“En todas las aldeas occidentales en donde estalla mediáticamente un conflicto, los requerimientos a lo democrático son copias exactas, sintomatologías iguales a las de una pandemia que tienen como punto neurálgico o cabal de su ferocidad a la democracia en su forma y contenido” (Francisco Tomás González Cabañas. “La democracia incierta”. 2016. Editorial AB. “El acabose democrático. 2017. Madrid. Editorial Apeirón).

Tal como sí fuesen conceptos proféticos, el ensayista argentino suscribía en sus textos citados; “Sin embargo, hoy, los actuales revolucionarios —independientemente del proceso en el que se encuentren sus revoluciones y, obviamente, del lugar en donde las estén llevando a cabo—, deben tener en claro que la revolución de nuestro tiempo es una revolución conceptual que se da, o debe darse, en el ámbito del lenguaje. Debemos subvertir la revolución. La revuelta pasa por convencer a los favorecidos de que no tienen verdadero beneficio sobre los privilegios de los que dicen gozar. Para esto no necesitamos ocupar ninguna calle, incendiar ninguna bandera o edificio.

Simplemente, nos bastará con tener claro esto para socavar la mente de los que mandan, de los que gobiernan, de los que tienen en sus manos las reglas de juego. A ellos debe apuntar nuestra revolución, hacia allí debemos apuntar nuestro objetivo revolucionario. Debemos subvertirlos para que sean los responsables ejecutores de un Occidente que tenga reglas más inclusivas o democráticas. Debemos subvertirlos para poder alcanzar, —tal como la entendemos algunos—, la verdadera democracia”.

Agregando, asimismo, como sí el efecto de la pandemia fuese la circunstancia que González Cabañas, esperaba, ocultamente, para que las reglas de juego cambien sustancialmente, tal ocurrió sin que lo esperásemos.

“La brecha, el abismo, les otorga a los representantes (por sobre los representados) el derecho de exigir a los demás todo tipo de esfuerzos, de imponer sus propias reglas—que incluyen ética y moral sectorial, facciosa—, y detener una vida de privilegios a expensas de los otros, quienes, por más que trabajen la vida entera, no alcanzarán jamás a hacer, de la realidad actual, un caldo de cultivo para que el orden establecido cambie o se modifique en la sustancialidad de lo que se denomina democrático. Uno de los tantos problemas en transitar este sendero es, precisamente, lo metodológico; es decir, cómo llegar a tal objetivo de una forma más auténtica, rápida, efectiva o con menos concesiones entregadas en el camino. Tanto desde adentro de los procesos novedosos —por tentación o por referencia al pasado— como desde afuera —por el temor que les genera a los sectores complacidos que las reglas del juego se vean cuestionadas—, se conducirá siempre, irreversiblemente, a la necesidad de un cambio, a subvertir lo establecido, a la revuelta en las calles, a la insustancialidad de la disputa de poder. Pensar la política tanto desde la lógica del adentro como del afuera es un canal posible para dejar esa posición arrogante que lleva, a los que están adentro, a creer que se tiene la integridad suficiente como para representar a los demás, estableciendo aquella falacia de los de arriba y los de abajo”.

 

Finalmente el filósofo en el entramado de sus textos, sin hacer alarde de sus precisiones y sin la búsqueda fatua de las cámaras del espectáculo que lo transformarían en otro de los tantos virus, en lo que se han convertido muchos de los que se dicen sus colegas, asesta: “Desde este mojón es que consideramos que si no dejamos de pensar, actuando, de esta manera, la llamada de lo ausente a lo que no acudimos, se terminara por extinguir, descenderos a una deshumanización de nuestras posibilidades, y convertidos en un subproducto de la razón instrumental, dejaremos de interesarnos por la palabra, por las traducciones que conseguimos, mediante su uso y desuso. En tal ciénaga del aceleracionismo, seremos la expresión consumada, del consumo hiperbolizado, sobregirado en las proporciones industriales que nos llevaran a buscar otros ambientes, para desarrollar, no ya lo humano, sino su resultante, la operatoria mayor, la conversión final del verbo, del logos, de la palabra al número.
Número que como tal, posee como propiedad intrínseca su no traducibilidad. La ausencia de exegesis del número, lo convierte y nos convierte, en algoritmos para uso y abuso de nuestra debacle, a la que se la llama, por el momento, en los últimos resquicios de la resistencia de las palabras, inteligencia artificial. Cada vez son más los sujetos (atados a la ataraxia que propina el sedante del fin de los tiempos), que exacerbados en su función políciaca, denuncian la llegada, la subsistencia de textos, de manojos de palabras, de gritos de lo humano, seriados, codificados en artículos, que no esperaban, que no pidieron, que no saben dónde colocarlo, además del basurero, sea real, simbólico del cerebro o virtual de la casilla de correo. Ya tienen privada la posibilidad del entender que la humanidad, encontró sin buscar su traducción. Casi todo lo adquirido lo obtuvimos mediante el libre juego, de que una cosa llevara a la otra, sin desesperarnos en buscar, imposible además, el cuanto y el qué.

La muerte no traduce lo humano, no lo redime, no lo inmortaliza, sólo la palabra es capaz de conseguir esto y tanto más. La palabra, a la que se la persigue, se la ultraja, se la sodomiza, exigiéndole una traducción, un resultante, nos habla, nos interpela, en todos los planos posibles, para que nos reconciliemos con ella, con lo público, con lo político, que es su sucedáneo. En la palabra no anida el resultado, al que por haberlo convertido en prioritario, la traducción de lo humano, lo va despojando de su sentido, de su esencialidad, de esa palabra por la que aún conservamos nuestra condición, hasta que la terminemos despellejando y en tal posibilidad, habernos transformado en la suma azarosa de un algoritmo, sin posibilidad de regreso, de cambio, sin traducción alguna más que la contundencia del número”.

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