Ilustración: Iván Lira.

El fantasma de la guerra sí sale, espanta y hoy recorre el mundo en busca de quien le encienda velas, es decir, procurando satisfacer a sus perros vendedores de armas.

El asunto no es esotérico ni la guerra se soporta sobre un pensamiento mágico. La guerra es una importantísima mercancía en las relaciones capitalistas de producción.

Agotado, mermado, debilitado el escenario cotidiano de explotación capitalista y su subsecuentes alienación del trabajo y del trabajador, la opción del «todo o nada» se baraja sin cortapisas.

Es por eso que la nada casual dirección política y militar del imperio del capital, con sede en los EEUU, descansa hoy en un mequetrefe, fanfarrón y desafiante -quien además es un vulgar vendedor de armas- presidente, poco fogueado en política pero harto mercachifle experimentado en la «usura legalizada» -como la llamara Carlos Marx- del capital financiero.

El fantasma de la guerra, que se ha paseado recientemente por otros escenarios mundiales, aplicando guiones de agresión y exterminio muy similares a los que hoy se ensayan contra Venezuela, ha logrado avanzar muy poco en la consolidación y procura de perpetuar su poderío imperial en el mundo.

Pueblos valientes como los de Afganistán, Irak, Libia o Siria han sido bombardeados inclementemente hasta diezmarlos, dejando a su paso una secuela incuantificables de muertes, destrucción de la naturaleza, infraestructuras y otros bienes.

Ahora lo intentan contra Venezuela bajo la misma prédica «humanitaria» y «democrática», propia a los genocidas más grandes de todos los tiempos. El fantasma de la muerte y la destrucción quiere asustar a Venezuela y por eso este cerco de hambre y miseria que pasa por una guerra mediática, de ataque a las representaciones, a los valores y a nuestra cultura identitaria, como elementos de disuasión y ablandamiento de un pueblo que el propio imperialismo sabe que le ha hecho y le hará resistencia como un nuevo «Vietnam» caribe que está decidido a derrotarlos y enterrar al insolente invasor que ose posar su planta en nuestra soberana tierra.

Venezuela está hoy amenazada, constituye un buen escenario para los objetivos imperialistas al querer convertirla en territorio de destrucción o blanco de proyectiles de todo tipo, para arrancarle sus riquezas, en el preludio de una guerra que pudiera ser la última en el sueño «humanitario» americano, del decadente capitalismo y su mayor vocería imperialista estadounidense.

EEUU vende armas al mundo y, mientras amenaza con invadir nuestra Patria también mueve los mercados de la muerte en todos los planos, pues se encuentra asfixiado como Imperio y sabe que Venezuela y su valiente pueblo, no son una fácil presa. Los yanquis, en el fondo, sienten miedo porque saben que no les tenemos miedo. Eso es algo que les paraliza y aterra.

Por eso al mismo fantasma con el que han pretendido asustarnos ya no saben si seguir prendiéndole velas, pues es -históricamente- la última de sus imperiales quimeras.

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