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El fracaso de la inmersión lingüística (parte primera)

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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En el año 2003, de los mayores de 15 años en Cataluña, usaban habitualmente el catalán un 46%. En el año 2018, el 36%. En el área metropolitana de Barcelona, entre la población joven, el uso desciende al 19%. Se puede constatar que la política de inmersión lingüística es, en parte, un fracaso. Uno dice “en parte” porque, sin esta política, seguramente la lengua catalana sería un pez dando bocanadas sobre la arena, expulsado del agua por la fuerza mayoritaria de la lengua castellana. Y uno añade “fracaso” porque tal política no impide el retroceso social de una lengua que, institucionalmente, se defiende con tanto empeño.

Veamos si me permiten un símil. Imaginen que la lengua, respecto al uso social, es como una moneda que sale a un mercado. Para continuar con el símil, me deberían aceptar una premisa: antaño, el modelo de mercado era el capitalismo, es decir, se basaba en poseer físicamente el capital en propiedad; hoy en día, en cambio, se basa en el consumismo, en la adquisición en sí, convirtiendo el capital en algo abstracto subsidiario de su uso. Bien, entonces, la política de inmersión lingüística es algo añejo e insuficiente, pues se basa en la lengua como un capital, pero un poco inútil en el mercado del consumismo (el uso). Esta política sí que ha conseguido “capitalizar” la población con la lengua catalana (el 95% la entiende y puede hablarla), pero se queda allí, como un capital en desuso. En el mercado lingüístico consumista, se impone el castellano o español como lengua útil de adquisición (relación social). La lengua catalana es un capital en el banco, el castellano es la moneda de curso cotidiano. Claro, ustedes saben que es mejor tener un buen capital en el banco que nada, pero que de poco sirve si no lo pueden tocar. Es más, sino utilizan ese capital, seguramente se irá devaluando.

La pregunta clave, pues, no recae sobre la magnitud del capital, sino en la insuficiencia de su uso. El problema del catalán no es ni su nivel de conocimiento ni la calidad de la enseñanza, sino que aquellos que lo entienden y pueden hablarlo deciden no hacerlo.

Visto desde esta perspectiva, las horas de clase en catalán pierden su relevancia y recae ésta sobre la cajera del súper, la gerente o la taxista, el peluquero o el revisor del autobús. Recae, si me apuran, todavía más en cualquiera que pueda ser un referente social, como Rosalía o Messi o Buenafuente.

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Como en tantos aspectos de la vida, solemos referirnos a una cosa o tema olvidando que, dependiendo del ámbito al que lo circunscribimos, su comportamiento y reacción difieren enormemente. Esto también sucede con la lengua, y más especialmente con la catalana. Y aquí hay una gran diferencia con la castellana o española. La homogeneidad de la lengua castellana en los territorios en que se usa permite que, apreciada como un todo, no se entre en contradicciones dependiendo de en qué ámbito la circunscribimos. Claro que también hay personas con otra lengua propia (árabe, chino, francés, la que sea) pero son pocos y se remite a una cuestión individual. En Cataluña, no es así: el bilingüismo convierte la elección de uso de la lengua en algo social, no en una cuestión individual. Me explico: el carácter social de conceptos como “mejor en castellano, que así nos entendemos todos”, se sobrepone al hecho que, si figura que el 95% entiende el catalán, la anterior frase es tan cierta como “mejor en catalán, que así nos entendemos todos”. Creo que, entonces, se puede apreciar que lo que chirría como causa de conflicto es el uso del calificativo “mejor”. Es en este “mejor” cuando empiezan a mezclarse ámbitos distintos que, en territorios castellanohablantes son irrelevantes, pero que en Cataluña no lo son. Esos ámbitos son la política, la sociedad y el lingüístico (entendido aquí como la lengua en sí, despojada de otras consideraciones).

1) ÁMBITO POLÍTICO. En su “Economía de los intercambios lingüísticos” Bourdieu comenta un concepto muy interesante que podemos aplicar a Cataluña: <<No es el espacio lo que define la lengua, sino la lengua lo que define su espacio>>. Ahora agarren un puñado de catalanes y pregúntenles si es el espacio Cataluña lo que define la lengua catalana o si es la lengua catalana la que define el espacio Cataluña. Les auguro una divertida velada (sobre todo cuando, a los partidarios de que es la lengua quien define el espacio, les contraponen las cifras de que solo el 36% la usan habitualmente, que solo el 50% suelen empezar una conversación en catalán y que, de estos, si les responden en castellano, el 76% cambian de lengua). En Cataluña, la lengua es indisociable del ámbito político. La razón es que Cataluña no es un Estado que permita legitimar el catalán como lengua oficial (a lo sumo, co-oficial). Esto es un hecho, y cada uno tendrá su propia valoración política al respecto. Bourdieu, nos relata cómo en Francia <<el proceso de unificación lingüística se confunde con el proceso de construcción del Estado>>. Lo interesante es como esa unificación, amparada en la legitimidad de una lengua “oficial” de entendimiento común (sic) se produce en los territorios que ya disponían de una lengua propia: la lengua se convierte en un “método” mediante el cual la oficial y legítima (el francés) solamente tiene ventajas, sirviéndose del bilingüismo para “empujar” la propia del territorio. Si, mediante el gobierno de la Generalitat, se puede limitar el empuje del castellano en los círculos oficiales o de la enseñanza, es evidente que poco puede hacerse en el ámbito social, y menos aún en el ámbito de los negocios, que se rigen por la misma ley que el patio de un colegio.

Aquí hay que hacer un apunte respecto al concepto de “lengua propia” de un territorio, pues muchos les dirán que ese concepto es falso, que la lengua la tienen las personas, y no los territorios. Y cuánta razón tienen: una sandía no habla catalán, español o italiano, y jamás vi una encina o un río derrapando en un meandro en alemán o turco. Son las cosas las que son denominadas como tales por las personas. Lo que ocurre es que, los que utilizan el argumento de que no hay lenguas propias de un territorio, lo hacen desde una perspectiva política y, ay qué cosas, con su propia lengua consolidada en su territorio. Y así es muy fácil. Pero si eso fuera cierto, que no hay “lenguas propias”, sería un planteamiento totalmente imperialista y/o colonialista, basado en la falacia de que “todo hecho es un derecho”. Ese es el planteamiento que permite llegar a una zona con su lengua (por ejemplo, el maya yucateco), invadirla, ocuparla con una mayoría con otra lengua (por ejemplo, el español) y, pasado su debido tiempo y en aras del planteamiento que “ningún territorio tiene lengua propia”, ya tenemos la nueva lengua (por ejemplo, el español) como oficial y legítima y la anterior (por ejemplo, el maya yucateco) postergada. Las personas habitan territorios, las personas usan una lengua creando una cultura propia, y esa cultura y lengua acaban impregnando el territorio de tal manera que pasa a ser parte de éste. Esto es así en Cataluña o Castilla, Guatemala o Australia.

Continuando en el ámbito político, la Generalitat ha mirado la lengua catalana como si fuera un tesoro, un “capital nacional”, pero ciñéndose a aumentar ese capital sin sacarlo del banco. Es el problema de 20 años o más de gobiernos muy “nacionalistas” que quieren hacer cosas muy grandes, pero que acaban jugando contra su propia cultura. Grandes ahorros,

pues, de una moneda propia mientras por la calle las transacciones se iban produciendo, cada vez más, con otra moneda. Y es que, ¿por qué usar dos monedas si hay una más eficiente y tiene el respaldo de un banco con 500 millones de hablantes? Cojan un pequeño Estado con su moneda, introduzcan el dólar como moneda bilingüe (es decir, co-oficial) y verán cuánto se tarda en que el dólar sea la moneda de uso común. Ya puede el gobierno de ese Estado ir emitiendo lengua propia. Si, además, no es un Estado sino un territorio perteneciente a otro que solamente usa el dólar para sus transacciones, ya me dirán. Por tanto, para la salvaguarda del catalán como moneda lingüística y no capital nacional, y solamente si interesa o se desea, toda política es insuficiente. Es necesaria la voluntad del pueblo. Y esto nos lleva al ámbito social.

Antes, por ello, un pequeño paréntesis, porque el ámbito lingüístico no lo pienso tocar. Recuerdo, hace unos diez años, la presentación del libro de una poeta catalana. En un espacio muy chulo, había dispuesta una mesa larga con cuatro personas (entre ellas, la poeta) y, abajo, el público. Empezó, más o menos, con estas palabras (y traduzco del catalán): <<los poetas son los guardianes de la lengua>>. Es muy bonito. Casi me emociono (yo quería ser poeta y, ahora, podía ser guardián). Deberían hacer imanes para la nevera: uno para cada lector de poesía (pésimo negocio, me temo). Está muy bien, claro, pero se circunscribe al ámbito lingüístico. En el ámbito social de la lengua, y me remito a lo que dije al principio, los guardianes son los que la usan: quien te pregunta en qué parada del metro bajar, quien te ofrece sardinas o sepia, si lo deseas o lo pides con leche, etcétera. Y es esto lo que nos conducía a que los paladines fueran Rosalía, Messi o Buenafuente, y un largo etcétera de personas con relevancia social que nos conducen al siguiente artículo.

*** Datos estadísticos en: https://www.idescat.cat/tema/cultu

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