Cuando han pasado treinta años de la conferencia de paz de Madrid, en que por primera vez Israel se sentaba con los palestinos para buscar un acuerdo de paz, la situación ha mejorado notablemente para el Estado hebreo, mientras que el sueño de un Estado palestino parece esfumarse quizá para siempre. En estos largos años, a pesar de algunos pequeños avances, Israel ha salido de su sempiterno aislamiento, estableciendo relaciones, bajo presión de la administración del presidente norteamericano Donald Trump, con cuatro países árabes; ha seguido construyendo colonias en Cisjordania a un ritmo vertiginoso, incumpliendo las resoluciones de las Naciones Unidas; y ha desdeñado cualquier compromiso con los palestinos tendente a poner en práctica la famosa fórmula de los dos Estados -hebreo y palestino- en las tierra que ahora ocupa.

Tampoco estos años han sido fáciles para el liderazgo palestino, sumido en una profunda crisis desde que Hamas se hiciera con el poder en la Franja de Gaza, en el 2007, y cortará todos los lazos con Cisjordania, controlada por Al-Fatah, una vez eliminados (físicamente) todos los militantes y colaboradores de la organización oponente y gobernante en ese territorio. Todos los intentos por mediar en el cisma, casi todos procedentes del mundo árabe, han fracasado y la división no ha hecho más que debilitar a la ya de por sí erosionada dirección palestina, cada vez más desautorizada, tanto ante su opinión pública como en la escena internacional.

Es cierto que durante el mandato del eterno sobreviviente primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, el margen de maniobra para la Autoridad Palestina ha sido mínimo, debido a la escasa predisposición al diálogo de los sucesivos ejecutivos israelíes presididos por este rudo equilibrista que apostó por la línea dura frente a los palestinos. Por otra parte, desde el principio de la administración norteamericana presidida por Trump quedó meridianamente claro que, a diferencia del anterior presidente, Barack Obama, la línea del nuevo gobierno era claramente proisraelí y que la cercanía política con Netanyahu era notoria. Trump, en un gesto que irritó a los palestinos y a una buena parte de la comunidad internacional, incluyendo a casi todo el mundo árabe, trasladó la embajada norteamericana desde Tel Aviv a Jerusalén, contraviniendo el consenso internacional acerca de esta cuestión y que no sumó muchos apoyos en el planeta si exceptuamos a Guatemala.

LA UNIDAD DEL LIDERAZGO PALESTINO Y LA SALIDA DE ABBAS, PASOS FUNDAMENTALES PARA RECUPERAR LA CREDIBILIDAD

Los palestinos, después de haber logrado arrebatar a los israelíes acuerdos trascendentales, como la autonomía de Cisjordania, la retirada de Gaza, la creación de una policía local y la liberación de numerosos presos políticos palestinos, pensaron que la ahora abandonada fórmula de los “dos Estados”, que concitaba el apoyo de los Estados Unidos durante Obama y también de la Unión Europea (UE), por citar tan solo algunos de los principales apoyos, era un escenario cercano y realista, aunque la nueva entidad nacional tuviera que afrontar el reto que significan las colonias judías. Más de 600.000 israelíes viven en 140 asentamientos en Cisjordania y Jerusalén, en unas colonias consideradas “ilegales” por las Naciones Unidas y no reconocidas como territorio israelí por numerosos países, pero que Israel está poco o nada dispuesto a retirar para facilitar las cosas de cara a un futuro acuerdo de paz con  los palestinos. 

El espejismo palestino ha consistido en creer que la inercia del propio conflicto con Israel acabaría generando una salida negociada al mismo con la ayuda de la comunidad internacional, y que el proceso tendría como hipotético final la conformación y vertebración de los dos Estados en los territorios ocupados por Israel.La apuesta no podía haber sido más errónea. Aparte de esta fallida estrategia, bajo la batuta de Mahmud Abbas el liderazgo palestino se ha ido diluyendo y perdiendo su perfil en un mar de interminables conflictos, pocas propuestas serias y veraces y escasa proyección del mismo en el exterior. Incluso países antaño favorables a la causa palestina, como Rusia y una buena parte de la UE, con Francia al frente, han ido alejándose de las posiciones propalestinas en su política exterior y han estrechado fuertes lazos con Israel, como el cada vez más consistente eje Putin-Netanyahu. 

De cara al futuro, y puestos a bocetar anhelos, lo que  le hace falta a esta causa es la necesaria unidad del bando palestino, superando la nefasta partición entre Gaza y Cisjordania, y la necesaria, por imprescindible, renovación del liderazgo de este pueblo, pasando por el corrupto, anciano y negligente Abbas y toda su cohorte de aduladores y cleptómanos. Sin esos dos no sencillos pasos, todo lo que hagan los palestinos será un brindis al solo y seguirán cosechando, uno tras otro, nuevos varapalos en la escena internacional. Y, lo que es peor, asistiremos al más que probable abandono de otras naciones árabes a sus justas reivindicaciones, dejándolos en una orfandad definitiva que sellará su  derrota final en sus  aspiraciones nacionales y convirtiendo a la misma causa en una mera caricatura irrisoria.

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