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El horror de Europa está en Bielorrusia

Lukashenko es autoritario y nepótico y un machista convencido, además de un negacionista de la pandemia. Llegó a proponer combatir la COVID a base de Vodka

Federico Zurita
Federico Zurita
Soy licenciado y doctor en Biología y Profesor Titular de Genética en Universidad de Granada. Cursé también estudios en Ciencias Políticas y Sociología. Actualmente además de la docencia propia del área de Genética (tanto en el Grado en Biología como en el de Ciencias Ambientales y en el Master en Genética y Evolución y en el Master en Biotecnología) imparto docencia en el Master Universitario en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos. Colaboro activamente con el programa Erasmus+ (K107) y sobre la base de este programa he impartido docencia en 14 universidades extranjeras. Soy miembro del Instituto de Biotecnología y miembro del Instituto de la Paz y los Conflictos de la Universidad de Granada.
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análisis

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El horror de Europa está en Bielorrusia. Especialmente desde que en agosto de 2020 en Bielorrusia, Lukashenko «ganó», a todas luces de manera fraudulenta, las elecciones presidenciales, lo que le permitía seguir ejerciendo el poder y al mismo tiempo ir preparando a su hijo para que en un futuro  lo sucediera al frente del país. Fue la líder de la oposición Svetlana Tijanóvskaya la que en justicia ganó esas elecciones a las que se presentó sustituyendo a su marido que se encontraba encarcelado

Por abundar en el pasado más reciente, mencionar el  avión con destino a Lituania que fue desviado a Minsk y la detención de uno de los pasajeros, el periodista disidente bielorruso Roman Protasevich y de su pareja sentimental Sofía Sapega que iba en el mismo vuelo. Aún siguen encarcelados y lamentablemente sus casos se van olvidando. 

Bielorrusia, el universo soviético

Lukashenko, es un un producto típico del universo soviético en el cual se desenvolvió.  Es autoritario y  nepótico y llegado el momento ha demostrado ser muy capaz de ordenar a la policía cargar con brutalidad contra pacíficos manifestantes. Es, para que no le falte de nada, un machista convencido y un negacionista de la pandemia; llegó a proponer combatir la COVID a base de Vodka con lo que es fácil darse cuenta de que su gestión de la misma y su estatus intelectual  está en la línea de Bolsonaro, Trump y el primer Boris Johnson (hasta que él mismo se contagió). 

El hecho cierto es que a día de hoy el sátrapa bielorruso se beneficia de la catástrofe humanitaria afgana ganando en invisibilidad y olvido mediático. La situación en Bielorrusia ha perdido interés y ha sido desplazada de las primeras páginas de los diarios por la alucinante situación en Afganistán donde a algo parecido al estado de naturaleza hobbesiano que siguió a la salida de las tropas internacionales,  le ha seguido la instauración de un régimen con un salvajismo propio del medievo. Pero obviamente la vida no se detiene,  y los bielorrusos siguen sufriendo su particular drama. 

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Los derechos humanos en Bielorrusia se siguen violando sistemáticamente. Persecución de los opositores, detenciones arbitrarias, torturas, defenestración de profesores universitarios por ser disidentes políticos… De hecho están «muy frescas» las condenas a once años a la líder de las protestas Maria Kolesnikova y a otros diez años al activista, Maxim Znak. Esos, entre otros muchos ciudadanos anónimos que se enfrentan  al dictador.  una sociedad civil levantisca reacciona y muestra una resistencia férrea a la tiranía de Lukashenko. El Occidente de derechos humanos y bienestar del que tenemos la suerte de disfrutar está moralmente obligado a imponer sanciones por los abusos del déspota y promover y apoyar la transición a una democracia de calidad en Bielorrusia. Esto también supondría un  beneficio para la misma Europa. Al margen del componente de solidaridad con el pueblo bielorruso, son mucho más fáciles la diplomacia y las relaciones entre Estados con un país que tiene instituciones democráticas que con uno donde impera un régimen dictatorial.

Hace tres años estuve enseñando en una universidad bielorrusa y la experiencia no pudo ser más enriquecedora. Tuve la suerte añadida de que los profesores y los estudiantes de allí me acompañaron  a visitar los lagos helados y el fascinante paisaje bielorruso.  Unas vivencias literalmente inolvidables. 

A pesar de la humildad de las instalaciones universitarias (a los ojos de un profesor de un país europeo) pude comprobar que profesores y estudiantes bielorrusos  tienen un nivel académico y científico notable y unas ganas de trabajar y de aprender verdaderamente encomiables. Pero ahora, ante la situación política por la que atraviesa el país, muchos jóvenes universitarios por la falta evidente de perspectivas y futuro, están emigrando. Merma así el número de matriculados en las universidades con lo que estas pierden influencia y relevancia social. Al disminuir el número de estudiantes, los profesores temen ser despedidos y perder sus puestos de trabajo. Pronto se empezará a notar en todas las esferas de la sociedad  ese declive de las universidades. 

Emigran

Emigran ante un panorama político que amenaza con que la situación siga como está o incluso empeore; emigran ante la perspectiva de que Bielorrusia aumente su dependencia de la poderosa  Rusia hasta prácticamente convertirse en un estado satélite o incluso acabar completamente fagocitada.  Putin ve en la fragilidad de Lukashenko una oportunidad de oro para aumentar su área de influencia y mostrarle «músculo» a Occidente. No son casualidad ni faltas de intención las maniobras conjuntas de los ejércitos ruso y bielorruso este mismo mes de septiembre,  justo en las mismas fronteras de la Unión Europea. Una advertencia en toda regla. 

En el último correo electrónico que he recibido de colegas de Bielorrusia me comenta que mientras conversábamos  y tomábamos una cerveza el último día de mi estancia,   me veían como un ciudadano de un mundo libre pero muy lejano a ellos; un privilegiado que disfruta de unas condiciones que para ellos son impensables. «Qué envidia nos diste!»,  me dice en tono  cariñoso pero siendo completamente verdad. 

Yo nunca lo pensé porque tenemos el hábito de creer que lo que vivimos es lo «normal». Pero en absoluto es así. Amplias zonas del planeta están excluídas de muchos de los privilegios que nosotros damos por supuestos: libertad de expresión, democracia de calidad, cobertura sanitaria para toda la población, coberturas por desempleo, ingreso mínimo vital, pensiones dignas, una justicia también gratuita para quién no tiene recursos…suerte la nuestra. Pero creo que es un deber moral la solidaridad con los que no tienen todo eso.

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2 COMENTARIOS

  1. Rotundamente cierto, pero no hay que dejar de tener en cuenta que eso mismo podría estar ocurriendo aquí, o en otros lugares fuera de una docena de países de fuertes conviccións democráticas. Que sería de nosotros sin Europa? En España Pronto olvidamos que nuestras propias institucións -23 f o procéss- luego, en un momento cualquiera se cargan este estado en el que vivimos. Mirad como manipulan toda la vida política los jueces fascistas. O como esos presidente ruso y bielorruso nos señalan el juicio de los catalanes para que no vayamos sacando pecho de lo que es evidente que carecemos. El ejemplo de occidente tiene que ser total, porque las hormigas entran por agujeros diminutos pero acaban por consumirlo todo.
    Estoy totalmente a favor del país oriental, solidariamente convencido de que hay que ayudarles. Pero está el ejemplo como la gran asignatura pendiente.
    Lo siento, pero a pesar que me conmueve este artículo no hago justicia sino desvelo toda la verdad.

  2. Madre mía, este tío que parece que no ha salido aún de la cueva.
    La ONU debería haberle dicho algo ya, es que ni por la COVID le dicen nada. Hay olímpicas en la trena por un único delito, hacer deporte siendo mujer, en un país que se suponía europeo.
    Menudo «elementum».

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