En el pico más alto de la pandemia después de un larguísimo año de contagios y decisiones políticas más o menos inspiradas, el ‘efecto Illa’ en las elecciones catalanas de este 14 de febrero, aunque ya ciertamente lejano, es, hoy por hoy, la única hoja de ruta con marchamo propio que se aparta de las principales propuestas de gobierno de las últimas convocatorias electorales en Catalunya. La catarsis la provocó la tormenta perfecta del 1-O de 2017. Probablemente, más que el supuesto efecto catalizador de la candidatura del ex ministro de Sanidad para ocupar el sillón del molt honorable president de la Generalitat, el elemento más determinante en estos comicios nuevamente históricos para esta tierra será el ‘efecto 51%’, o lo que es lo mismo, hasta qué punto una mayoría del votos independentistas puede ser decisiva para aunar las distintas hojas de ruta que el soberanismo catalán ha tomado después del fallido proyecto del ‘procés’, con la mayoría de sus líderes en prisión por delitos de sedición o huidos de la justicia española como el ex president Carles Puigdemont.

El debate televisivo de este domingo 31 de enero en RTVE de los principales candidatos ha evidenciado que, hoy por hoy, solo el partido de Puigdemont sigue apostando todas sus cartas por la DUI (Declaración Unilateral de Independencia), que activó el fracasado proceso secesionista en 2017, en caso de lograr un 51% de los sufragios el próximo Día de los Enamorados. Ni los republicanos de ERC ni los antisistema de la CUP están por la labor y consideran esta vía totalmente amortizada y actualmente “poco realista”. Por tanto, a menos de dos semanas vista de la cita electoral, un nuevo ejecutivo ‘indepe’ parece poco probable a no ser que el resultado de las urnas haga recapacitar los proyectos de ERC, Junts Per Catalunya, la CUP o el inane PdeCat en pos de un reagrupamiento de sus sufragios en un único proyecto.

Por todo ello, esta será realmente la madre del cordero y no el cometido del candidato del PSC, harto difícil pese a la jugada estratégica hilvanada en secreto entre Pedro Sánchez y el líder del PSC y actual ministro Miquel Iceta, que puede quedar en flor de un día como en su momento lo fue la victoria de la entonces líder de Ciutadans, Inés Arrimadas, en la última cita con las urnas el 21 de diciembre de 2017, que solo sirvió para constatar que la fractura social provocada por el ‘procés’ se había ahondado hasta límites difícilmente subsanables y también para certificar que las fuerzas del independentismo ya no caminan juntas. Por el momento.

El resultado del 14-F vaticina una nueva era de nuevos encontronazos, mientras “el problema” seguirá enquistado, y cada vez con más difícil cirugía. Como el dinosaurio de Monterroso

Hoy, todo ese panorama político de hace apenas dos años ha desaparecido por completo tras el paso del inhabilitado Quim Torra por la presidencia de la Generalitat. Las formaciones independentistas concurren cada una por su lado y tremendamente enfrentadas entre ellas. Sirvan como ejemplo, sin ir más lejos, los rifirrafes entre los líderes de ERC y Junts  en el debate de RTVE este domingo.

No menos heroica parece la gesta que deben culminar los partidos constitucionalistas. Por la derecha, la única duda a resolver, y que será insustancial de todas a todas para la conformación de un gobierno autonómico, será si realmente el Partido Popular queda reducido a la nada y si, a su vez, la ultraderecha de Vox coge fuerza a su costa y certifica el ‘sorpasso’. Más allá de todo ello, este 14-F es más que probable que reduzca a la insustancialidad el proyecto que un día el retirado Albert Rivera ideó para Catalunya con visos de exportación a nivel nacional.

Por el flanco izquierdo de los constitucionalistas, el proyecto de Illa, al que la mayoría de sondeos sigue dando como vencedor el 14-F, tiene un claro cometido: tender puentes. Pero todo puente tiene dos orillas y en el caso del entuerto catalán una de ellas –la de los republicanos de ERC– sigue sufriendo marejada profunda, navegando siempre entre dos aguas en un intento poco realista de equilibrar su republicanismo identitario con su implicación independentista profunda sin tener los apoyos necesarios para acometer un proceso de autodeterminación cumpliendo con la legalidad vigente.

El candidato del PSC es consciente en todo momento de que el respaldo a su proyecto de “curar heridas” por parte de los comunes de En Comú Podem es del todo insuficiente y requeriría también el empuje de los impredecibles republicanos catalanes. El papel de ERC se antoja crucial en este difícil encaje de piezas. De sus gestos y decisiones finales se verá hacia qué parte de la balanza se dirime la victoria final, y el último gesto de ERC en el Congreso de los Diputados de rechazar el decreto de ayudas de los fondos europeos para la reconstrucción tras la pandemia, con la excusa de que han sido diseñados por la patronal, no supone un buen punto de partida para que el ‘efecto Illa’ se lleve el gato al agua frente al ‘efecto 51%’.

Nueva era de nuevos encontronazos

Si no se produce un tsunami electoral este 14-F, tesis poco probable ante las duras condiciones en las que se ejercerá el voto a causa de la extensión de los contagios, el entuerto catalán tendrá por delante otros cuatro años de complejo e impredecible encaje. Si las vacunas aventuraban el “principio del fin” para la pandemia, según Illa, aunque un principio del fin cada vez más lejano a tenor del caos en la distribución y dispensación, el resultado electoral del 14-F vaticina una nueva era de nuevos encontronazos a todos los niveles, mientras “el problema” seguirá ahí sin resolverse, enquistado, y cada vez con más difícil cirugía. Como el dinosaurio de Monterroso.

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