Fotos: Braulio Valderas.

Dejemos que se presente él solo: “Feminista, cordobés, egabrense, Sagitario, padre queer y constitucionalista heterodoxo”. Octavio Salazar es, hoy por hoy, una de las voces feministas más reputadas, solventes, claras y sinceras del panorama nacional. Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Córdoba y miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional, su implicación profesional y personal en la lucha por la igualdad de género es una constante, un modo de vida que transmite sano ímpetu positivista en una de las causas más justas que puedan existir en la actualidad, la del feminismo y la búsqueda de la igualdad de sexos a todos los niveles.

Sus trabajos más recientes ponen el foco en las masculinidades tóxicas y con su último libro, #WeToo. Brújula para jóvenes feministas, busca hacer llegar el mensaje del feminismo a uno de los colectivos más propensos a toxicidades exógenas que, con el paso del tiempo, son después muy difíciles de reconducir. De ahí su empeño en inocular rápidamente el mensaje entre chicos y chicas para inducirles a la reflexión y el debate. Salazar quiere que nos coloquemos sin rubor ni dudas las gafas moradas para cambiar radicalmente nuestra visión de la sociedad que nos rodea.

 

Dura tarea la que busca con su nueva propuesta: que los más jóvenes se coloquen las gafas moradas del feminismo. Difícil, pero no imposible ni mucho menos, ¿no?

Si entendiera que es imposible, haría tiempo que habría tirado la toalla y habría dejado de divulgar y explicar lo que es el feminismo entre la gente joven. Por el contrario, yo creo que estamos en un momento idóneo para hacer mucha pedagogía sobre lo que es y ha sido dicho movimiento, sus vindicaciones, sus propuestas teóricas, todo lo que tiene que aportar ante un futuro lleno de amenazas para la sostenibilidad del planeta, de la misma idea de Humanidad. Creo que deberíamos aprovechar una de las grandes conquistas del movimiento, y que no es otra que el feminismo se haya colocado en primera línea del debate público, para desmontar prejuicios, derivados de la ignorancia y del miedo (masculino) a perder privilegios, y dejar claro de una vez por todas que lo que las mujeres llevan siglos reclamando es una cuestión de democracia, de derechos humanos, de justicia. Y que por tanto nos debería interpelar a todos y a todas.

“Muy especialmente los hombres tendríamos que revisar nuestra concepción de la sexualidad y esa idea del dominio que parece que a algunos tantos erotiza”

 

¿Qué podemos hacer con una sociedad en la que el regalo estrella de cualquier fiesta de Comunión (para los religiosos) o de paso a la adolescencia (para el resto) es el teléfono móvil y uno de los reclamos más habituales a través de estos aparatos por parte de estos jóvenes es el porno machista y humillante hacia la mujer?

No creo que debamos demonizar las nuevas tecnologías ni situarnos en una especie de nostalgia del pasado que no lleva a ningún sitio. Creo que deberíamos afrontar en el contexto que nos ha tocado vivir, en el que han aparecido nuevos instrumentos de socialización de los individuos que lógicamente tienen sus luces y sus sombras, y en el que incluso yo diría que los y las más jóvenes hablan un lenguaje distinto al nuestro, el reto que supone dotar de una mirada consciente y crítica, también desde el punto de vista del género, a quienes van a ser los ciudadanos y las ciudadanas del futuro. Lo cual, me temo, pasaría en muchos casos, por educar desde ese punto de vista a los padres y a las madres. Las nuevas tecnologías son una oportunidad fantástica para crear comunidades más horizontales, para intercambiar información y saber, para ser incluso creativos, pero al mismo tiempo están llenas de peligros no solo para los y las más jóvenes, también para las personas adultas. Lo que ocurre es que nuestros hijos y nuestras hijas son material más sensible en la medida en que están forjando su personalidad, en ocasiones en medio de referencias contradictorias, y los mensajes que reciben insisten en prorrogar modelos muy patriarcales y machistas en ámbitos como el amor o la sexualidad. En este sentido, debería alarmarnos, por ejemplo, que el porno se esté convirtiendo en la escuela de desigualdad que cualquier chaval tiene a su disposición a golpe de clic. No creo, sin embargo, que haya que prohibir o censurar el porno, más bien se trata de que los chicos y las chicas tengan la educación sexual de la que todavía hoy carecen (en la escuela y en sus casas).

 

Los principios machistas y patriarcales que se imponen ahora desde corrientes conservadoras no sólo anclan entre los adultos y personas de más edad, también los nuevos votantes parecen estar cayendo rendidos electoralmente a estos cantos de ‘sirenos’. ¿Qué hacer frente a esta terrible evidencia?

Estamos viviendo una época cargada de ambivalencias y tensiones, en la que de nuevo se demuestra un clásico: en tiempos de crisis, son los derechos de las mujeres los primeros que se ponen en tela de juicio. Si por una parte el feminismo está viviendo una cuarta ola que lo ha situado en una visibilidad a nivel global sin precedentes, también es cierto que estamos asistiendo a una reacción patriarcal, a la defensiva, por parte de los hombres (y algunas mujeres cómplices, claro) que se resisten a abandonar la posición de poder y dominio de la que siempre han disfrutado. En esta tesitura, yo percibo que los más jovencitos están especialmente desorientados, en el sentido de que no tienen muy claro qué se espera de ellos en un escenario en el que ya no sirve el modelo de hombre tradicional, y eso facilita que, ante las inseguridades, muchos se refugien en lo más obvio. Es decir, se agarran a los restos del naufragio y encuentran cobijo en los esquemas más básicos y machistas, esos que intentan convencerlos de siguen siendo los invencibles, los héroes de la película y los destinados a las grandes hazañas. Por todo ello, llevo tiempo insistiendo en que tenemos que trabajar con los hombres en general y con los más jóvenes en particular. No se trata de que eso suponga ni condicionar ni limitar las políticas de igualdad centradas en las mujeres, ni mucho menos, sino que se trataría de realizar intervenciones específicas centradas en la construcción de la masculinidad y en la propuesta de modelos alternativos. Desde todas las instancias educativas y socializadoras.

“En tiempos de crisis, son los derechos de las mujeres los primeros que se ponen en tela de juicio”

 

¿Todo es cuestión de educación desde las edades más tempranas o se deben implementar nuevas y novedosas iniciativas que hagan virar esta tendencia peligrosa?

Siempre acabamos volviendo a la raíz y sin duda eso no remite a la educación, que a mí me parece que es el derecho fundamental más político que existe porque es el que en gran medida alimenta un determinado tipo de ciudadanía. Por supuesto que hay que educar para una ciudadanía igualitaria, incluso yo iría más allá y diría que feminista, y eso supone invertir recursos materiales y humanos en todos los niveles educativos, empezando lógicamente por la formación y sensibilización de quienes van a ser las educadoras y los educadores. Pero seríamos ilusos si pensáramos que solo la escuela educa, mucho más si tenemos en cuenta ese mundo tan abierto a través de las ventanas de Internet. Yo creo que es una responsabilidad compartida, de las instituciones, de nuestros representantes, del sistema educativo, de los medios de comunicación, de los padres y de las madres, de los y las creadoras… Al final siempre volvemos a la raíz del problema: hay que superar la cultura machista que sigue construyéndonos a mujeres y a hombres. Y eso implica, me temo, cuestionar también quién y cómo sigue ocupando el poder.

“Percibo que los más jovencitos están especialmente desorientados, en el sentido de que no tienen muy claro qué se espera de ellos en un escenario en el que ya no sirve el modelo de hombre tradicional”

 

A todo esto se suma un nuevo escollo: ¿qué pasa cuando el ambiente en el seno familiar es completamente opuesto a los ideales de lucha por la igualdad y la sororidad?

Claro, por eso te apuntaba antes que en muchas ocasiones yo pienso que habría que hacer los cursos y talleres con los padres y con las madres. Mucho más en un momento en el que todas y todos estamos delegando de manera excesiva la crianza y la educación de nuestros hijos e hijas en terceros. ¿Dónde están, sin ir más lejos, las Asociaciones de Padres y Madres ante estos retos? ¿Por qué tanta obsesión con los deberes que los niños y las niñas llevan a casa y no similar con las carencias de una educación en valores? Tendríamos que ser imaginativos y desde las escuelas, por ejemplo, invertir en actividades donde padres y madres, hijos e hijas, pudieran encontrarse y conversar en torno a todas estas cuestiones. Creo que quienes nos sentimos implicados en esta lucha tenemos el deber ético de justamente extender esa ética que para mí es el feminismo, ir sembrando en cualquier ámbito en el que nos movamos: la familia, el trabajo, el grupo de amigos/as,… Más allá de lo que desde arriba pueda hacerse, creo mucho en el trabajo en red, más horizontal, más cooperativo. Yo espero que mi libro provoque esos diálogos y esos debates. Ojalá sirva como herramienta para que también los padres y las madres, y por supuesto los y las educadoras, se hagan preguntas y busquen respuestas con los y las más jóvenes.

“Deberíamos aprovechar una de las grandes conquistas del movimiento, y que no es otra que el feminismo se haya colocado en primera línea del debate público, para desmontar prejuicios, derivados de la ignorancia y del miedo (masculino) a perder privilegios”

 

¿Hay realmente una tendencia hacia las masculinidades tóxicas y la cultura de la violación? Sirvan de ejemplos el caso de La Manada y otros sucesivos similares.

Antes hablábamos del porno que, sin duda, difunde y proyecta una concepción tóxica de la masculinidad –dominante, agresiva, violenta, protagonista–, frente a la devaluada de unas mujeres que son contempladas como seres disponibles, intercambiables y que existen para satisfacer nuestros deseos. Pero yo creo que esa cultura “pornificada” no está solo en los videos o en las películas que consumen alegremente los jóvenes, sino que está presente también en la publicidad, en la música, en los iconos que representan una cierta idea de éxito en nuestra sociedad. En muchos casos hay, sin duda, una mirada acrítica sobre lo que el feminismo ha llamado cultura de la violación y una perpetuación, a través de ellas, de roles muy estereotipados y que habitualmente actúan en perjuicio de las chicas.

 

¿Cómo meterles en la cabeza a nuestros jóvenes (y por supuesto a los adultos) que “en el sexo, si no hay un es que es no”?

Pues como planteaba Beatriz Gimeno en un artículo publicado el pasado año, y al que me refiero en el libro, recuperando la empatía también en el sexo y en el goce de los cuerpos. No se trata de convertirnos en puritanos, ni en poner restricciones moralistas, al contrario, se trata de poner las bases para entender que el sexo es diálogo, encuentro, disfrute y exploración. Pero todo ello desde la sagrada autonomía del individuo y desde la superación de que hay una parte fuerte (habitualmente la masculina) que impone y decide. Creo que muy especialmente los hombres tendríamos que revisar nuestra concepción de la sexualidad y esa idea del dominio que parece que a algunos tantos erotiza.

“Las nuevas tecnologías son una oportunidad fantástica para crear comunidades más horizontales, para intercambiar información y saber”

 

¿Qué siente cuando escucha el palabro “feminazi”?

Siento la rabia e indignación que me provoca cualquier discurso que incite al odio y a la intransigencia. Aunque, debo confesarte, que al mismo tiempo, cuando compruebo en las redes determinadas reacciones, confirmo que el feminismo lo está haciendo muy bien, que si surgen estas voces es porque se está generando incomodidad y porque muchos ven peligrar sus púlpitos. En todo caso, creo que la mejor respuesta es la pedagogía y la demostración educada de que el feminismo es liberador y además nos ofrece razones para la alegría. Algo de lo que parecen carecer todos esos señoros iracundos que ahora incluso suben a las tribunas de los parlamentos.

 

Si nuestros jóvenes están viviendo desconcertados el modelo asentado desde la noche de los tiempos del patriarcado y no saben cómo asumir unos nuevos referentes, ¿de qué forma les podemos ayudar los adultos?

Además de ofreciéndoles la oportunidad de que conozcan toda esa parte de la realidad y de la historia que sigue sin concertarse, y de ayudarles a que también tengan una mirada crítica desde la perspectiva de género, es muy importante que seamos un referente con nuestras prácticas cotidianas. Más que los discursos o las regañinas, lo más efectivo es que ellos y ellas vean cómo gestionamos la vida diaria, cómo nos posicionamos, cómo compartimos espacios y responsabilidades, cómo asumimos la militancia feminista como una ética en lo más personal e íntimo.

 

El feminista se hace, no nace, como el machista (que ya sabemos que no es su opuesto, sino la ignorancia). Pero, ¿cómo lograr que el primero se imponga al segundo sin que la sociedad machista dirigente juegue a favor de este último?

Pues me temo que solo puedo responderte a esta pregunta hablando del poder, de esa impugnación crítica del poder que el feminismo lleva haciendo siglos. Necesitamos remover las estructuras de poder masculinas y masculinizadas que siguen dominando la sociedad, y tenemos que trabajar para que el feminismo sea la corriente principal y transversal de cualquier proyecto político. Y ello pasa, por ejemplo, por que los partidos asuman la paridad como principio estructural, lo cual no solo significa que haya paridad numérica sino también que se asuman otras reglas del juego. Decía Celia Amorós que el feminismo surge cuando las mujeres pasan de la queja a la vindicación. Pues yo creo que el reto presente es pasar de la vindicación a la acción política.

Fotos: Braulio Valderas.

 

¿Por qué aún los hombres, los varones, no asumen aún un papel más activo a favor del feminismo, como un movimiento que nos compete a todos, hombres y mujeres?

Porque asumir ese papel supone, en general, colocarte en una posición de incomodidad, desde muchos puntos de vista. Por un lado, un cierto sector de las mujeres feministas, no sin falta de razones, nos ven con desconfianza y cautela. Por otro, tus iguales no dejan de verte como una especie de “traidor”. Y, además de todo eso, iniciar este proceso de revisión personal te obliga a cuestionar muchos de los dividendos que tienes por ser hombre, te provoca dilemas y te exige una singular responsabilidad en espacios, trabajos y ocupaciones de los que antes estabas liberado. Es mucho más cómodo seguir la inercia y encima seguir gozando de privilegios.

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