El anterior artículo tratamos el ámbito político, en este trataremos el social, viendo que es casi imposible desligarlo del anterior.

Veamos la reciente sentencia del TSJC exigiendo un 25% de escolarización en castellano en Cataluña. La sentencia tiene una pátina de ámbito social (o de defensa dentro de este ámbito). Fíjense, en el segundo antecedente de la sentencia (cuando habla de en qué se fundamenta la demanda) hace referencia a <<teniéndose que considerar ya normalizado el uso del catalán>>. Recuerden el anterior artículo, cuando diferenciábamos del “capital” lingüístico (un 95% entienden y pueden hablar el catalán) de su “uso” (nos vamos al 36%). Tal sentencia considera que el “uso” del catalán está normalizado y que el castellano corre el riesgo de ser residual (¡!). La demanda, por cierto, la interpone el Ministerio de Educación español, representado por la Abogacía del Estado (tema que daría para otro artículo). Vemos pues que Estado español y judicatura se preocupan por el uso social del castellano, y está muy bien, aunque vistas las estadísticas del uso del catalán, ello está muy bien si son partidarios del “arriba España”; pero si son partidarios de un Estado multicultural y multinacional de una manera efectiva, les debería preocupar. Que el nivel de conocimiento y comprensión del castellano, por parte de los estudiantes catalanes, sea parejo al del resto del Estado, supongo que es irrelevante. Ambos, Ministerio (Estado) y judicatura, hacen política con la lengua, una política que no tiene en cuenta ni la sociedad catalana ni el uso de la lengua a nivel social; es decir, el pan de cada día.

No hay que olvidar una pequeña anécdota: el sistema de inmersión lingüística viene propiciado por la reivindicación, en su momento, de la emigración del sur de España en Cataluña. La idea que rondaba las cabezas de la derecha catalana era segregar por idioma, y partió de Santa Coloma de Gramenet (eminentemente emigrantes del sur de España) la reivindicación que a sus hijos se les enseñase el catalán. La idea fue acogida con un consenso pocas veces visto en el Parlament (sólo un voto en contra si no yerro). Un servidor, que trabajó durante unos cuantos años en el barrio de Llefià, pudo comprobar una cosa: si bien casi el 100% de la lengua vehicular era el castellano, si les hablabas en catalán, el

impedimento de mantener esta lengua no era una cuestión ni política ni identitaria, sino la “sensación” de que lo hablaban tan mal que desmerecían la lengua, una cierta “vergüenza”. Esta razón, más bien psicológica, es de ámbito más social que político. Campañas de “hablar bien el catalán”, pueden llegar a ser contraproducentes con la realidad (¡la realidad!) de la población del país.

Recalcar que, aún con el embate de Ciudadanos y el PP, apenas unas decenas de familias en toda Cataluña habían reclamado la educación en castellano. Añadan que, como las cifras demuestran, el “uso” del catalán no está “normalizado”. Como colofón, si el catalán fuera considerada una lengua perteneciente al Estado, este se preocuparía por ella igual que del castellano. ¿La Abogacía del Estado le pediría a la justicia, entonces, que exigiera a Telecinco, Antena3, La Cope, La Sexta, y un larguísimo etcétera, un 25% de contenidos en catalán en sus emisiones en Cataluña? Y al cine. A las ediciones catalanas de El Mundo, La Razón, el ABC… vale, se me ha ido la mano, disculpen. Pero todo esto es política y, un servidor, piensa que ese 25% ni debilita ni lo contrario el uso del catalán, y ni debilita ni refuerza el castellano. Todo pura política y un triunfo para los intentos de enfrentamiento de Ciudadanos y PP (por intereses ajenos a Cataluña).

Creo que fue Quim Monzó quien criticaba una cierta apatía respecto a la lengua. Con su característico estilo criticaba aquellos que pensaban que la lengua desaparecería de golpe: el 8 de noviembre del año tal, a las 13:26, el catalán morirá. Y que, mientras tanto, como si nada. Tal falsedad, sumándole el espejismo del catalán en las aulas (no en los patios, que se rigen por la ley del mercado) o en TV3 y otros medios, y la salvaguarda de la Generalitat, hacen creer que todo ello es suficiente para salvaguardar la lengua. Pero no es así. Como casi todo, al final, quien tiene el poder de cambiar la sociedad es el propio pueblo. Y, como casi con todo, son la desidia y la comodidad del pueblo los ques permiten que las cosas no cambien. El gran culpable (no el único) del desuso del catalán, son los propios catalanes. Ahí la Generalitat no puede hacer mucho (tampoco los poetas), pues gran parte de la población catalana se nutre de medios a los que ésta no puede acceder. La única manera, la única, es convertir el catalán en una lengua útil de consumo social, y ello empieza en la cola del autobús, el ascensor o la pescadería. Que quien venga a leer el contador de la luz sea, por ejemplo, de origen latino, no implica que no entienda el catalán y le hablemos, ya de

entrada, en castellano, pues creerá que el catalán queda reducido a nuestro ámbito doméstico cuando cerremos la puerta de casa. Así lo hemos hecho durante todos los años de democracia (antes, es otra historia), señalando el imperialismo del Estado España como el culpable, que lo es en parte, sí, pero no el único: el mayor culpable somos nosotros. Y, en este sentido y entendido simplemente como un descalificativo, es más “provinciano” renunciar a tu lengua y pasar a la mayoritaria que mantener la propia. Que muchos catalanes, en aras de querer ser cosmopolitas, en el fondo caen en ese provincianismo.

Históricamente, el Estado España siempre ha intentado arrinconar la lengua catalana. El Estado no ha tenido nunca duda que es la lengua quien vertebra una sociedad que no quiere ser vasalla de la élite capitalina. Si Pujol decía que es catalán todo aquél que vive y trabaja en Cataluña (y esto es cierto, pero en el ámbito político), si se pierde la lengua catalana, considerarse catalán perderá gran parte de su razón de ser. Esto es lo que siempre se ha perseguido. Y, si bien la estrategia de la imposición y de la prohibición (desde Felipe V a Franco) se ha amortiguado (no desaparecido, como señala la prohibición del catalán en el Congreso y la continua interferencia de los jueces en política), hay que reconocer que ya no es tan necesaria: los catalanes nos lo hacemos solitos.

No obstante, uno es del parecer que la salvaguarda de la lengua catalana no está directamente relacionada con la independencia política. Más bien con la social. Es decir, como sociedad contemporánea, la catalana no es distinta de la francesa o española: indolente y cómoda, deseando que cualquier derecho o reivindicación se la traigan a casa con Amazon Prime. Y cada vez que, en la cotidianidad, los catalanes renunciamos al catalán, damos un paso más hacia su desaparición. Algo que ni al Estado o a su Ministerio de Educación, por boca de la Abogacía del Estado, le importa mucho. Claro, porque no es su lengua. Aparte de parafernalias constitucionales de una indudable corrección política, el catalán es la lengua de ese incordio del noroeste.

¿Por qué uno piensa que la reivindicación independentista no es una solución en el ámbito de la lengua? Siguiendo a Bourdieu, Saussure y otros, fíjense: <<el sistema escolar cumple una función determinante: fabricar similitudes de donde se deriva esa comunidad de conciencia que constituye el cemento de la nación>>. Aquí tenemos el quid político, la

lectura que se hace tanto desde la Generalitat como desde el Estado (con intereses opuestos). Pero permítanme que no entremos a valorar lo que significa esta frase y tantas teorías parecidas: uno se atreve a decir que esto está desfasado en el siglo XXI, que es anacrónico y que la muestra es el caso de la cultura catalana. Antaño, la única fuerza de poder de un pueblo (refiriéndome desde a una clase social o cultura oprimida) se ceñía a la hoz, una barricada o una huelga sostenida y mayoritaria como muestras de la toma de una conciencia colectiva y los derechos que se derivaban (exactamente, la “ausencia” de éstos). Pero este paradigma cambia cuando las personas no relacionan su calidad de vida respecto a lo que poseen o no, sino a lo que adquieren o no. Pocos despojados a nivel mayoritario (condición necesaria para la hoz, barricada o huelga) hay: siempre algo se puede consumir. Si la máxima aspiración es comprar una tele plana en el Mediamarkt para pasar las horas, o las ofertas de Zara o H&M, todo el mundo siempre puede tener algo mañana (es decir, algo que perder), y cualquier revolución puede esperar.

Lo anterior no es pura demagogia: imaginen, por un momento, una reivindicación cualquiera que se anteponga de una manera “efectiva” a la comodidad e indolencia que suponen ese afán de consumo. Con la tecnología de comunicación de hoy en día, con sus espacios y recovecos y canales posibles, se tambalearía todo el sistema en apenas unos días. ¿Ilusorio? Solamente los que conozcan de qué va, recuerden la fuerza de una simple app de Telegram con el canal de Tsunami Democràtic. Al final, no se acabó de utilizar, de acuerdo, pero muchos vislumbraron la autonomía que se podía tener respecto a las esferas de poder. La cuestión es puramente económica: ¿hasta qué está dispuesta la gente a renunciar por algo que piensa que cree? O que le gusta hacer ver que cree. Porque, al fin y al cabo, lo que queremos no es lo que deseamos, sino lo que acabamos haciendo. Lejos del almohadón, queda lo que se construye.

Según Bordieu, y ya para acabar, lo propio de la dominación simbólica consiste, por quien la sufre, en una actitud que desafía la alternativa libertad versus coerción: las “elecciones” (por ejemplo, qué lengua usar) se realizan inconscientemente al margen de toda coacción. Si el 95% de catalanes entienden la lengua catalana, hay un número elevadísimo de personas que, en lo cotidiano, “fingen” no entender, para así dirigir el intercambio lingüístico al castellano. Este “fingimiento” es una admisible presión aceptada por toda la sociedad,

sobreponiéndose a cualquier tipo de relación (laboral, amistad, servicios, etcétera). De la misma manera que todo el mundo habla de proteger el comercio de proximidad mientras hacen cola en la entrada de Zara a por su jersey de 10 euros, la mayoría de catalanes condenamos el catalán al ostracismo mientras nos escandalizamos que un 25% de clases se impartan en castellano (otra cosa es la injerencia de la judicatura, impelida por el Estado, en política). Tal vez, el pueblo deberíamos empezar a usarla con naturalidad, como una moneda de cambio. Y, los políticos catalanes, tal vez deberían negarse a usar una lengua que no es la propia en el Congreso, por mucho que les cierren el micrófono cada vez. Total, para el caso que les hacen si no es para negociar algo puntual…

*** Datos estadísticos en: https://www.idescat.cat/tema/cultu

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

6 Comentarios

  1. Lo que está en peligro en Cataluña no es la lengua catalana, sino lo supervivencia del régimen etnocrático nacionalista, que permite a las élites del 35% de la población catalanohablante detentar el poder económico y político, ocupar el 80% de los cargos institucionales y discriminar al 55% de la población; la de habla española.

    La inmersión es el arma de dominación que permite la supervivencia del régimen etnocrático, y de ahí su afán por mantenerla. Aunque para ello tengan que recurrir a las mas burdas mentiras.

    Nos cuenta el señor Tusell «aún con el embate de Ciudadanos y el PP, apenas unas decenas de familias en toda Cataluña habían reclamado la educación en castellano». Un nuevo cuento que los nacionalistas repiten una y otra vez, para hacernos comulgar con ruedas de molino.

    C’s, según el mismo reconoce, es contrario a la inmersión, y la gente no les vota por su programa social (que casi nadie conoce) sino por su defensa de la igualdad y no discriminación de los catalanes de habla española.

    C’s y PP (contrarios a la inmersión) obtuvieron en las pasadas elecciones casi 1.500.000 votos, pero resulta que ¿solo unas pocas familias quieren que sus hijos sean escolarizados en su lengua?.

    Un asunto más sorprendente señor Tusell; casi un milagro. De entre 1.500.000 solo ¿unas cuantas familias?. El día que prueben a poner una casilla para elegir la lengua de escolarización «unas cuantas familias» se pueden transformar en varios cientos de miles de familias. Por eso se cuidarán mucho de no preguntarlo. (Ni siquiera en las encuestas)

    Lo que que está en juego en Cataluña es el régimen etnocrático y su legitimidad. En Cataluña siempre se habló español, pero el desplazamiento (no la emigración) de población de habla española a Cataluña ha invertido la relación entre catalanohablantes e hispanohablantes.

    Hoy los segundos son mayoría; el 55%, pero el poder económico, político sigue en manos de las élites del 35% quienes consideran a los otros catalanes como «emigrantes» y a su lengua como lengua ajena a Cataluña.

    Los nacionalistas se consideran a sí mismo como los auténticos catalanes y a su lengua como la lengua auténtica de Cataluña. Pero esto desde posiciones democráticas es insostenible, porque implica que la mayoría de los catalanes los de habla española el 55% estén sometidos a la minoría, y su lengua excluida de los medios de comunicación públicos, de la rotulación pública y de la administración publica. Que es lo que actualmente ocurre.

    Debe ser un ejercicio psicológico muy duro para un nacionalista aceptar que los catalanes hispanohablantes tenemos los mismos derechos que los catalanohablantes, pero cuanto antes se hagan a la idea mejor será para todos porque nosotros no pensamos renunciar a nuestra identidad, ni a nuestra lengua, ni aceptar que se nos discrimine y que se nos trate como a ciudadanos de segunda. Estamos condenados a vivir juntos; en igualdad lo haremos en armonía pero si persisten con la discriminación llevarán a Cataluña a una situación parecida a la de Irlanda del Norte.

    Wikipedia «etnocracia»; «forma de Gobierno en la que la etnia toma preeminencia sobre el demos en la toma de decisiones y organización de la sociedad, y en la que los representantes de un particular grupo étnico retienen un número de puestos de poder social y político superior al porcentaje de población que ese grupo representa, con el objetivo de usarlos para avanzar su posición en detrimento de otros.

  2. Muy de acuerdo con Ortiz. Vaya estupidez de artículo, lamentable su publicación. La polémica por el artículo de Bruno Bimbi en CTXT es la prueba que un artíuclo igual de obsceno diciendo justo lo contrario no se publicaría

  3. Esta es una de esas veces en que el comentario de un lector es mucho mejor que el artículo al que responde. No solo por la mayor veracidad de lo que afirma, sino también por la mejor calidad de redacción.

    No entiendo cómo Diario16 acepta un artículo que, a fuer de ser un simple compendio de las falacias nacionalistas, carece de estructura, y que incluso incurre varias veces en errores gramaticales. El «artículo» de Guillem Tussell es digno de su rincón de facebook, pero no de un periódico como Diario16.

  4. Me parece muy triste tener que imponer una lengua. La mayor parte de personas en Catalunya estamos viviendo bajo un fuego cruzado. Les apunto una decisión salomónica que tal vez incumpla con las leyes, pero permitirá sin duda que nuestros escolares dominen el catalán, el español, el inglés y el chino) impartan un 25% de las asignaturas en cada una de las 4 lenguas :
    – el catalán para seguir con la tradición y que nadie se sienta que no es acogido en esta pequeña tierra ( pero si no simplificamos la gramàtica nos cargaremos nosotros mismos la lengua catalana , lo siento por el Dr. Fabra) .
    – el castellano por ser la lengua del estado al que pertenecemos (aunque sus reyes nos avergüencen sufrimos y padecemos las mismas injusticias que el resto de españoles ..y juntos podremos vencerlas ..separados siempre lo hará la derecha)
    – el inglés para que puedan estudiar y trabajar en toda Europa y en la mayor parte de occidente
    – el chino por su importancia en el mercado mas importante del mundo : oriente

    y por favor a mis amigos «indepes» y a mis amigos «unionistas» que tienen la posibilidad de governar no nieguen a nuestros hijos ni la tradición, ni la cultura, ni la posibilidad de una buena proyección profesional . Pongan a los escolares por delante de sus intereses partidistas, muchas gracias

    Pere-Francesc Folch i Martínez
    economista y abogado

    • Los constitucionalistas lo que pedimos es precisamente eso: un sistema bilingüe-trilingüe, o bien diferentes lineas y libertad de elección
      No hay tal fuego cruzado: hay unos que defienden privilegios, y otros que reclamamos igualdad de derechos lingüísticos

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