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El frente económico de la guerra de Ucrania

José Luis Carretero Miramar
Abogado y profesor de la escuela pública y secretario general del sindicato Solidaridad Obrera.
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Es sabido que Napoleón respondió en una ocasión a la pregunta de qué tres cosas eran la más importantes para ganarle la guerra a los ingleses con las siguientes palabras: “dinero, dinero y dinero”. En toda conflagración bélica, las fuerzas productivas de los países contendientes se constituyen en la infraestructura imprescindible para el esfuerzo militar. Sin capacidad industrial para garantizar el mantenimiento y los pertrechos, con dificultades para alimentar a la población y al Ejército, una nación que enfrenta una guerra está condenada a ser derrotada o acabar capitulando ante la imposibilidad de sostener el esfuerzo bélico.

La guerra de Ucrania no es una excepción a esta regla inveterada de las relaciones internacionales. Pero la especificidad de este enfrentamiento es la belicosidad económica de Occidente contra el invasor ruso. La OTAN no quiere intervenir militarmente en Ucrania, pero tanto Estados Unidos como la Unión Europea están compaginando las entregas de armamento y materiales de inteligencia al ejército ucraniano con sanciones económicas contra Rusia que tratan de convertir a este país en un paria en el sistema económico global y de forzar la paralización del esfuerzo bélico ruso multiplicando los costes financieros e industriales de la invasión de Ucrania.

Gran parte de las sanciones económicas occidentales se dirigen contra la clase dirigente rusa, intentando crear divisiones en su seno y promover contradicciones entre los multimillonarios rusos que puedan impulsar una oposición abierta a la política seguida en Ucrania. En este sentido, no hemos visto nada nuevo respecto a las políticas sancionatorias utilizadas contra otros países díscolos de la hegemonía estadounidense, como Venezuela, Irán o China. La especificidad de la guerra económica declarada contra Rusia recae en dos aspectos concretos de las sanciones impuestas al país: la desconexión de algunos bancos rusos del sistema SWIFT, que permite el intercambio de información y la transferencia de depósitos entre las entidades financieras internacionales; y el enorme efecto “contagio” que las sanciones han provocado entre las grandes transnacionales con intereses en el mercado ruso, incluyendo, aunque con las limitaciones que luego indicaremos, el mercado energético, que  constituye la columna vertebral de la economía rusa.

Hay que remarcar que la desconexión del sistema SWIFT de Rusia ha sido, hasta el momento, incompleta. La medida ha dejado fuera de su alcance a los principales bancos rusos, presumiblemente para no bloquear totalmente el pago de las ventas de gas y petróleo ruso. Esto le resta parte de su fuerza previsible, al permitir que el Kremlin siga financiando la guerra con lo obtenido por sus ventas en el mercado cautivo europeo, incapaz de sustituir el suministro de gas ruso a breve plazo. Pero, por otra parte, la desconexión de SWIFT ha terminado de decidir a gran parte de las transnacionales con actividad en dicho país, a abandonar sus mercados. Tanto Inditex, como Apple, Google, Exxon, Disney, Ford, Ericsson, Nokia, BP, Shell, y muchas otras grandes compañías están liquidando sus intereses en el mercado ruso o paralizando su actividad en el país. Todo ello impacta fuertemente sobre el tipo de cambio global del rublo, al multiplicarse la fuga de los capitales internacionales, y ha forzado al cierre temporal de la Bolsa de Moscú.

Para intentar desentrañar los posibles efectos futuros de las sanciones, tenemos que delinear previamente los contornos fundamentales de la economía rusa: se trata de una economía de un tamaño parecido a la española, es decir, con un PIB menor de la mitad del británico, pero muy saneada tras el esfuerzo dedicado por el gobierno para prever una situación semejante a esta tras las sanciones que siguieron a la invasión de Crimea, en 2014. Así, la deuda externa rusa es muy inferior a la de los países europeos (se mueve en el entorno del 20 % del PIB, lo que contrasta con el casi 120% de la española) y los procesos de desarrollo encaminados a la sustitución de importaciones, tras las sanciones de 2014, permitieron impulsar campeones nacionales en algunos de los mercados abandonados por el capital internacional y sostener el consumo interno. El intento de levantar un sistema alternativo al SWIFT fue muy moderadamente exitoso, con una participación limitada de bancos internacionales, la mayoría de ellos del espacio exsoviético. Las enormes reservas de divisas atesoradas en los últimos años (cerca de 650.000 millones de dólares) se han visto cercenadas por las sanciones, en cerca de la mitad de ese monto, por la congelación de los depósitos localizados en entidades financieras fuera de Rusia.

Además, se trata de una economía que obtiene la mayor parte de sus divisas de la venta internacional de gas y petróleo. Y aquí radica una de las paradojas esenciales de la guerra económica que estamos viviendo: Europa financia, con sus compras de gas, la máquina de guerra rusa que trata de ahogar con sus sanciones económicas. La dependencia de la Unión Europea del gas ruso es imposible de revertir a breve plazo, ya que, aunque se comprase gas licuado norteamericano o qatarí en grandes cantidades, y se re-gasificase en España (que es donde están las mayores instalaciones europeas para ello) la limitada interconexión eléctrica y gasística de la Península Ibérica con Francia impide la sustitución de una cantidad suficiente de suministro ruso. Esto quizás explique por qué, en un sorprendente giro de la situación que no se suele destacar en los medios de comunicación, el gobierno ucraniano no ha detenido el flujo de gas ruso, que llega a Europa a través del gasoducto que atraviesa su territorio, y por lo tanto el flujo de divisas europeas que financian al Ejército de la Federación Rusa.

Rusia, por otra parte, intenta sustituir al cliente europeo estrechando sus relaciones económicas con otros Estados díscolos, como China o Irán. Con China ha llegado a acuerdos recientes para la venta de gas y petróleo, acompañados del inicio de las obras de un nuevo gasoducto transiberiano, así como para la apertura del mercado chino al trigo ruso. Recordemos que Rusia es el primer productor mundial de trigo, y Ucrania, precisamente, el tercero. China no puede sustituir la totalidad de las importaciones rusas de productos occidentales, pero sí lanzar un salvavidas que mantenga, hasta cierto punto, las constantes vitales de la economía rusa. Y lo puede hacer por su propio interés.  La huida de las transnacionales globales del mercado ruso puede abrir nuevos mercados a las empresas chinas. Un ejemplo con importancia geoestratégica global es el de las empresas de telecomunicaciones. Si Nokia y Ericsson abandonan el mercado ruso, dejarían vía libre para que empresas chinas como ZTE o Huawei acaparasen el 25 % del mercado total europeo, lo que podría impactar en su futura capacidad para financiar sus proyectos de I+D+i y facilitar el proceso de desconexión tecnológica de los estándares occidentales de telecomunicaciones que lleva persiguiendo China desde hace algún tiempo.

La guerra económica contra Rusia, además, llega en el peor momento para la economía global, poniendo en riesgo el proceso de recuperación tras el colapso provocado por la pandemia de Covid-19. Los problemas desarrollados en las cadenas de suministros y la dificultad del proceso de transición ecológica (que ahora se vuelve de una importancia estratégica central para garantizar el suministro energético de Europa sin recurrir al gas ruso) dibujan un escenario complicado. La guerra impactará directamente en algunas cadenas de suministros concretas (como ha ocurrido en España con el aceite de girasol o los piensos de uso ganadero), pero, además, en un contexto de inflación creciente, pone a los bancos centrales occidentales en la tesitura de elegir entre mantener las medidas de estímulo económico (y encarar posibles alzas aún mayores de la inflación) o detenerlos (y provocar la paralización de la recuperación en ciernes).

Dinero, dinero y dinero. Materias primas y cadenas de suministros. Energía y financiación. No perdamos de vista estos elementos cuando analicemos el desarrollo de la guerra en Ucrania.

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