¿No es el feminismo, en el fondo, un ejercicio de autodeterminación? ¿De negar la potestad del sistema patriarcal y rebelarse ante ello? ¿Se puede ser feminista y de derechas? En primer lugar, deberíamos ver qué entendemos por ser de derechas.

En un principio, se supone que ser de derechas es ser conservador. Ahora bien, esto depende de qué es aquello susceptible de ser conservado y su importancia respecto al entorno (social o meramente geográfico, la naturaleza). Por ejemplo, conservar el equilibrio ecológico y proteger el ecosistema, es conservador, claro, pero ¿es un pensamiento de izquierdas o de derechas? Entonces, si la relevancia no recae en el conservadurismo en sí, sino en aquello que se decide que vale la pena conservar, se podría ser ecologista y de derechas, ¿no? Sin embargo, de una manera más extensa y en una sociedad donde sus ramas se interrelacionan (no se puede ser ecologista y defender el sistema consumista), ser conservador es dar por bueno este Sistema. Tal vez, asumir que puede mejorarse, pero partiendo que conservamos lo que significa el Sistema en sí. Insisto: ¿se puede ser feminista y de derechas o conservador del Sistema? Parecería un tanto iluso pretender que un abandono radical de las políticas y sustrato machista de la sociedad no supusiese más cambios en todo este Sistema. Por tanto, el feminismo es más que una revolución social, es también una revolución política. Por ello, la derecha o el conservadurismo tienen una relación incómoda con la reivindicación; porque el feminismo, obliga (noblesse, oblige). Recuerden las dificultades que pasa la derecha cada 8-M.

Ricemos el rizo: ¿se puede ser feminista y racista? ¿En qué lugar quedaría una mujer negra a ojos de una mujer blanca feminista y racista? ¿La mujer negra tendría los mismos derechos que un hombre negro, pero menos que una mujer blanca o un hombre blanco? Parece un disparate y, aun así, no niego que sobre el papel podría ser así (o que en algunos momentos y lugares pueda haber sido así), pero es una situación insostenible en el tiempo: el feminismo no se basa en que la mujer sea superior al hombre, se basa en una reivindicación justa, y la justicia acaba extendiéndose a todos los seres humanos. [Incluso, tal vez, no solamente a los seres humanos: me gustaría saber si la preocupación por los derechos de los animales o por el cambio climático es la misma, o superior, en el colectivo feminista que en otros colectivos. Un servidor vive en un entorno rural; si ustedes también, ¿cuántas mujeres ven salir de caza para divertirse matando animales? Si es debido al machismo imperante en el mundo de la caza, ¿no veríamos mujeres reivindicando participar? Tal vez respeten más la vida de un corzo y no justifiquen coserlo a balazos y que muera sufriendo por simple diversión].

El llamado “lenguaje inclusivo” sería otra visión de lo mismo: crea incomodidad porque se rebela contra lo establecido. Muchas risitas y burlas son una protección contra esa incomodidad generada… que solamente hace que destapar lo profundo y enraizado que tenemos el machismo. Y, ante la palabra, la incomodidad es más intensa, individual, pues el lenguaje, siendo lo más colectivo que hay (como comunicación) es también lo más personal que hay (como vehículo del pensamiento propio). El lenguaje inclusivo nos interpela directamente, no nos permite huir de un posicionamiento, y nos impele a tomar una decisión, a tomar partido nosotros mismos (¿nosotras mismas?), si lo utilizamos o no. La norma conservadora en nuestras lenguas (al menos, la castellana o catalana) dictamina que lo masculino es extensivo, y lo femenino lo propio, y reducido, a la feminidad. En unos momentos complicados de conceptos como “posverdad” y de gran tergiversación del lenguaje por políticos y medios (se continúa tratando de “golpistas” a los presos políticos catalanes, demostrando que nada tiene que ver la ley con ello, sino un uso político del lenguaje no acorde a su significado) muchos encuentran ridículo este lenguaje inclusivo. Pero, ¿es justo que escribir “los hombres” designe a hombres y mujeres? ¿Qué “nosotros”, en masculino, nos designe como comunidad, aunque esta comunidad sean noventa mujeres y diez hombres? Raro sería pensar, a estas alturas, que el uso del lenguaje es inocente, o que el lenguaje no entiende de justicia cuando es un requerimiento indispensable para aplicarla. El conservadurismo es la derecha cuando se desea conservar una norma por el simple hecho de que es la que hay, indistintamente de si es justa o no.

El feminismo obliga a replantearlo todo: lenguaje, política, cultura, ciencia, derechos y oportunidades, las minorías. No es, por tanto, una cuestión de mujeres, ni de mujeres y hombres, sino una cuestión del ser humano, de justicia.

Continuando con la incomodidad que genera el feminismo en la derecha, una de las razones es que este movimiento es un avance social. Espero que ustedes estén conmigo que, aparte de sus simpatías por uno u otro partido político, el espectro va así: Podemos es el partido más feminista, luego vendría el PSOE, después el PP y, finalmente, Vox. Una coincidencia respecto a la escala izquierda vs derecha. Esto tendría su lógica: siendo el feminismo un motor de avance social y estando destinado cualquier avance social a una redistribución más equitativa (de poder, riqueza, capacidades y oportunidades), cuanto más derechizada es una ideología, menos feminista es. Por ello regreso a la pregunta: ¿se puede ser feminista y de derechas? Supongo que una persona, individualmente, sí, pero todo un partido acabará chocando contra su ideología base de mantener el statu quo, que es permitir la concentración (de poder, riqueza, capacidades y oportunidades) en las élites y oligarquías del establishment (lo establecido) que es, no nos engañemos, eminentemente patriarcal. Una mujer puede ser feminista y votar un partido de derechas, pero ello no evita que ese partido asuma un sistema machista.

Me he saltado a conciencia en la lista de partidos a Ciudadanos (o lo que queda) por una razón: en un antiguo artículo del 2018 (http://bit.ly/39rxPDb) defendía que Ciudadanos era más un “movimiento” generador de odio, contra la reivindicación catalana, que un partido. Es por ello que, una vez demostrado sin tapujos que el Estado está dispuesto a todo contra esta reivindicación (a todo: ya avisó hace años Rubalcaba que se aceptaría cualquier coste), Ciudadanos deja de ser útil tanto en Cataluña como en España (donde además tienen a Vox, que recogió todo ese odio generado). Pero es interesante recordar la incomodidad de Arrimadas en las manis feministas del 8-M: si lo recuerdo bien, se declaraba feminista pero no quería asistir a la manifestación porque “estaba en manos de las comunistas” (o algo así). Creo que, hasta cierto punto, algo de razón tenía: la reivindicación feminista es bastante incompatible con la ideología neoliberal.

En un mundo regido por el mercado y la economía, todo se circunscribe a ello, precisamente porque quien ostenta el poder es el mercado y la economía. Comprenderlo permite entender, por ejemplo, por qué no se toman medidas reales y efectivas contra el cambio climático: porque son incompatibles con el sistema consumista que permite el modelo de mercado y económico actual. Cuando uno sufre una condición injusta (las mujeres en todas las sociedades) es más fácil percibir otras situaciones injustas. Lógicamente, una mujer feminista puede ser consumista, importarle un rábano el cambio climático y el resto de injusticias del mundo. Pero, empoderadas en una comunidad reivindicadora contra una injusticia, es difícil que globalmente sea así. Fíjense en los vasos comunicantes, en Cataluña, entre el feminismo y el soberanismo (el derecho al referéndum), una simpatía basada en que es una injusticia que el pueblo catalán no pueda decidir por sí mismo (no hablo de independentismo: la independencia de Cataluña no es justa ni injusta, tan solo sería una consecuencia de la decisión de los votantes). Fíjense como en américa latina surgen movimientos feministas en paralelo a otras reivindicaciones sociales, todas basadas en denunciar injusticias. El feminismo aboga por un mundo más justo y, solo por ello, es una oportunidad de mejora para toda la sociedad, pues ¿cuántas oportunidades de mejora y enriquecimiento ha perdido la humanidad al discriminar al 50% de sus ciudadanos, concretamente sus ciudadanas, durante siglos y siglos? Tal vez en ello encontremos la respuesta a porqué vivimos en un sistema cada vez más deshumanizado. Ante ello, el feminismo no solamente es un modelo de avance social, sino una oportunidad para humanizar la sociedad.

En el Congreso Mundial de Escritores celebrado en Varsovia el 1999, la poeta (¿poetisa?) rumana Ana Blandiana dio un pequeño discurso, titulado La Trampa, digno de enmarcarse. Cita un proverbio rumano: <<Mejor es enemigo del bien>>. Y nos habla de esa trampa en la que hemos creado mecanismos más poderosos que nosotros mismos y capaces de evitar cualquier control. Aunque haga referencia a las dos experiencias totalitarias del siglo XX (comunismo y fascismo) se refiere, básicamente, el intento de mejorar el mundo sin tener en cuenta las dimensiones y las necesidades humanas. No tengo claro que la pretensión de “mejorar” este sistema, lo convierta en bueno. La mejora de lo que no funciona no tiene porqué comportar que funcione bien.

El sistema en el que estamos inmersos, este consumismo desenfrenado, no es sostenible como modo de vida para todos y cada uno de los ciudadanos del planeta, esto es sabido. Entonces, ¿puede ser justo un sistema que necesita excluir una parte de los humanos para sostenerse? Pero es que, además, vamos viendo que ni siquiera es sostenible para esta parte que creemos gozar de él… y lentamente hemos de crear pequeñas exclusiones en el interior del mismo sistema (a día de hoy, la diferencia de esperanza de vida entre el barrio más rico de Londres y el más pobre es de 17 años).

Hay costes que son muy visibles, físicos: el trastorno en el medio ambiente y su s consecuencias que irán en aumento, las hambrunas o los movimientos migratorios. Otros costes parecen nimios al estar ocultos, asumidos o, simplemente, ser lejanos: el pseudoesclavismo del tercer mundo (donde incluyo parte de China y satélites) para producir nuestros bienes; o la extracción de materiales de tantos países, a bajo coste e ignorando los Derechos Humanos, y que necesitamos para construir estos bienes para nuestro disfrute. Otros costes los tenemos tan cerca, tan adentro, que nos falta perspectiva para apreciarlo: es nuestra deshumanización, que nos lleva a ver el otro desde un punto de vista meramente utilitario y cosificándolo, y que comporta un caldo de cultivo para los totalitarismos. Y extendido por toda la faz del planeta, tenemos el machismo, este sistema patriarcal que ha sobrevivido a cada cambio de sistema político, y que es en sí mismo un totalitarismo, donde la mujer está cosificada y percibida desde ese utilitarismo. No es que haya que permitir (¿permitir?) que las mujeres accedan a todos los estratos de poder (político, económico, social, cultural), sino que hay que hacer todo lo posible para que sea así; que la nueva historia que se redacte sea, no como hasta ahora la del hombre, la del varón, ni tampoco la de la mujer, sino la del Ser Humano. Y esta oportunidad que nos da el feminismo es una de las pocas alternativas que nos quedan, no para hacer este mundo mejor, sino para hacer un mundo que esté bien, es decir, justo.

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