Pablo Iglesias en Parla. Foto: Unidas Podemos

La izquierda se ha rearmado para tratar de arrebatarle el poder a Isabel Díaz Ayuso. El sondeo del CIS ha supuesto un auténtico espaldarazo para el bloque progresista, que desde hace meses, y en buena medida por el desgaste del Gobierno de coalición y los estragos de la crisis pandémica, languidecía entre el desencanto y la desesperación. La reciente encuesta de Tezanos es ciertamente reveladora de ese resurgimiento. Hace apenas unos meses, Unidas Podemos se hundía en las encuestas e incluso los sesudos politólogos daban a la formación morada por desahuciada y fuera de las instituciones madrileñas. Hoy, tras el anuncio de la candidatura de Pablo Iglesias a las elecciones autonómicas, no solo se ha frenado en seco la caída en picado del proyecto podemita, sino que el partido de los indignados repunta, pasando de menos del 5 por ciento de los votos a más del 9 y de 7 diputados a alrededor de una decena. Es decir, un importante rebrote que duplica las hasta hace poco paupérrimas expectativas electorales de Unidas Podemos.

El milagro demoscópico, sin duda, hay que atribuírselo al fundador de UP, que en una jugada arriesgada decidió abandonar la vicepresidencia segunda del Gobierno para dar el salto a la política autonómica con el fin de reflotar su partido y plantar cara al bifachito PP/Vox, o sea la extrema derecha franquista de toda la vida. El logro es incuestionable, por mucho que la prensa de la caverna trate de minimizar el efecto alegando que en realidad se trata de solo tres escaños de recuperación o incremento. Se equivocan los analistas conservadores. Tres escaños parecen pocos, pero son muchos, quizá lo sea todo teniendo en cuenta que las elecciones van a dirimirse por un estrecho margen de papeletas. Tres escaños es lo que puede dar la victoria al bloque de las izquierdas; tres escaños es la distancia que separa a Vox entre el éxito y el fracaso, es decir, entre estar y no estar en las instituciones, entre ser muleta de IDA o terminar en el basurero de la historia; tres escaños es lo que necesita el sosocrático Ángel Gabilondo, hoy por hoy el líder político mejor valorado, para descabalgar a la diva popular de su Reino de Camelot particular y ser investido presidente. Por tanto, menos es más y tres escaños pueden valer un reino.  

No se debe despreciar el “efecto Iglesias”, sobre todo teniendo en cuenta que nos encontramos ante un activista fogueado en mil batallas, un luchador infatigable, un habilidoso fajador/encajador que se mueve como pez en el agua en las alborotadas aguas electorales y que en plena campaña suele ir de menos a más, ganando terreno en los minutos finales del partido hasta consumar la remontada. Iglesias es un misionero de la izquierda, un líder, y aunque puede haber perdido algo de tirón entre la parroquia, sigue contando con una legión de incondicionales dispuestos a votarle pese a su tortuoso y agónico paso por el Gobierno de coalición. De momento ya ha conseguido algo fundamental: inquietar a Díaz Ayuso.

Hasta hace poco, la lideresa se las prometía muy felices. Estaba convencida de que su operación para sobornar a los madrileños dándoles pan y circo, o sea torreznos y cubatas baratos, sería suficiente para revalidar su poder. Ella contaba con que el voto del lobby hostelero y su ingenioso eslogan trumpista comunismo o libertad sería suficiente para ganar por amplia mayoría, apoyándose luego en la muleta de Vox para ser investida lideresa. Por desgracia para la presidenta popular, el partido ultraderechista de Santiago Abascal ha pinchado a las primeras de cambio y todo apunta a que su gran cruzada nacional para tomar Madrid quedará en reconquista de un par de pueblitos de la Meseta y poco más. Es evidente que Vox se ha desinflado en las encuestas y se ha quedado entre Pinto y Valdemoro, o sea para gobernar algún que otro municipio perdido y nostálgico de la Castilla durmiente que no hizo la Transición, pero de ninguna manera para empresas mayores como mandar en Madrid, gran rampa de lanzamiento hacia el Gobierno de España.

Sin duda, el “efecto Iglesias” está siendo determinante para movilizar el voto de izquierdas, tal como calculó el exvicepresidente, y las consecuencias de su brillante movimiento de ajedrez ya se están dejando sentir. Cabe pensar que la reacción de Abascal será inmediata, tanto como plantear una campaña electoral sucia y cruenta, barriobajera y a la desesperada, casi guerracivilista. El Caudillo de Bilbao acaba de anunciar que arrancará su serie de mítines y actos de partido en Vallecas, cuna del movimiento obrero podemita y pauloeclesial. Nadie sabe lo que pueda pasar allí ese día, ya que la extrema izquierda lo ha considerado un acto de provocación. Pero a estas alturas, cuando la batalla aún no ha comenzado y los dos bloques velan armas, una cosa parece clara: el bloque progresista se cohesiona mientras las derechas se agrietan; Iglesias salva los muebles y probablemente salve a su Frente Popular con los escaños decisivos; Ayuso se dispara, Vox queda encallado como el Ever Green en el Canal de Suez.

En la izquierda vuelve a lucir el sol, todo es esperanza de cambio e ilusión renovada, gran artillería para ganar unas elecciones. En el lado conservador cunde la incertidumbre y han empezado las dudas, antesala del fracaso. Hoy, el mismo día que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, da por hecho que 33 millones de españoles estarán vacunados a finales del mes de agosto, anunciando el principio del final de la pesadilla distópica del coronavirus y una explosión de alegría nacional, puede decirse que la izquierda está mucho más cerca del poder que la señora que hasta hace cuatro días iba de sobrada y ganadora. En política la arrogancia siempre se acaba pagando.

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