Foto: Sala Flower's

En España siguen abiertos más de 1.600 prostíbulos pese a los estragos provocados por la pandemia. A los lupanares no se les considera legalmente “locales de ocio nocturno”, como los pubs y las discotecas, de manera que no pueden ser clausurados. La vergüenza de este país es que siempre ha mirado para otro lado ante la explotación de la mujer, siempre ha dejado hacer al proxeneta, y a este paso el burdel patrio será declarado bien de interés cultural, como la paella o los toros.

El doctor Fernando Simón advierte que la curva epidémica no va bien. El virus anda desbocado otra vez y el Gobierno ya no sabe lo que hacer para tratar de reconducir la situación a los días anteriores al verano, cuando la epidemia parecía controlada. La ministra de Igualdad, Irene Montero, ha remitido una carta a las comunidades autónomas para que cierren los prostíbulos y lugares de alterne, como ya se ha hecho con bares, salas de fiesta y locales de ocio. “Que no demos tregua a la explotación sexual, que no demos tregua a esa industria proxeneta que siempre permanece en la impunidad y en la absoluta opacidad. Se habla mucho de los derechos de las mujeres en contexto de prostitución pero no de las cifras de negocio”, recuerda la ministra con amargura. Y tiene toda la razón. El negocio ilegal del sexo mueve la friolera de 20.000 millones de euros al año en nuestro país (5 millones al día), lo cual que el barrio chino es una industria de primer nivel, el Silicon Valley español.

Acabar con el lenocinio y la trata es sin duda una buena medida de este Gobierno, que así mata dos virus de un tiro, el del covid-19 y el del machismo putañero. No obstante, una vez más, llega tarde. Desde que estalló la crisis sanitaria hemos ido por detrás del bicho, que ha encontrado en el cálido clima ibérico, en la burocracia bananera nacional y en el cainismo y la desunión su mejor caldo de cultivo. Al virus le ha gustado el ambiente lúdico-festivo hispánico y sus inmensas casas de citas como grandes Carrefoures del sexo, por eso ha decidido quedarse a vivir entre nosotros. Ni siquiera un microbio raro y verde como él ha podido resistirse a la buena vida del sur y a la idiosincrasia de una tribu que por ignorancia, chulería o desidia mediterránea no adopta las medidas de distanciamiento social necesarias para prevenir el mal de Wuhan. Por lo que se va viendo, de esta no salimos más fuertes ni más concienciados como sociedad y como país. Puteros, matones falangistas, escracheadores campestres y paletos del negacionismo: eso es lo que nos depara esta maldita peste.

Que España sea uno de los países con más mancebías por metro cuadrado de toda Europa dice muy poco a nuestro favor. Como tampoco nos deja en muy buen lugar que un juez suspenda la prohibición de fumar en las calles de Madrid alegando que atenta contra la libertad y los derechos individuales. El ser humano o es siempre y todo entero libre o no es nada, tal como dijo Sartre, lo cual no significa que sea lícito echarle el humo del tabaco en la cara al vecino o alquilar una rumana por horas para practicar el amor con IVA. Este país sigue siendo diferente, subpirenaico, medio africano, y ahí está Miguel Bosé (quizá mejor Miguel Voxé) para enarbolar la bandera del fanatismo, la superchería y la sinrazón. O el curandero Pàmies, que ha conseguido reunir a un millar de personas en un pueblecito de Barcelona para que se besen y se den abrazos sin mascarilla en una especie de gran secta milenarista o Rancho Waco a la catalana. El curalotodo Pàmies convence a sus adeptos de que no pasa nada si se transmiten el virus los unos a los otros porque él puede sanarlos a base de infusiones del bosque, vapores de eucaliptos, manzanillas y otros remedios de la abuela. Su primer mandamiento como mesías de la nueva religión chamánica es algo así como creced y multiplicaos el virus, que luego ya pagará la factura del hospital el pardillo contribuyente que cumple fielmente con las normas. Al igual que el covid, el país está mutando, en este caso desde la caspa franquista a la epidemia friqui. Las tribus urbanas y rurales empiezan a propagarse por todas partes y a los negacionistas del virus, taurinos fanáticos, suicidas del botellón, antivacunas, marcianos y nostálgicos del fascismo viene a sumarse ahora otra plaga no menos peligrosa: la de los puteros de carretera que antes transmitían la sífilis a la esforzada trabajadora de la carne o esclava del sexo y ahora le pegan la neumonía mortal.

El Estado español siempre ha sido la gran alcahueta de las relaciones carnales comerciales, cobrando el diezmo del polvo furtivo y el farolillo rojo. Durante el franquismo −cuando el españolito era obligado a follar por Dios y por España, de cara al crucifijo y mecánicamente en pos de la procreación−, se fomentaba el burdel como válvula de escape para la represión, el recreo y la evasión. El dictador pagaba a los curas con lo que sacaba del impuesto al putiferio y ese modelo económico, sumado al turismo de sol y playa, se ha consentido, institucionalizado y perpetuado en nuestro país por encima de gobiernos de izquierdas y de derechas. Aquí al macho cabrío que va en busca de la carne nocturna se le perdona y se le consiente todo porque contribuye a su parte de PIB, de modo que con la economía no se juega. Pero ya está bien de hipocresías y de crueldades contra la mujer. La prostitución merece ser abolida no solo porque es moralmente discriminatoria e injusta sino porque la mayoría la ejerce por necesidad o por amenaza del proxeneta. El garito sexual no es más que el último gueto o leprosería del capitalismo salvaje donde recluir y humillar a la mujer. Por cierto, Vox quiere llevar a las prostitutas a la Casa de Campo, con los travestis y el Orgullo Gay, para esconderlas y que no afeen Madrid. Como si el rico no fuera el primero en contratar los servicios profesionales. Esta derechona siempre tan farisaica.

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