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El feminismo de la igualdad real: Fortaleza

“Prevenir no es decirle a la gente lo que está mal, sino enseñarle a desarrollar herramientas para enfrentar y salir de esas dinámicas”, pensamiento de Lydia Cacho, periodista, escritora, presidenta de honor de Foro16 y de Feminismo Igualdad Real

Manuel Domínguez Moreno
Manuel Domínguez Moreno
Periodista, escritor, sociólogo, politólogo y perito en procesos de paz a nivel nacional e internacional
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análisis

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Al igual que el título del libro de la periodista mexicana Lydia Cacho, #HablanEllos, esta reflexión viene de un hombre que, utilizando su libertad con dignidad voluntariamente sin complejos de ningún tipo, ha decido vivir comprometido con la lucha de la mujer, los derechos humanos y la diversidad real. En definitiva, por derechos fundamentales desde la conciencia social colectiva, desde la ética, y la militancia pedagógica del activismo voluntario.

La revolución feminista tiene como objetivo la consecución de la igualdad absoluta y real en todos y cada uno de los aspectos de la vida, una igualdad que está cimentada en un hecho que, en ocasiones, se olvida: la libertad.

Como dijo la escritora Mary Wollstonecraft : «Yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas». Una reflexión que tiene un trasfondo muy importante sobre lo que la lucha del feminismo significa: la consecución, a pesar de tener reconocidos en textos legales los mismos derechos que los hombres, de que esos derechos sean efectivos. No se trata de un supremacismo de la mujer o la sustitución del patriarcado por el matriarcado, sino de alcanzar el objetivo primordial que no es otro que la igualdad real, que se basa o emana del propio concepto de libertad.

Más que una ideología

El feminismo no es solo una ideología, es una revolución en sí misma, porque es un elemento de ruptura con el supremacismo patriarcal que ha regido a la humanidad desde su propia creación.

El feminismo no es solo una ideología, es una revolución en sí misma

No es una cuestión de ver quién influyó más en la cultura del sometimiento de la mujer al hombre: Si fueron los filósofos, si fueron los textos sagrados o si, simplemente, el concepto de fuerza física se imponía sobre la libertad, algo que es propio de las dictaduras hasta en nuestros días.

En este sentido, fue Angela Davis quien lo dejó muy claro cuando afirmó: «No estoy aceptando las cosas que no puedo cambiar, estoy cambiando las cosas que no puedo aceptar».

Por eso el feminismo es, en sí mismo, una revolución, porque busca realizar un cambio radical y pacífico sobre los aspectos de la vida que son inaceptables, por más que muchos se empeñen en desprestigiarlo con falsedades y mentiras que no son otra cosa que la recuperación de percepciones ideológicas medievales.

Movimento revolucionario

El feminismo, como movimiento revolucionario, ha de tener en cuenta que su prioridad es conseguir la igualdad real, la igualdad real que respeta los derechos humanos, la igualdad real que no se disfraza con las añagazas de las élites que ya están pretendiendo incorporarse a la lucha para obtener beneficios.

«El feminismo no se trata de hacer más fuertes a las mujeres. Las mujeres ya son fuertes. Se trata de que el mundo perciba esa fuerza», ha dicho la escritora estadounidense G. D. Anderson. Eso es lo importante y no la entrada en debates que deben realizarse una vez logrado el objetivo primordial.

El propio movimiento feminista debe ser consciente de la importancia de la libertad que encierra el concepto mismo de feminismo y que, evidentemente, se enfrenta como una antítesis con la intolerancia que, desgraciadamente, se está dando ya con demasiada frecuencia en el interior del propio movimiento. La división es el mejor aliado de quienes están copando la actualidad y que logran, por su conocimiento de la difusión de la propaganda, que el debate de la igualdad quede relegado a un segundo o tercer plano.

La lucha del feminismo está basada desde el momento primigenio en la igualdad real. No nos cansamos de decirlo, en la IGUALDAD REAL. La herencia del patriarcado sistémico genera aspectos habituales por los que el feminismo ha de priorizar su lucha: el techo de cristal o la brecha salarial no es sólo un problema de las más jóvenes, sino que podemos comprobar cómo las propias pensiones que cobran hombres y mujeres se diferencian en un 34%.

Por tanto, alcanzar la igualdad real y total entre hombres y mujeres no se va a conseguir si existen diferencias e intransigencias dentro del propio movimiento feminista, interpretaciones excluyentes que debilitan y alejan todo lo conseguido en los últimos veinte años. Esas situaciones sólo benefician a las dictaduras privadas, vengan de donde vengan, e incluso de otros movimientos socio-político, porque son incapaces de crear un discurso de empoderamiento de la igualdad real como modelo de crecimiento de la sociedad.

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