada desde su misma raíz hasta extremos difíciles de creer”. Esto constituyó una gran desgracia para este país, para esta España de cuyo nombre algunos quieren apropiarse sin tener en cuenta que los que no piensan como ellos también son España. Una España a la que durante tantos años se anuló, se amordazó toda libertad de expresión e información, en la que no existió ni asomo de ese imprescindible contrapoder que debe ejercer el periodismo. Aquí no solo no se permitió sino que se persiguió con saña el saludable ejercicio de ese contrapoder capaz de criticar al poder cuando se equivocaba, denunciarlo cuando abusaba de él, solo se le podía elogiar y lamer lo que fuera menester. No hace falta decir que de aquellos polvos vinieron estos lodos que a todos, y al campo desde luego, tiene con el lodo al cuello.

Cualquiera que haya nacido y vivido en el campo, da lo mismo que sea el campo manchego que el extremeño, andaluz, vasco, gallego, catalán… y no digamos si ha vivido o vive de la agricultura, desde que tiene uso de razón lleva escuchando esto: “El campo es lo más importante porque de ahí sale todo”. “Sin los productos del campo, los que viven en las ciudades morirían de hambre, nosotros somos lo primero y principal” “El campo es la base, el principio de todo, si el campo cae, todo lo demás no puede sostenerse y cae arrastrado por él”, “por eso al campo no lo dejarán caer, por la cuenta que les tiene”. Estas rotundas e incontestables frases, repetidas de generación en generacón, son tan verdad como el sol que nos alumbra, como la tierra que nos sostiene y mantiene, como el cielo que nos ampara y cobija.

Pero hay algo que no cuadra, y es que si somos tan importantes, tan fundamentales, tan imprescindibles para el funcionamiento la sociedad, por qué andamos siempre de permanente capa caída, bordeando la ruina, coqueteando con la miseria, sin tener claro si aguantaremos otro año o habrá que hacer la maleta y salir a buscar trabajo a esa ciudad a la que tan generosamente alimentamos con tanto esfuerzo y tan escasa recompensa. Por qué si el trabajo en el campo es tan importante, tan sagrado, casi una experiencia religiosa, añoramos un trabajo, cualquier trabajo con nómina, donde se cobre a fin de mes, con sus vacaciones, sus fiestas, sus puentes, sus pagas extras. Un trabajo al que acudir a diario silbando por lo bajo y con las manos en los bolsillos. El agricultor sabe que existe ese mundo paralelo de trabajadores con jornada intensiva, de trabajadores que su mayor incertidumbre e inquietud se reduce a no saber si coger la Semana Santa entera o no, o si será mejor dejar unos días para juntarlos con las vacaciones de verano o las de navidad. El agricultor, cuando decide ejercer su profesión bien por tradición familiar o bien por que le gusta y porque en la España rural no hay otra alternativa laboral si no se quiere emigrar a esas colmenas atestadas y contaminadas que son las grandes urbes, sabe de los sacrificios que lleva aparejado el trabajo del campo. Los conoce porque los ha visto hacer a sus abuelos y padres. Aún a sabiendas de eso abraza la dura profesión, el recio oficio, una ocupación y preocupación de por vida. Un trabajo que no hace rico a nadie o a casi nadie, que todo lo más le proporcionará un dinero para pagar los gastos, para ir tirando y en el mejor de los casos para ahorrar algo con mil fatigas para invertirlo en su explotación con el fin de no quedarse atrás, porque el campo requiere una constante innovación, una permanente inversión. La inversión no es una opción, es una obligación, no vale quedarse como estás, o mejoras, con todo lo que eso supone de esfuerzos y gastos, o ya puedes despedirte de tu negocio.

Resistir, aguantar, sobrevivir, seguir adelante pese a todo, está en el ADN del agricultor. Ninguno puede tenerse por tal, de hecho no llegaría ni a terminar su primer año ejerciendo este oficio, si no cuenta con estos atributos, con estas virtudes, con esta ética, con esa moral a prueba de bomba. Pero estos malos tiempos de globalización donde se puede traer cualquier producto de cualquier parte a cualquier hora, de este neoliberalismo rampante, este capitalismo inhumano que hace ya tiempo que se quitó la careta y nos mostró su lado más irracional, su rostro más salvaje e inmisericorde, estos tiempos donde más que nunca el pez grande se come al chico, han forzado a los agricultores a un pulso con esta nueva realidad que saben que tienen perdido de antemano. Ya no hay resistencia que valga, ni plan ni nada por el estilo. “Todo el mundo tiene un plan hasta que le doy la primera hostia”, dejó dicho Mike Tyson, y ahora a los agricultores les han puesto delante de él, y sabemos que de este combate no saldrán, que no hay plan que valga. Solo saben que rodarán por la lona y mientras lo hacen pensarán que igual es mejor así. Igual es mejor acabar derrotados de una vez y decir “se acabó, hasta aquí hemos llegado” con un alivio infinito. Si, como decía Scott Fitzgerald, toda vida es un proceso de demolición, el agricultor ha culminado ese proceso. Ya, no solo ha tocado fondo, sino que se ha hundido todavía un poco más abajo para que no haya duda de su total desastre, de su incontestable ruina. Ahora al agricultor solo le queda proferir el mudo grito de Edvard Munch para dejar constancia de su profunda angustia y desesperación, su desazón, abatimiento, su desesperación existencial, su terrible melancolía. Y su mayor desgracia es que aún acumulando pérdidas año tras año, a pesar de vender sus productos por debajo de coste, no puede dejar de producir.

La actual oleada de protestas de Agricultores y Ganaderos que arrancó a finales de enero en Galicia, Aragón y País Vasco ha llenado las calles de hombres y mujeres furiosos por los bajos precios con los que se pagan sus productos. Quieren, con más razón que un santo, precios justos para mantener un campo vivo. “El kilo de trigo me lo pagan a 16 céntimos y con un kilo de trigo se hace un kilo de pan, que cuesta 4 euros”, dice un hombre telegráficamente en los escasos segundos que un periodista le acerca el micrófono para después quitárselo y ponérselo a otro que dice también a toda velocidad para que no le corten por la mitad lo que quiere que se sepa: “a mi padre le pagaban los terneros a 650 pesetas el kilo, a mí me los pagan a 3,80 euros, no ha subido nada el precio en 40 años, sin embargo el precio en la carnicería es 4 veces mayor”. En pocos minutos han salido infinidad de voces que protestan contra esta injusta y malsana realidad en la que viven confinados. En ese mundo paralelo que no consigue romper la pantalla de cristal invisible que les separa del resto de ciudadanos. El ministro Ábalos dice que tienen derecho a protestar. Al menos se ha ganado algo con respecto a la dictadura que ni siquiera permitía el derecho a la protesta, el recurso del pataleo.

A los agricultores franceses se les cogió mucha manía, mucha más de la que ya se les tenía solo por ser franceses, cuando paraban en la frontera a los camiones españoles cargados con frutas y verduras y arrojaban su carga al suelo. Ahora, cuando vienen tomates marroquíes y plátanos sudamericanos, por poner solo un par de ejemplos, a menos de la mitad de precio que los nuestros, nos damos cuenta que los franceses al hacer aquello, solo estaban defendiendo sus precios, sus productos, su economía, su modo de vida, su dignidad como trabajadores.

Ahora nos damos cuenta que los productos del campo con los que se enriquece a diario una minoría a costa del empobrecimiento de los que los producen, son una moneda de cambio, un recurso publicitario para atraer clientes que se acercan a recibir el regalo sin reparar en que ese regalo no lo pagan los grandes empresarios de la distribución agroalimentaria, sino que lo pagan los que los producen, los de siempre.

Mucho más podría decirse de este tema, o quizás tampoco tanto puesto que todos, también los que viven ajenos al mundo del campo, saben de sus problemas, de sus fatigas, de su injusticia padecida a diario. Urge aplicar, adaptándose naturalmente a estos tiempos, aquella truncada Reforma Agraria que devuelva una vida digna de ese nombre a los agricultores y ganaderos de este país, a los pequeños y medianos que pelean por no desaparecer, los grandes propietarios se defienden solos. Urge romper de una vez esa especie de maldición Bíblica que padece el campo desde hace ya muchas, demasiadas, generaciones. Es necesario mantener las protestas, hacer visible el malestar, luchar por lo que es de justicia. Si no se hace así, si las protestas se apagan, si se diluyen en el incesante ruido de fondo producido por otros asuntos con más capacidad para hacer sonar el bombo mediático, se corre el riesgo de quedarse todo igual, es decir, el negociante a su riqueza y el agricultor a su miseria.

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