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La radicalidad del relato del tridente conservador –PP, C’s, Vox- con una vertebración ideológica anatematizada durante largo rato por la ciudadanía, porque representaba la pulpa nutritiva de los cuarenta años de caudillaje, y todas las excrecencias represivas y antidemocráticas de la dictadura, es ahora el argumentario ideológico de la derecha, donde la minoría criptofranquista, o criptofascista pues es lo mismo, de Vox marca la agenda conservadora con el objetivo de que a las mayorías sociales les siga asaltando la imagen de Américo Castro sobre el “vivir-desviviéndose” del español.

Es un intento de revertir la crisis institucional del régimen de la transición, cuya etiología no es otra que el desmayo del atrezo con el que se edificó un sistema cuyo fin sustantivo era mantener intacto el poder de las minorías económicas y estamentales que habían prosperado e imperado en la dictadura, creando una democracia donde se cedieran las libertades individuales, siempre en un espacio político y social vigilado, pero en la que no se contemplara ninguna redistribución de poder, por lo que la soberanía popular siempre quedaba al arbitrio de las minorías influyentes y los resortes fácticos de un Estado que no sufrió ninguna reforma de caución democrática. Para la derecha, empero, la crisis poliédrica que padece la monarquía, al no reconocer las contradicciones del régimen del 78, se debe, simplemente, a los problemas planteados por un exceso de democracia.

El uso verborrágico canallesco está siendo la vanguardia dialéctica de lo que puede ser una praxis letal para la democracia. Cuando Pablo Casado afirma que el presidente del Gobierno tiene las manos manchadas de sangre porque presuntamente negocia con los terroristas, refiriéndose a Bildu, o la intención de suspender indefinidamente la autogobierno catalán o el hecho de referirse como comunistas a los miembros de Podemos –las viejas fantasmagorías conspiratorias del franquismo-, está resituando el debate político en los ámbitos guerracivilistas donde el adversario se convierte en enemigo bajo una confrontación estructural donde sólo puede haber vencedores y vencidos. Es en ese momento cuando la política desaparece y también la democracia, puesto que los vencidos deben ser también culpables.

En este contexto, la uniformidad se convierte en una exigencia y las alternativas un desviación sediciosa, lo cual es el resultado de un fenómeno, en este momento histórico, únicamente explicable a partir de los cuarenta años de patología españolista. Y como afirmaba Max Gallo en una coyuntura contenciosa de la vida pública francesa, no es lo mismo operar en la realidad con la idea de una Francia de De Gaulle que con una Francia de Pétain. De igual modo no es lo mismo operar con la idea de una España azañista que con la de una España franquista. Es por ello, que la trascendencia de las próximas elecciones generales adquiere una dimensión de ostensible gravedad puesto que si el franquismo sale bien parado en las urnas, la democracia puede pasar de nuevo a la clandestinidad.

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