El fútbol está lleno de términos bélicos: ariete, disparo, defensa, contraataque… No hay nada mejor que ese deporte para representar a dos tribus enfrentadas en una metáfora casi perfecta de la guerra. Nacionalismo, banderas, estandartes, comandos cuasi militares callejeros, exacerbación patriótica, fervor popular y por qué no decirlo cierta dosis de locura y violencia verbal y física se concitan en un estadio de fútbol como en ninguna otra expresión cultural de nuestro tiempo. Hay quien, en su ingenuidad, trata de desligar la política del fútbol cuando en realidad el fútbol es sobre todo política. Ya dijo Piqué muy acertadamente que en el palco del Santiago Bernabéu “se mueven los hilos del país”. Aunque, bien mirado, al gran central blaugrana le faltó decir, para ser ecuánime, que en el palco del Camp Nou se mueven otros hilos no menos importantes.

Dentro del mundo del fútbol el clásico Barça-Real Madrid ha alcanzado en los últimos años un grado de sublimación bélica casi hasta el paroxismo. Más de 700 millones de espectadores contemplan ese partido como si les fuera la vida en ello en un extraño fenómeno globalizador que algún sociólogo debería estudiar algún día. ¿Qué demonios puede tener de interesante para un japonés, un guatemalteco o un pakistaní que los culés goleen a los madridistas o que los merengues le roben un empate a los barcelonistas? Pues por lo visto lo tiene. ¿Y cómo puede ser que en no pocos países africanos millones de almas que no tienen qué echarse a la boca se reúnan en bares destartalados y polvorientos, ante una pantalla de televisión, con la elástica blanca o la azulgrana enfundadas, para no perderse ni un minuto del encuentro? Pues aunque cueste creerlo eso está ocurriendo.

Tsunami Democràtic, el ejército improvisado de Torra y Puigdemont, sabe que medio planeta tendrá los ojos puestos en el Camp Nou esta tarde y no quiere dejar pasar el minuto de oro que ofrece esa publicidad gratuita para reivindicar su lema Spain Sit and Talk. El movimiento ciudadano ya ha conseguido su primer gol antes de que el balón empiece a rodar: que se hable más de independencia que de si Messi jugará de media punta o de falso nueve. Los independentistas son conscientes de que sus aficionados y fans en el extranjero se identificarán irremediablemente con la causa separatista si Luis Suárez le hace un hat-trick a Thibaut Courtois o Griezmann le mete un caño vergonzante a Sergio Ramos. Y eso es mucho más importante que diez referéndums de autodeterminación o veinte mesas de negociación de Esquerra con Pedro Sánchez. Para el bloque indepe ganar el clásico se antoja una batalla tan crucial que de su victoria y su repercusión internacional dependerá que los jueces del Tribunal Europeo de Derechos Humanos saquen de la cárcel a Oriol Junqueras.

Conviene no menospreciar la importancia de lo que vaya a ocurrir esta tarde en Barcelona. Aquella frase antológica de Borges que venía a decir que el fútbol es popular porque la estupidez es popular no tiene demasiado sentido hoy, cuando un partido consigue paralizar el mundo mientras la Cumbre del Clima, donde se juega el futuro del planeta, pasa inadvertida para la mayor parte de la gente por inútil y aburrida. Más de dos mil policías y vigilantes privados han formado dos cinturones de seguridad alrededor del estadio. Habrá minuciosos cacheos y las televisiones retransmitirán cada segundo del evento, desde la llegada de los jugadores del Madrid al aeropuerto hasta su traslado en autocar blindado al hotel, pasando por el menú que tomarán los guerreros de ambas tropas. Todo ese berenjenal, todo ese sindiós con el suspense final de si la sangre llegará al río, demuestra por sí solo el delirio del que estamos hablando.

Pero es que, por lo visto, en el aspecto interno o doméstico, en el ámbito de la política nacional, como dicen los politólogos horteras, en ese partido se dirimen muchas más cosas, no solo los tres puntos de rigor. Los independentistas siempre han visto en esos 90 minutos a cara de perro una forma de resarcirse y hasta de vengarse por la represión sufrida durante siglos por las fuerzas españolas ocupantes. Por su parte, la extrema derecha hispánica ha usurpado la imagen del Real Madrid, desde los tiempos del franquismo, para imponer su ideología centralista e imperial. Por tanto, ese partido es mucho más que un partido. Para los exaltados de uno y otro bando (seguramente tronados de la política, el fútbol o ambas cosas a la vez) esto es una contienda eterna y sin cuartel entre los ejércitos borbónicos y austracistas, una guerra de sucesión con homenaje a los caídos con lesión de menisco y ligamento cruzado en el minuto 17, una refriega más trascendental que la mismísima Batalla del Ebro. Lo del clásico hace ya mucho tiempo que se fue de madre y de las manos. Por eso a algunos les convendría recordar aquello de “¡Solo es un partido, estúpidos!”. En cualquier caso, el fútbol era uno de los pocos reductos que nos quedaban para evadirnos del insoportable tedio de la política. Ya nos quitan hasta eso. Una pena.

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