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El Estado de bienestar de Sánchez: una reforma laboral descafeinada, sablazo a las pensiones y Sanidad privatizada

La última propuesta de la ministra Darias para cohesionar la Sanidad pública no gusta a Podemos por el peligro de que los hospitales caigan en manos privadas

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Avanza la legislatura y ya tenemos indicios y datos más que suficientes para evaluar, con el rasero de los valores de la izquierda, lo que ha sido hasta ahora la labor de este Gobierno de coalición, que en definitiva es el Gobierno Sánchez. En lo que se refiere al bloque de derechos cívicos podría darse un aprobado alto al Consejo de Ministros: se avanza en leyes de igualdad, protección de la infancia y feminismo; se impulsa la necesaria transición ecológica hacia un modelo de sociedad más sostenible; se recupera la memoria histórica y se instaura por primera vez una ley de eutanasia, lo cual no es poco, sobre todo teniendo en cuenta que asistimos a una cruenta ofensiva de la extrema derecha reaccionaria que paraliza o boicotea cualquier tipo de reforma.

En cuanto al bloque político, la nota debe quedar en un suspenso, ya que el Ejecutivo tiene pendientes asuntos tan importantes como la resolución del conflicto en Cataluña (es preciso mantener el escepticismo por lo que se refiere a la mesa de negociación); la urgente y necesaria reforma en profundidad de la Justicia, que sigue lastrada por un grave problema de politización, credibilidad y parcialidad (la última designación de Arnaldo como miembro del Tribunal Constitucional, un magistrado fuertemente vinculado al PP, lo dice todo); y la imprescindible e inaplazable investigación al patrimonio oculto del rey emérito, problemas todos ellos que están socavando, gota a gota y lentamente, la calidad de la democracia española. El debate sobre la salud de nuestras instituciones debería abordarse cuanto antes o corremos serio peligro de que todo el edificio constitucional se nos venga abajo estrepitosamente.

Pero es sin duda en la vertiente socioeconómica donde el fracaso del gabinete Sánchez puede ser más sonoro, contundente, sin paliativos. Al más que probable bluf o estafa a la clase trabajadora de la reforma laboral que se está cocinando con la patronal y los sindicatos se unen movimientos que huelen más a liberalismo que a socialismo, como la sospechosa reforma de las pensiones que prepara Escrivá y el rimbombante Anteproyecto de Ley de Equidad, Universalidad y Cohesión, con el que el Ejecutivo pretende, en palabras de la ministra Carolina Darias, “cohesionar el sistema de salud público”. Estamos hablando de mercado laboral, de jubilaciones y de Sanidad, que junto a la Educación conforman las cuatro patas esenciales de todo Estado de bienestar. Y aquí, mal que nos pese decirlo, tenemos motivos sobrados para temer que el PSOE, una vez más (y ya van unas cuantas), quiere darnos gato por liebre.

Vayamos al primer asunto, el de la reforma laboral. Tras semanas de reuniones, los trabajadores de este país aún no saben lo que se está negociando, aunque, eso sí, ya nos han comunicado que la ley Rajoy de 2012 no va a ser derogada en su integridad, tal como nos prometieron. Para justificar lo que puede ser un nuevo fraude o tocomocho al electorado la única excusa o argumento que ponen es que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. O en palabras de Yolanda Díaz, “técnicamente la reforma laboral no se puede derogar, una cosa es el fetiche político y otra lo que vamos a hacer”. Ahí queda eso. Parafraseando al gran Delibes, la sombra del cambiazo es alargada y mucho nos tememos que esa contrarreforma va a quedar en un pacto de no agresión con la patronal, con algunas concesiones a los sindicatos o migajillas para tratar de mantener contento al proletariado y poco más. Nada de recuperar los grandes derechos perdidos como los 45 días por año trabajado en el caso de indemnización por despido, nada de acabar con la temporalidad y los contratos basura, nada de terminar con la precariedad y los salarios africanos.

Por lo que respecta a la reforma Escrivá de las pensiones, todos los presagios son más bien negros. Con la coartada de que el sistema colapsará en una década y no habrá dinero en la hucha, el ministro independiente que sabrá mucho de números pero poco de socialismo nos dice que tendremos que prolongar la edad laboral (hasta los 75 años y más allá) y recurrir a mochilas austríacas y planes privados de pensiones para garantizar nuestra vejez. Su última propuesta de hoy mismo para los baby boomers es una subida en las cotizaciones que primero cifró en un 0,5 por ciento y que ya va por el 0,6 (por lo visto esto es como la inflación, que anda disparada, y cuando acabe el día solo Dios sabe hasta dónde llegará el sablazo del pan).

Y por último nos queda la Sanidad, gran orgullo del Estado de bienestar español que ha resistido como un firme farallón en medio de la tempestad de la pandemia, aunque el personal médico y de enfermería no deja de salir a la calle, una y otra vez, para denunciar las condiciones laborales indignas que están soportando. El Anteproyecto Darias para cohesionar nuestra maltrecha Seguridad Social no gusta al otro socio de la coalición, Unidas Podemos, porque rezuma cierto tufillo a privatización que pone los pelos de punta. Aunque, bien mirado, eso no tiene por qué suponer problema alguno para los morados: tampoco les gustaba la reforma laboral y al final van a tragarse el sable doblado.

El nuevo texto sanitario de Darias no solo no avanza a la hora de recuperar parcelas de la Sanidad en manos de la empresa privada, sino que profundiza en la fórmula de colaboración entre lo público y lo privado. Que un hospital pueda comprarle tiritas, vendas y hasta el catering al amigo empresario del pueblo tendría un pase, pero una vez más cabe sospechar que de lo que se trata aquí es de hacer negocio vendiendo el hospital entero, o por trozos, al socio capitalista de turno, haciendo buenos los años de las privatizaciones del trío ultraliberal Aznar/Aguirre/Camps. O sea, que todo muy socialista.

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