Congreso de Bad Godesberg (1959), donde la socialdemocracia alemana rompió con el marxismo.

Boris Johnson arrasa en el Reino Unido mientras los laboristas de Corbyn obtienen su peor resultado desde 1935; Donald Trump apunta a una renovación de su mandato; Vox sube como la espuma en España al tiempo que Unidas Podemos embarranca y el PSOE resiste a duras penas. ¿Qué está pasando? ¿Se está haciendo todo el mundo populista, retrógrado y ultraconservador? La clave del ascenso de la extrema derecha mundial hay que buscarla, sin duda, en un hecho incontrovertible: el declive progresivo que ha sufrido la socialdemocracia desde la caída del Muro de Berlín en 1989.

Ahora bien, ¿por qué la socialdemocracia no ha podido sobreponerse al impacto de los acontecimientos? ¿Qué le ha impedido resistir al vendaval de la historia, reinventarse y proponer nuevas fórmulas que seduzcan a las clases populares? Para conocer toda crisis hay que remontarse a sus orígenes. El término socialdemocracia aparece en Francia durante la revolución de 1848 entre los seguidores del socialista Louis Blanc. Karl Marx lo utilizó después en su célebre obra El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, cuya primera edición se publicó en Nueva York en 1852. En el ensayo, el filósofo alemán se refiere a la propuesta política del que llamó partido socialdemócrata formado por la unión de la pequeña burguesía democrática y la clase obrera socialista. Según Marx, a las reivindicaciones sociales del proletariado se “les limó la punta revolucionaria” y se les dio un giro democrático; a las exigencias democráticas de la pequeña burguesía se las despojó de la “forma meramente política y se afiló su punta socialista”. Así fue como nació la socialdemocracia. Un pacto entre burgueses y obreros trabajando juntos por la construcción de un mismo proyecto político. La primera gran contradicción estaba servida.

Según Enrique Gil Calvo, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, la socialdemocracia fue “una coalición histórica que se construyó entre el movimiento obrero organizado y las nuevas clases medias de funcionarios, empleados de servicios y profesionales por cuenta ajena”. Pero esa fusión de intereses supuso desde el principio un desencuentro entre trabajadores de primera y de segunda, entre el reformismo socialista de extracción burguesa y el revolucionarismo proletario propio de anarquistas y comunistas. Fue, según Gil Calvo, un acuerdo mediante el cual la parte obrera industrial aceptaba supeditarse al liderazgo burgués a cambio de que el “Gobierno común garantizase a todas las clases populares su acceso a los canales de movilidad social ascendente e igualdad de oportunidades”. Educación y sanidad por encima de todo.

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial la socialdemocracia conoció su momento de mayor auge y esplendor. Su edad de oro. Fueron los treinta años gloriosos (1945-1975) que cimentaron la sociedad del Estado de Bienestar en buena parte de Europa. El fascismo había sido definitivamente derrotado, la URSS se convertía en una superpotencia y la revolución marxista lograba cristalizar en numerosos países de la órbita soviética. El instante decisivo fue sin duda 1959, cuando en el Congreso de Bad Godesberg el Partido Socialdemócrata Alemán rompía con Marx, renunciando a “proclamar últimas verdades” e identificando completamente socialismo y democracia. “Así el SPD se propuso crear un nuevo orden económico y social conforme con los valores fundamentales del pensamiento socialista −libertad, justicia, solidaridad− que no se consideraba incompatible con la economía de mercado y la propiedad privada”, según Alfonso Ruiz Miguel. En poco tiempo, la influencia del manifiesto que salió de aquel congreso se dejó sentir en toda la socialdemocracia europea y fue así como la izquierda abrazó las reglas del capitalismo con todas sus consecuencias. Incluso los partidos comunistas domesticados por las democracias occidentales, siguiendo el viejo lema de “renovarse o morir”, se vieron en la necesidad de reinventarse a sí mismos con aquello del “eurocomunismo”.

En todos los países europeos con un sistema parlamentario liberal-burgués la socialdemocracia abandonó definitivamente el marxismo y elaboró una “visión diferente de las relaciones entre capitalismo y socialismo”, proponiendo “una mayor intervención estatal en los procesos de redistribución que en los de producción, de forma que una política fiscal progresiva permitió consolidar eficazmente la red asistencial que configura el Estado de bienestar”, tal como escribe el profesor Alfonso Ruiz. La socialdemocracia había conquistado el poder y en él se mantuvo durante décadas. Las clases sociales más bajas vieron cómo era posible el sueño de la escolarización gratuita para todos, una universidad para hijos de obreros, sanidad, pensiones y servicios públicos universales.

Hasta que llegó el día de la Caída del Muro de Berlín, que dio al traste con el bloque soviético, un gigante con pies de barro cuyo sistema productivo y económico había colapsado, generando corrupción entre los jerarcas comunistas y hambre entre el pueblo, que se sintió estafado 72 años después de la Revolución de Octubre de 1917. El bolvechismo había fracasado en su promesa de lograr la igualdad en la lucha de clases y las opciones de izquierdas pasaban por reformular nuevos paradigmas. Aquella onda expansiva, aquella especie de depresión post mortem, alcanzó de lleno a los partidos socialdemócratas de toda Europa, que todavía hoy no se han recuperado del terremoto. La socialdemocracia que había triunfado en muchos lugares como Alemania, Francia y los países nórdicos −también en la España de 1982 con el proyecto socialista de Felipe González− entró en decadencia. Todo ha ido a peor desde entonces y la derecha populista ha sabido reorganizarse y cautivar a las masas, también a las clases trabajadoras, huérfanas tras el hundimiento de las ideologías marxistas y la decadencia de una izquierda desnortada.

Hoy podría decirse que la socialdemocracia ha muerto de éxito. ¿Qué ha terminado con ella? Su declive comenzó mucho antes de la Caída del Muro, en la década de los 70 con la crisis del petróleo. El paro y la recesión fueron brutales. La socialdemocracia no supo reaccionar y dar una respuesta a tiempo. Además, viró a la derecha sustituyendo el modelo keynesiano intervencionista estatal por planteamientos liberal-conservadores partidarios del libre mercado. Felipe González en España fue una buena muestra de ello. El thacherismo británico y el reaganismo estadounidense terminaron imponiéndose entre el hastío y el desencanto de unas clases trabajadoras que se sintieron traicionadas por sus líderes políticos, supuestamente de izquierdas pero vendidos al poder de la banca, del gran capital y la corrupción. El Estado de Bienestar ha ido degradándose desde entonces y conquistas sociales que parecían consolidadas han terminado diluyéndose entre reconversiones industriales, privatizaciones, pactos infames entre los sindicatos y la patronal, despidos libres, recortes de los servicios públicos esenciales, reformas laborales y liquidación de derechos. La Tercera Vía de economía mixta propuesta por el sociólogo Anthony Giddens solo ha sido un parche para resistir en los primeros años de un siglo XXI dominado por la tecnología y la robotización. Pero el detonante del final de la socialdemocracia estaba activado. Una nueva crisis económica y financiera, la de 2008 provocada por las hipotecas “subprime”, terminó por desarbolar a los partidos de izquierdas en todo el mundo, que han terminado perdiendo la batalla por el poder, aunque ocasionalmente aún ganen elecciones puntualmente, como ocurre en Portugal o en España con el languideciente y debilitado PSOE de Pedro Sánchez.

A su vez, la sociedad postindustrial, globalizadora y digital ha terminado por desestructurar el sistema de clases sociales. El trabajador desclasado, el “obrero de derechas”, admira al hombre fuerte que solucione sus problemas. Ya no busca ser un igual entre otros iguales de su clase sino un rico hecho a sí mismo a toda costa. Es la hora de los populistas demagógicos de la extrema derecha que, apelando a valores primarios como el patriotismo nacionalista, la xenofobia contra el inmigrante (al que se acusa de ser el culpable de la crisis económica y de identidad de Occidente) y el imperialismo anticomunista y financiero, han acabado imponiendo sus rudimentarias ideologías. El pacto entre las clases medias burguesas y tituladas y las clases obreras que han escalado posiciones −fundamental en el origen de la socialdemocracia−, se ha roto. De ahí la fragmentación de los grupos sociales y la volatilidad electoral (el votante ya no es fiel a un solo partido y busca opciones alternativas). La burguesía ve con recelo las conquistas del obrero en el Estado de Bienestar, y eso explica su insumisión fiscal, su apoyo incondicional a líderes que van contra el establishment y su transfuguismo electoral. El individualismo, la rabia contra el sistema y las inútiles redes sociales que propagan el odio y dividen al proletariado han terminado por minar la solidaridad y el sentimiento de pertenencia a una clase social y a una ideología política. Finalmente, los eslabones más débiles, los obreros desclasados, las mujeres explotadas, los mileuristas, los parados, los inmigrantes, los universitarios sin futuro y los pensionistas de segunda terminan siendo presas fáciles, carne de cañón para la oligarquía empresarial y financiera.

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