Foto © Flickr / Hospital CLÍNIC

El continente americano es ahora mismo la zona del planeta donde más se está propagando el coronavirus. La Organización Mundial de la Salud ha indicado que es, en la actualidad, el epicentro de la pandemia. Los datos son muy claros. A la cabeza se encuentran Estados Unidos, Brasil, México y Chile, países que tienen un sistema de salud privatizado, total o parcialmente, y que han aplicado recetas neoliberales al estado del bienestar. A la cola, es decir, los que mejor están conteniendo el virus, aquellos que llevan décadas apostando por una sanidad pública para toda la ciudadanía.

Las cifras son elocuentes. Por un lado, los países americanos defensores de la idea de que la gestión privada de los servicios públicos es más efectiva, tienen los siguientes datos:

En otro orden, los Estados que, a pesar de no ser grandes potencias económicas o que han sufrido bloqueos injustos por parte de los países occidentales, han potenciado y defendido la sanidad como algo público, tienen un impacto mucho más bajo de la pandemia. Todo ello no siendo grandes potencias o, incluso, estando entre los países más pobres del mundo y, por consiguiente, con menos recursos. Sin embargo, esos datos no aparecen en los grandes titulares porque al sistema no le interesa que los pueblos del mundo conozcan que la receta del éxito sanitario está en potenciar lo público. 

El caso de Cuba es paradigmático, puesto que uno de los pilares sobre los que se asentó el régimen castrista fue el de ofrecer a su pueblo una protección de la salud y una sanidad pública digna. Esto ha llevado a que, por encima de bloqueos injustos, el sistema de salud pública cubano sea uno de los más importantes del mundo. Los datos del coronavirus en la isla son significativos y, como es evidente, el sistema no puede permitir que su referente, los Estados Unidos, esté siendo derrotado por la falta de respuesta a un virus mientras Cuba lo mantiene a raya.

Quiero recordar dos aspectos. En los años 80 yo mismo me encargué de preparar envíos de medicamentos que rompían el bloqueo de los Estados Unidos porque las farmacéuticas no preveían a la isla de los últimos descubrimientos terapéuticos, sobre todo en lo referente al tratamiento del cáncer.

En otro orden, no puedo olvidar jamás el documental de Michael Moore Sicko, donde se muestran las consecuencias del sistema de salud norteamericano, un modelo tan cruel que hasta abandona a los héroes del 11-S porque éstos no pueden pagar los costes de, por ejemplo, un tac o de un tratamiento médico. El director metió en un barco a esos héroes con secuelas de su trabajo en las Torres Gemelas y los llevó a Cuba donde recibieron el tratamiento médico adecuado. No puedo olvidar las lágrimas de una mujer que tenía los pulmones abrasados por el calor que tuvo que soportar buscando supervivientes entre las ruinas del World Trade Center cuando compró el inhalador que necesitaba en una farmacia cubana, a un precio razonable, apenas 5 centavos de dólar, cuando en Estados Unidos le cobraban 120 dólares.

La sanidad pública cubana, además, no sólo es una de las mejores del mundo, sino que también es solidaria. Los médicos cubanos no dudaron en coger un avión y volar a Europa, en los momentos más difíciles de la pandemia, para ayudar y poner sus conocimientos al servicio de las sanidades públicas, sobre todo en Italia.

En Cuba no se gasta en sanidad, se invierte en salud. Esa es la misma apuesta de otros muchos países y un ejemplo a seguir en el mundo occidental. Sin embargo, la amenaza de la privatización siempre está ahí porque el negocio de la salud es demasiado jugoso para las grandes multinacionales. Hay personas que afirman que la gestión privada es mejor, aunque el hospital sea público. No obstante, esa gestión privada jamás cruzará la línea de las pérdidas y si para obtener beneficios tienen que recortar en personal o en material sociosanitario, lo harán.

El sistema capitalista conoce de las resistencias de muchos países a la privatización y, por eso, utilizan a los organismos supranacionales para ahogar a las economías de los Estados y obligarlas a hacer duros recortes en la sanidad, como ya ocurrió con el Partido Popular a partir de 2011, situación de la que el sistema sanitario público aún no se ha recuperado, con las consecuencias que se han visto en los últimos meses.

En la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, un socialdemócrata convertido al neoliberalismo más radical, el primer ministro neerlandés Mark Rutte, exigió unas reformas tan duras que dejaba a la sanidad pública de los países del sur de Europa a tiro de ser privatizada. Ese es el escenario que pretende imponer el sistema capitalista: el cambio de la humanidad por la deshumanización del papel de los billetes. Y eso no se puede permitir.

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