Hermann Tertsch vuelve a la carga en su delirio anticomunista. El europarlamentario de Vox ha escrito una carta abierta a sus compañeros de la UE en la que arremete contra lo que él considera la “totalitaria” y “sectaria” Ley de Memoria Democrática presentada la pasada semana por la vicepresidenta primera Carmen Calvo. En su página web, el partido de Santiago Abascal reproduce el texto íntegro de la misiva, un libelo rancio y falangista en el fondo y en las formas que en Bruselas difícilmente será entendido, salvo en los foros supremacistas ultras, que es adonde, al fin y al cabo, va dirigida la carta de Tertsch.

El panegírico, que no deja de ser un alegato en toda regla en defensa de la memoria franquista, empieza así: “Estimados colegas. Queremos informarles de la extremadamente alarmante aprobación por parte del Gobierno socialcomunista español de un proyecto de ley denominado Ley de Memoria Democrática”. La entradilla habla por sí sola y produce rubor y estupefacción, no solo por la alarma innecesaria y exagerada que trata de generar (leyéndola pareciera como si España estuviese a punto de ser invadida por los tanques bolcheviques de la extinta URSS) sino porque el Gobierno de Pedro Sánchez tiene más bien poco de comunista, ya que está perfectamente domado e integrado en el sistema económico de libre mercado. Detectar una sola medida marxista en las decisiones del Consejo de Ministros es más difícil que encontrar una mascarilla en una manifestación de negacionistas y hasta los grandes gurús neoliberales, la patronal y las empresas del Íbex 35 han bendecido las recetas extraordinarias incluidas en el plan Sánchez contra la pandemia, como el ingreso mínimo vital para las personas sin recursos y las ayudas y subvenciones a las pequeñas y medianas empresas como los ERTE. Pero Tertsch insiste en convencer a sus compañeros eurodiputados de que España vive bajo el yugo rojo estalinista, una endemoniada ensoñación que a buen seguro provocará sonoras carcajadas en los despachos del Europarlamento.

Pero sigamos analizando la carta, que no tiene desperdicio y parece una de esas novelas distópicas de ciencia ficción más que una descripción de la realidad. “Se trata [la Ley de Memoria] de un anteproyecto de ley basado en una clara y muy peligrosa construcción ideológica comunista, con la que el Gobierno español pretende satisfacer sus intereses actuales concibiendo el pasado nacional como un recurso puramente estratégico para sus fines políticos e ideológicos. Con este nuevo proyecto de ley, el objetivo del Gobierno socialcomunista de España es difundir entre los ciudadanos una versión ideológica reconstruida del pasado y de la historia de España. Es la versión del Frente Popular, el Gobierno liderado por los comunistas que perdió una guerra civil tras secuestrar y destruir la democracia”. En ese párrafo claramente teñido de un odio guerracivilista incomprensible para alguien que nació en el 58 (es decir, bastante tiempo después del final de la trágica contienda española) hay varias mentiras que no por ser repetidas un millón de veces por la extrema derecha de nuevo cuño deben ser pasadas por alto. En primer lugar, la ley no tiene mayor finalidad política que permitir que toda aquella persona que tenga a un ser querido enterrado en una cuneta o fosa común (ya sea represaliado por el bando nacional o el republicano) pueda rescatar sus restos y darles digna sepultura. Si Tertsch considera que esa medida (humana y justa desde una perspectiva moral, filosófica y hasta religiosa) supone una imposición comunista es que tiene un grave problema de inteligencia emocional. En cuanto a que la ley trata de imponer la visión del Frente Popular tampoco es cierto. Hoy en día está unánimemente admitido por la historiografía moderna, es decir, por los historiadores e hispanistas del mayor prestigio nacional e internacional (nada de escritores domingueros, friquis y oportunistas del pelotazo editorial que tratan de intoxicar con falsas teorías revisionistas) que la Guerra Civil comenzó con un golpe militar. No fue ninguna operación necesaria para defender el país de la expansión del bolchevismo, sino simplemente una conspiración, una rebelión, una conjura de militares contra el Gobierno legítimo de la República. Es obvio que Franco trató de imponer un Estado de corte fascista a la manera del instaurado por Hitler en Alemania y Mussolini en Italia. Está probado con datos fehacientes, documentos históricos y archivos oficiales que los regímenes totalitarios de Berlín y Roma facilitaron soldados, armamento y financiación a la causa franquista para extender el proyecto nacionalsocialista por toda Europa. Ya sabemos en qué acabó aquel loco expansionismo hitleriano: en la Segunda Mundial, la peor confrontación bélica de la historia de la humanidad.

Sea como fuere, el fanatismo es ciego y nunca descansa, tampoco en la mente siempre turbulenta de Hermann Tertsch. “La exitosa transición de la dictadura a la democracia se basó en un acuerdo nacional por el cual la guerra y la dictadura fueron un fracaso común de una nación dividida que nunca debería repetirse. La nueva ley impone una versión de la historia parcial, unilateral, injusta, manipulada y sectaria”, prosigue el eurodiputado en su carta. Y ahí no le falta una parte de razón al polémico periodista que ha alquilado su pluma a la ultraderecha de nuevo cuño. Es cierto que la Transición supuso el triunfo del espíritu de consenso, la reconciliación, un acuerdo o pacto nacional entre ambos bandos para pasar página. ¿Pero qué tendrá que ver ese gran hito político colectivo con lo individual, con los sentimientos de toda esa gente que quiere recuperar los huesos de sus maridos y esposas, de sus padres, hermanos y abuelos fusilados y enterrados, unos sobre otros como animales, de la forma más salvaje y cruel? Cualquier persona decente y de bien debería estar de acuerdo con algo tan humano como eso sin que ello signifique reabrir ninguna vieja herida ni dañar ningún sagrado consenso o espíritu de concordia.

Y, por supuesto, claro que la ley debe establecer sanciones por su incumplimiento, como cualquier otro texto legal emanado de la voluntad del Parlamento. Como también resulta imprescindible que una Fiscalía especial coordine los cientos de procesos judiciales que previsiblemente se abrirán a raíz de las denuncias para la exhumación de los cadáveres. Ciertamente, el Estado debe dar respuesta a esa demanda de reparación, dignidad y justicia. 

Por lo visto tampoco le gusta a Tertsch que el Valle de los Caídos pase a ser un cementerio civil desprovisto de significado político o religioso, un lugar de recogimiento en homenaje y recuerdo a las víctimas, a todas ellas porque muertos y crímenes los hubo en ambos bandos y quien piense lo contrario es un ingenuo o un iletrado. En su carta parece desprenderse que el Valle se convertirá en una especie de santuario del comunismo y nada más lejos de la realidad. Tertsch miente tratando de imponer una realidad que solo está en su delirante imaginación. En realidad, lo que le ocurre a su señoría es que no le gusta la idea de que se toque el Valle sencillamente porque él mira el franquismo con simpatía, con nostalgia, y lo que le pide el cuerpo es que aquello siga siendo lo que siempre fue: el gran símbolo del poder fascista en España. Por eso se refiere a la exhumación de la momia de Franco como “profanación”. Por eso hace un emotivo cántico al nacionalcatolicismo violentado, piedra angular del Antiguo Régimen.

Con todo, quizá lo más espeluznante de la carta de Tertsch sea ese párrafo en el que se muestra contrario a que la memoria democrática se enseñe en los colegios, como ocurre desde hace décadas en países como Alemania o Italia, donde hace ya tiempo decidieron enseñar a los niños (que no adoctrinar) la historia tal como fue con el fin de que la barbarie fascista jamás se vuelva a repetir. En el colmo del esperpento, el eurodiputado de Vox solicita ayudas a la UE para preservar el monasterio benedictino del Valle de los Caídos y protegerlo de las supuestas hordas comunistas. Lamentablemente para él, ya no estamos en aquella Europa de 1939 abocada a una guerra mundial por la fuerza de los totalitarismos de uno y otro signo, sino en una Europa que vive en paz, en libertad y en democracia. Un paraíso donde la verdad ha resplandecido finalmente sobre la locura, el horror y la sangre que tanto parece añorar el iracundo señor Hermann.

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