La Roca Village es una mierda. Aunque esta frase no sea suficiente para definirla. No lo es porque es un éxito de público, y porque todos (sí, yo también caí en ello) vamos allí de vez en cuando. La RV es un centro comercial colgado de una autopista en un emplazamiento decidido en función del cociente precio del suelo-distancia a Barcelona-conectividad. Todas las circulaciones de este centro comercial son exteriores y están bien dimensionadas. Estas circulaciones exteriores quedan definidas por una serie de calles peatonales formadas por una caja urbana aparentemente formada por casitas de una fealdad absoluta producto de copiar mal, de impostar, de triturar, desnaturalizar y manipular sin ningún respeto todos los clichés de la arquitectura mediterránea. De violarlos. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: a 500, 1000, 2000 km la cosa no pinta tan mal: una especie de feria arquitectónica donde disfrutar del clima y la comida mediterráneas y comprar, comprar, comprar mucho y bien de precio. Cuando llegas empieza a decepcionar. Cuando estás allí es un despropósito. Pero entonces tienes las tiendas y los bares y los restaurantes y el café es decente y las bambas, efectivamente, son baratas, y hay ropa cuqui de marca a precios más o menos asequibles y si el lugar es feo y es una mierda no te distraes de lo que, no lo olvidemos, es la intención del promotor: que te gastes una pasta comprando. Que mires los productos y te olvides del entorno.

     La RV es obra de L35 arquitectos, un estudio que a veces nos deja obras interesantes y decentes, un estudio de enorme éxito comercial que, en breve, emprenderá la reforma del estadio del Real Madrid (dudo que su nombre sobreviva a la posibilidad de venderlo al mejor postor) a medias con GMP architekten. Es decir, la RV es obra de una gente que sabe lo que hace. Por tanto, que la RV sea una mierda igual no es una decisión producto de la incompetencia, sino una maniobra comercial hábil y meditada. Pensado así quizá empecemos a pensar que la RV es un encargo exitoso ejecutado con inteligencia, solvencia y eficacia. Y que se repetirá. Que se está repitiendo.

     Lo que me interesa de este proyecto es su relación, porque la tiene, con lo que podemos considerar como patrimonio arquitectónico: una relación evocativa que, por poco informado que se esté (y obviamente sus autores lo están), cae rápidamente en la parodia.

     La Roca Village está convirtiéndose, o al menos lo estaba antes de la pandemia (y, espero equivocarme, no creo que esto cambie) en un modelo urbanístico. El Paseo de Gràcia y tantas otras calles europeas ya están convergiendo hacia eso. En las ciudades de costa es una verdadera desgracia, porque las casitas son de verdad y sus plantas bajas han quedado desfiguradas y los primeros pisos han perdido su uso de vivienda y los centros se han convertido en zonas fantasma tan centro comercial como la RV pero (y no sé si esto es mejor o peor) con casas y ladrillos y calles de verdad, unas casas y unas calles que apenas forman ya ciudad, que han perdido su capacidad para identificar a un colectivo. Que se han convertido en un parque temático.  

     Hablar de patrimonio arquitectónico no es hablar de arquitectura. El patrimonio viene después de ella. El patrimonio es producto de un uso, de una sensibilidad colectiva, de una mirada común educada. A veces se sabe mejor lo que no es que lo que es, y es por esto que me he permitido empezar este artículo con un antiejemplo que nos abra algunas líneas de reflexión, casi unos apuntes. Empiezo:  

     El patrimonio arquitectónico, ahora sí, en positivo, es todo aquello construido que sirve de base, de hardware para nuestra memoria. Es, por tanto, volátil e impreciso, sujeto a cambios. Idealizable. Y, vista la velocidad de los cambios a que la nueva economía y el turismo someten al centro de nuestras ciudades el patrimonio es un término que remite casi en cualquier lado a un pasado que, aunque no fuese mejor, al menos era más humano.

     El patrimonio tiene una especie de definición oficial, política, si se quiere, que está fijada por el canon que unos académicos decidieron establecer hace demasiado tiempo, un canon que ha quedado incrustado en nuestra memoria como una especie de quiste resiliente más o menos razonable pero desfasado, envarado y totalmente insuficiente. Quien cree en el patrimonio canónico sólo se ocupa de sus propios referentes negligiendo el resto con ese sentimiento de superioridad que hace que te desintereses del problema real y que te alejes de la sociedad a la que se supone que deberías de estar sirviendo.  

     El patrimonio es también una razón, un cociente, un juego de equilibrios: congelarlo, museizarlo, es matarlo. Es quitarle el sentido. Cambiarlo demasiado es desnaturalizarlo. Se ha de saber tratar, se ha de saber negociar con él, entender qué usos es capaz de soportar, qué encaje tiene con la ciudad y cómo se interviene. Porque si no se interviene (y, me atrevería a decir, si no se interviene constantemente) se muere. Y sí, también puede morir de éxito. Que se lo digan a Gaudí, si no.

     La muerte del patrimonio es un negocio. Lo es porque la obra nueva es muy rentable. Lo es porque antes de esta obra nueva hay proyectos de derribo que también se cobrarán y comisiones y restos a gestionar y revender, etcétera. Lo es porque desnaturalizar una zona urbana y cambiarla de uso y turistificarla y gentrificarla a tope da mucha pasta: alquilar los metros cuadrados por habitaciones y no por viviendas, a corto plazo y no a largo, rentabilizar locales comerciales, pero no mucho para que roten y se tengan que reformar y hacer muchos proyectos de interiorismo, etcétera. Es una rueda tan siniestra como rentable. Rentable de veras.

     La profesión (es decir, el colectivo de los arquitectos), que también participa de este negocio, está descohesionada. Lo está porque algunos quieren participar del negocio, porque otros creen sinceramente que la obra nueva es mejor y no hay que respetar demasiado el patrimonio y otros, sencillamente, se resisten a que la obra de sus colegas, de sus maestros o de sus mayores o de aquellos que no caen bien, sea considerada patrimonio. O también porque participar en la decisión del canon es un juego de poder atractivo y rentable. Es decir: la profesión como tal no tiene una opinión. No tiene un criterio fijo ni definido. Y en este magma destacan los que participan del negocio y se toma la parte por el todo y a eso añadimos a los polemistas y nuestro desprestigio crece.

     La batalla de desgaste: el hardware que puede ser considerado patrimonio, los edificios, pabellones, trozos de ciudad, son tratados de uno en uno. Son batallados de uno en uno. Es una decisión política. Aquí entra todo: un garaje en Girona, un bloque de oficinas en Oslo, fábricas en Barcelona y su periferia, casas modernas, sedes administrativas demasiado reformadas, centros de salud baqueteados por el uso… No hay una política global. No hay una centralización de los casos. No existe una consideración global. Y, cuando está, pasa por la academia y es como una especie de chiste: parers sesudos revisados una y mil veces para que salgan cuando los temas que tocan ya no sean de actualidad, lenguajes farragosos y aburridos que no tienen sentido, nula distribución y ese tufo de discusión sobre el sexo de los ángeles que aburre a las ovejas y que, además, las aburre expresamente, porque eso sigue un camino hacia arriba, hacia el poder, sin pasar por la gente y de nuevo las subvenciones y el dinero pero sin tener ningún éxito, perdiendo batallas (la peor, la de la opinión pública) y perpetuando el desbarajuste.

     Y, finalmente, el desconcierto: la mezcla negocio + canon + profesión dividida que hace que no llegue ningún mensaje al público. Que ni tan sólo sepa de qué se habla, que todos se despisten y las explicaciones se pierdan. Cuando estas explicaciones son lo único que tenemos. Porque si no, ya no pensando como arquitectos, sino como ciudadanos, un día nos encontraremos con que el centro de nuestras ciudades, de cualquier ciudad random, se ha convertido en la Roca Village. O en un escenario de una película de Christopher Nolan. Y ya no sabremos ni dónde está el suelo.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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