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El estrepitoso fracaso de la diplomacia española en Marruecos

La política exterior en el norte de África viene fracasando desde 1975

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Marruecos nunca se ha caracterizado por una política exterior definida. Siempre se ha arrimado al sol que más calienta y en función de cómo sople el viento. Cuando España está débil por circunstancias históricas, toca reivindicar Ceuta y Melilla; cuando los españoles se recuperan de sus depresiones y pájaras históricas, se estrechan los lazos de amistad, cooperación y buena vecindad. Desde hace algunos días, el reino alauí ha entrado en una nueva fase de su diplomacia con Madrid: tensar la cuerda al máximo. Incluso parece dispuesto a reconocer la independencia de Cataluña para asestar el último rejonazo.

La oleada de inmigrantes que se ha vivido en Ceuta, diseñada por el régimen de Rabat, no es más que la consecuencia directa del enésimo cambio de estrategia. Desde hace algún tiempo, Mohamed VI se ha propuesto atornillar al vecino rico del norte y ponerlo contra las cuerdas para recuperar la soberanía del Sáhara Occidental. Atrás quedan los años de la buena educación y las maneras exquisitas con el rey Juan Carlos I. Hoy por hoy se impone la “trumpización” o discurso duro y agresivo contra España en la Corte alauí.

Para sacar adelante el nuevo guion, el monarca marroquí ha preparado bien el terreno: ha sellado una alianza inquebrantable con Trump, ha roto con los países hermanos de África (el monarca ya no se deja ver en las Cumbres de la Liga Árabe y funciona como “no alineado”) y se ha acercado también al eje Moscú-Pekín, siempre neutral en la cuestión saharaui, una posición aséptica que le conviene y mucho a Marruecos. Lógicamente, nuestros vecinos del sur van virando en sus políticas internacionales porque también viran Washington y Bruselas a la hora de abordar el espinoso conflicto saharaui. De esta manera, es completamente imposible saber qué harán los marroquíes mañana por la mañana.

En cualquier caso, el trato ha cambiado desde que España decidió acoger a Brahim Ghali por motivos de salud y razones humanitarias. La hospitalización del líder polisario era la excusa perfecta para un nuevo volantazo y poder exigir la soberanía sobre el Sáhara Occidental. Y así, tal como era de prever, el “amigo americano” se ha puesto de parte de su tradicional aliado Marruecos en el conflicto migratorio que se ha desencadenado en la frontera sur de Ceuta. Mientras cientos de marroquíes se lanzaban a las frías aguas de El Tarajal para tratar de llegar a la costa española, la diplomacia yanqui destacaba “la importancia de la sólida relación bilateral y el papel clave de Marruecos en el fomento de la estabilidad en la región”. De nada sirvieron las imágenes que dieron la vuelta al mundo de los soldados marroquíes abriendo la puerta de la verja para dar rienda suelta a la avalancha de inmigrantes sobre la frontera sur española (desatando una crisis migratoria sin precedentes). Llegado el momento de posicionarse, Joe Biden, el izquierdista Biden, el progre Biden, apostaba por mezquinos intereses geoestratégicos particulares y no por la razón de la justicia y el derecho internacional.

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Desde el hundimiento del Maine, la guerra de Cuba y la pérdida de las colonias de ultramar, Estados Unidos no ha hecho más que tratar a España como a un aliado de segunda categoría. Hasta Marruecos, un Estado policial que lanza a su gente al mar para que se busque la vida (incluso a niños), tiene preferencia en la mesa del Despacho Oval cuando se trata de repartir las migajas del nuevo orden mundial. Todo ello por no hablar del infame posicionamiento de los norteamericanos respecto al régimen de Franco, al que primero planeó derrocar por fascista y después, por necesidades de la Guerra Fría y la lucha contra los soviéticos, acabó reconociendo y apoyando a cambio de la instalación de las bases de Rota y Morón de la Frontera, un elevado peaje por la sumisión que a día de hoy todavía seguimos pagando.

Es bien conocida aquella triste historia de la España de posguerra, analfabeta, paupérrima y en blanco y negro, que en los duros cincuenta esperaba las ayudas de Washington para la reconstrucción de Europa como un maná caído del cielo y que al final tuvo que conformarse con las sobras. De aquel episodio nos queda una canción, “americanos os recibimos con alegría”, y un peliculón de Berlanga (véase Bienvenido, Mister Marshall) en el que quedó retratada para la posteridad la crueldad supremacista con la que nos trataron nuestros supuestos aliados del otro lado del Atlántico.

Hoy, en medio de una crisis humanitaria descomunal, ha quedado acreditado que España no puede esperar ni un solo gesto de la Administración norteamericana. Nada de lo que hagamos servirá para que nos miren como a un socio preferente antes que a Marruecos y eso que a lo largo de la historia lo hemos intentado casi todo, hasta enviarles a un presidente sumiso para fumar un puro con el Tío Sam en su rancho de Texas, los pies encima de la mesa, antes de vender España para una guerra ilegítima e inmoral en Irak que ni nos iba ni nos venía.

Zapatero y Marruecos

Pero si la diplomacia con Washington ha fracasado, tampoco la estrategia de la tensión ha funcionado como debiera. El desplante con el que Zapatero obsequió a la bandera de las barras y estrellas (al quedarse sentado al paso de la enseña estadounidense durante un desfile militar) no sirvió de mucho en nuestras siempre turbulentas relaciones con los yanquis. Estados Unidos estará siempre con Marruecos, no solo porque el reino alauí sigue siendo el aliado más antiguo de Washington (el primer tratado de paz y amistad suscrito por el sultán se remonta a 1787, y eso une mucho) sino porque los estadounidenses saben que controlando el Magreb con la intervención de la CIA y la colaboración de un rey títere seguirán dominando su preciado bastión en el norte de África ante la ofensiva yihadista del ISIS, mantendrán bajo custodia el Mediterráneo y estarán más cerca del petróleo y de Israel.

Antes de irse, Donald Trump lo dejó todo atado y bien atado en el avispero marroquí. Fue una jugada perfecta para Mohamed VI, que ahora se siente respaldado por el gran gendarme internacional y con luz verde para declararle la guerra demográfica, migratoria y diplomática a España. La historia tiene sus reglas y sus leyes inamovibles e inmutables.

Llegados a este punto, no pocos expertos en política internacional recomiendan a Pedro Sánchez que reconsidere un cambio drástico en la política exterior y diplomática de nuestro país, enfriar relaciones con Washington y el bloque atlantista, reforzar la cooperación con nuestros hermanos de América Latina y mejorar la posición española en Europa, que desde los tiempos de Felipe González tenemos algo abandonada. Y de paso, quizá sería conveniente empezar a renegociar el convenio de 1953 que permitió bases aéreas americanas en suelo español, un acuerdo militar que expira el 22 de mayo de este año. No se trata de volver a la política antiamericana del yankees go home, pero sí de mantener nuestra dignidad como país.

Lógicamente, el rey de Marruecos está jugando con todas estas cartas, seguro de que España se encuentra atrapada entre dos fuegos. Ya no cabe ninguna duda: Mohamed VI es un personaje autoritario de manual. Mientras su pueblo naufraga en la miseria, la Casa Real recibe una asignación anual de 250 millones de euros. La revista Forbes ha calculado su fortuna en 5.000 millones de dólares (el hombre más rico del país, lo cual no tiene demasiado mérito teniendo en cuenta que la mayoría de la población malvive con menos de diez euros al día). A fecha de hoy, el dictador que va de demócrata (buena parte de las reformas aperturistas que anunció han quedado en papel mojado) es el quinto gobernante más adinerado del continente africano.

El hombre en cuestión posee doce palacios, más de mil sirvientes, un castillo en Francia, el cuarto hotel más lujoso del mundo y uno de los diez yates más imponentes del planeta. Para desplazarse no le basta con un avión privado, necesita dos, y es conocida su adicción irrefrenable a los coches de lujo (se dice que en el garaje real tiene aparcados más de seiscientos automóviles de alta gama). Por descontado, como todo buen déspota es un adicto a los trapitos y a los relojes de oro: su presupuesto para vestuario supera los dos millones de euros al año. Ni el tristemente célebre coronel Gadafi, otro desalmado opresor, cayó tan bajo.

Sin embargo, pese a las riquezas acumuladas bajo manga, Mohamed VI no atraviesa por su mejor momento en términos de popularidad. Cuando accedió al trono, hace 22 años, prometió acabar con la pobreza y la corrupción, así como garantizar el respeto a los derechos humanos. A la vista de la avalancha registrada en las últimas horas en la frontera sur de Ceuta, cabe concluir que no ha conseguido nada de lo que ofreció. El país se le ha hundido económicamente y el monarca atraviesa horas bajas. El supuesto camino hacia las reformas democráticas, la separación de poderes, la ruptura con el estado teocrático/religioso, la libertad de prensa y el pluralismo político no fue más que un engaño, una farsa. En Marruecos todo el mundo sabe que allí se hace lo que dice el rey. O sea, autoritarismo puro y duro, cuando no dictadura.

Hace apenas un año, Mohamed VI volvió a ser operado del corazón y aunque la prensa local vendió la intervención quirúrgica como un gran éxito –retratando a un líder fuerte y con una salud de hierro–, Marruecos vive inmerso en un proceso de imparable deterioro institucional, crisis económica pertinaz y permanente inestabilidad. Solo así se explica que el monarca haya dado la orden de abrir las puertas de su país para que miles de pobres desarrapados se busquen la vida en Europa. La guerra migratoria que nos declara el monarca vecino (el amado “hermano”, según Juan Carlos I) no es más que una huida hacia adelante. La última carta a todo o nada de un gobernante decrépito y decadente al que se le ha acabado el cuento de las mil y una noches.

El discurso de la invasión de Abascal

Tras la apertura de la verja ordenada por Mohamed VI, las calles de Ceuta se han llenado estos días de inmigrantes que vagan sin saber a dónde ir. “Preferimos morir aquí que regresar a nuestro país”, afirma uno de los niños rescatados en las aguas de El Tarajal. “Viva España, oé”, entonan los jóvenes náufragos apilados como fardos, por la Guardia Civil, en las playas de Ceuta. La imagen no puede ser más deleznable y bochornosa para la corrupta monarquía marroquí. Se cree que cerca de 10.000 personas han intentado pasar de Marruecos a España a nado. Más de 8.000 han sido devueltos en caliente por la Policía española (tal como entran son deportados). La ley permite estas prácticas administrativas, pero las oenegés advierten de que se pueden estar vulnerando derechos humanos fundamentales.

De la noche a la mañana, los centros de asistencia social están abarrotados y se han tenido que habilitar naves industriales y polideportivos para acoger a los refugiados. El Gobierno ha pedido a las comunidades autónomas que hagan un esfuerzo para tutelar a los cientos de menores no acompañados que han llegado a nuestro país. Los Gobiernos autonómicos del PP, lastrados por sus pactos con Vox, no quieren ni oír hablar de acoger a más “menas”, como los definen despectivamente.

Entre tanto, las derechas han visto en el conflicto con Marruecos a cuenta del Sáhara Occidental una nueva oportunidad para intentar descabalgar al Gobierno de coalición. La extrema derecha de Vox (consentida y tolerada por el PP de Pablo Casado, que en ningún momento le ha plantado cara sino más bien al contrario) no ha tenido reparos a la hora de avivar el discurso del odio contra el inmigrante al vender el conflicto migratorio como una invasión de los enemigos de España por culpa de Sánchez y sus supuestos coqueteos con el Frente Polisario.

Días después de estallar la crisis migratoria, Santiago Abascal se desplazó a Ceuta para hacer proselitismo de la política antiinmigración, uno de los puntos fuertes del trumpismo que se abre paso en toda Europa y en especial en países como Italia, Polonia y Hungría. Abascal quiso entrar en la ciudad autónoma como aquellos dictadores africanistas llegados de la Península para salvar a los acorralados españoles de la amenaza de invasión marroquí. Sin embargo, esta vez los vecinos de Ceuta no salieron precisamente a recibirle con los brazos abiertos, alfombra roja y banda de música como al nuevo Caudillo de España y señor del Protectorado colonial. Lejos de darse el baño de masas que pretendía el líder de Vox, los españoles musulmanes se echaron a la calle a protestar contra una visita que no hacía sino enfrentar a una ciudad donde hasta hoy han convivido pacíficamente cuatro culturas: cristiana, musulmana, hebrea e hindú. Algunos de los manifestantes quisieron llegar hasta el dirigente voxista para lanzarle algunos huevos y tuvieron que intervenir las fuerzas del orden. No fue un momento épico y glorioso para el líder ultra.

El desencadenante de la airada reacción ciudadana fue un tuit incendiario que Abascal había publicado apenas unas horas antes de su polémico viaje: “Ni el Gobierno, ni sus colaboracionistas, ni los quintacolumnistas de Mohamed VI van a impedir que salgamos a defender nuestras fronteras”. La etiqueta de “quintacolumnistas de Mohamed VI” terminó por indignar a los ceutíes que practican el islam pero que se sienten españoles de pleno derecho y esa muestra intolerable de xenofobia (fruto del desconocimiento de Abascal de la realidad histórica y multicultural de la tierra ceutí) terminó por provocar un estallido social.

Tras enterarse del polémico tuit, unas trescientas personas enojadas por la ofensa del responsable máximo de Vox se congregaron en manifestación para decirle que no era bien recibido en la ciudad. Finalmente, la Delegación del Gobierno y los tribunales de Justicia prohibieron los actos políticos de Vox por razones de seguridad y el aspirante a Caudillo de España se vio obligado a encerrarse en el vestíbulo de un hotel, donde dio un mitin para un grupo reducido de simpatizantes en el que advirtió de que entre los inmigrantes que recalan en nuestro país hay peligrosos terroristas del ISIS. El CNI ha confirmado este negro presagio, pero tratar de criminalizar a cientos de miles de musulmanes que viven y trabajan pacífica y honradamente en España por culpa de unos pocos fanáticos de la guerra santa es tanto como querer acusar a toda la colonia rusa española de pertenecer a la mafia moscovita. Un auténtico sinsentido ideológico que no tiene otra finalidad que seguir sembrando la violencia racial contra el diferente, contra el extranjero, contra el otro.

Es evidente que Abascal está intentando revolver los ánimos y los instintos más bajos en la frontera sur hasta sembrar la llama de la intolerancia y la discordia en la pacífica población de Ceuta y Melilla. Su ideología basada en la “guerra cultural” es puro veneno para la sociedad española. Cuando todavía estaba reciente la polémica de los carteles electorales que Vox colgó en el Metro de Madrid –en los que el grupo ultraderechista criminalizaba como delincuentes a los menores no acompañados que llegan a España– el conflicto diplomático con Marruecos ha venido a servir más abono o tierra de cultivo para las políticas racistas de la extrema derecha.

La mecha de Vox parece haber prendido rápido. El pasado 27 de mayo, durante un pleno en la Asamblea de Ceuta, el presidente del Gobierno ceutí, Juan Vivas (del PP), se veía obligado a suspender la sesión tras un cruce de insultos y reproches entre el portavoz voxista, Carlos Verdejo, y el resto de grupos a cuenta de la grave crisis migratoria. Era el espectáculo o show de improperios y mala educación que habitualmente suele poner en escena Vox y que en este caso también fue denigrante para la democracia. Y es que el veneno ideológico que propala el partido de Abascal no solo se extiende ya por toda la sociedad española, sino que ha embarrado las más honorables instituciones de nuestro sistema político democrático.

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