Campos de refugiados ardiendo por los cuatro costados en Lesbos; miles de personas exhaustas y desorientadas desembarcando en las costas canarias; decenas de cuerpos flotando en aguas del Mediterráneo, entre ellos algunos bebés y mujeres embarazadas, mientras los marineros del Open Arms trabajan día y noche para sacar del mar a la mayor cantidad posible de náufragos. Es el inmenso drama humano de la inmigración que no cesa ni siquiera en tiempos de pandemia. Y, tal como era de esperar, los partidos xenófobos europeos como Vox están tratando de rentabilizar el caos humanitario infundiendo el miedo en la población.

Los expertos alertaron de un éxodo africano masivo hacia Europa tras el estallido de la crisis sanitaria, pero las cifras de la OMS sobre incidencia del virus no confirman el holocausto que se preveía en el continente negro. Aunque en la actualidad África representa el 17 por ciento de la población mundial, tan solo registra un 3,5 por ciento de las muertes por covid-19 comunicadas oficialmente. Nadie sabe exactamente por qué el virus está pegando más fuerte en Madrid, Londres o París que en los grandes núcleos demográficos y ciudades africanas, donde en teoría los sistemas de salud nacional son mucho más débiles y millones de personas se hacinan en los extrarradios en condiciones infrahumanas.

Los epidemiólogos creen que diversas razones podrían explicar la menor incidencia del agente patógeno en África. Se habla, por ejemplo, del factor edad. La población del Reino Unido es de unos 66 millones de personas, con una edad media de 40 años. La población de Kenia es de 51 millones mientras la edad media de la población es de solo 20 años. Si a ello se suma que el coronavirus causa peores estragos entre las personas mayores que entre los jóvenes, ahí podría haber una causa directa. Pero también se barajan otros posibles factores: la falta de registros fiables en el recuento de fallecidos; el calor y la humedad; y hasta cuestiones genéticas (un reciente estudio ha detectado ciertos genes asociados a un mayor riesgo de contraer el virus en el 30 por ciento de los genomas del sur de Asia y en el 8 por ciento de los europeos, mientras que está casi ausente en las poblaciones de África).

Lo cierto es que nadie sabe con seguridad qué está ocurriendo al otro lado del Mediterráneo. La lógica lleva a pensar que en los países más pobres, con menos posibilidades de adoptar medidas de prevención y con sistemas sanitarios más frágiles, el coronavirus debería propagarse con mayor facilidad. Pero por lo visto no es así. Lo cual induce a sospechar que la lógica no funciona en esta pandemia. Sin embargo, la lógica racista, o mejor dicho el prejuicio irracional de los partidos europeos populistas, está funcionando a pleno rendimiento. Formaciones de ultraderecha como Vox han intensificado estos días su campaña xenófoba para hacer creer a la población española que los africanos vienen a traernos a casa el coronavirus. En realidad, salvo momentos puntuales y dejando al margen a Canarias (que sí es cierto que está notando estos días una oleada importante), las cifras sobre llegadas de nuevos inmigrantes por vía marítima y terrestre se han mantenido estables en nuestro país incluso durante la pandemia. No hay ningún riesgo de “invasión”, en contra de lo que advierte Santiago Abascal, y mucho menos de que los africanos supongan un grave peligro sanitario para un país como el nuestro cuya situación es de las más desesperadas de Europa (a fecha hoy se han contabilizado 1.417.709 casos de contagios confirmados y 40.105 muertos).

Vox sabe que el punto conflictivo y caliente del problema migratorio es Canarias, a la que Abascal ha calificado como la “Lampedusa española” por el elevado número de refugiados que han llegado en los últimos días. Y está dispuesto a explotar el filón. “Canarias cerrada para los turistas y abierta para las pateras”, asegura la propaganda demagógica del partido ultra. El discurso xenófobo va a ir arreciando en las próximas semanas, sobre todo porque la situación económica empieza a ser crítica. El sector de la hostelería, completamente arrasado en España, se ha echado a la calle exigiendo ayudas y en Barcelona unos manifestantes lanzaron pintura roja contra la fachada de la Generalitat. A medida que avanza la pandemia (y por mucho que lleguen buenas noticias sobre la efectividad de la vacuna de Pfizer y su posible salida al mercado de forma inminente) el clima social se hace cada vez más irrespirable. Vox es consciente de que no hay mejor forma de agitar el malestar de la ciudadanía que buscar culpables, en este caso el “Gobierno criminal” causante de todas las desgracias de la humanidad y el inmigrante africano que no supone un mayor riesgo de contagio que el que ya soportamos en España (incluso el peligro es menor, si nos atenemos a los datos oficiales).

La inmigración es un hecho consustancial al ser humano. No hay barreras ni muros que puedan detener a una población hambrienta que huye de la miseria y la guerra. El mejor ejemplo de que los migrantes contribuyen con su trabajo y esfuerzo a mejorar la sociedad en la que recalan es ese matrimonio de origen turco que hoy ocupa las portadas de todos los periódicos del mundo por haber descubierto la vacuna de los laboratorios Pfizer que puede salvarnos del apocalipsis vírico. Ugur Sahin y Özlem Türezi, fundadores de BionTech −la biotecnológica aliada con el gigante farmacéutico que posee la patente del antídoto−, se conocieron en una universidad alemana y desde entonces no han parado de trabajar juntos en busca de avances científicos. Ironías del destino, el azar ha querido que sean precisamente dos desplazados, dos extranjeros, dos hijos de inmigrantes que llegaron desde muy lejos, los que vayan a salvar el mundo de la peste del siglo XXI. A Abascal habría que preguntarle si piensa ponerse esa vacuna cuando esté disponible o la rechazará porque proviene de gente tan próxima a sus odiados “menas”.   

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