La Iglesia católica española también está virando a la derecha. Son los signos de los tiempos que corren. Atrás quedan aquellos años del Concilio Vaticano II, cuando la jerarquía eclesiástica se bajó de los altares para humanizarse, adaptarse a los nuevos tiempos y abrirse al mundo. Fue una auténtica revolución que sacó el oscuro latín medieval de los púlpitos y trató de acercar a Dios al ser humano. El Concilio abordó todos los asuntos pendientes desde una perspectiva más práctica que teológica, como la carrera de armamentos, la lucha por la paz, el final de la pobreza en el Tercer Mundo y el respeto por los derechos humanos. Roma estrechó lazos de amistad con las demás religiones y concluyó que todos los hombres y mujeres de la Tierra tienen derecho a la paz, el gozo del amor y la libertad. ¿Qué queda hoy de todo aquel aperturismo y de aquella vuelta a la espiritualidad fraternal por encima del dogma y la imposición de la fe? Más bien poco, por no decir nada.

Hoy podemos asegurar que el Concilio Vaticano II ha quedado en la gran utopía irrealizable de una confesión religiosa que por efecto de las teorías políticas reaccionarias predominantes en el mundo se ha vuelto a bunkerizar, retornando al medievo y a ideas más propias de la Inquisición que del siglo XXI. En ese contexto de retroceso de la Iglesia católica –en parte por el miedo a perder el poder de influencia y los privilegios que ha ostentado durante más de dos mil años–, la Conferencia Episcopal Española (CEE) ha propuesto un curso de 2 a 3 años para formar a los novios de cara al matrimonio, al considerar que las veinte horas de cursillos prematrimoniales que ofrecía hasta hoy, como paso previo a la boda, no eran suficientes.

De esta manera, la Iglesia pretende luchar contra una cifra demoledora: a los 5 años de matrimonio el 40% de las parejas ya se ha separado. “Una formación matrimonial no se puede hacer en 20 horas. Para ser sacerdote hacen falta 7 años de seminario y para ser esposo, esposa, padre y madre… ¿20 horas?”, se preguntan en la Conferencia Episcopal.

La guía editada por la CEE, titulada Juntos en camino, +Q2, se compone de 12 temas en los que se abordan asuntos como la sexualidad, las relaciones prematrimoniales, la fidelidad o la resolución de conflictos de pareja. Todo, por supuesto, desde la óptica más caduca, rancia y trasnochada, desde un enfoque de 1820 aplicado a 2020. El manual impone deberes a los novios como, por ejemplo, ir juntos a misa una vez al mes o participar en eventos familiares. También les aconsejan que se mantengan “castos” y puros −es decir solteros y enteros hasta después de la boda, ya que Dios “se opone” a este tipo de relaciones−, así como que rechacen el “pansexualismo” y en general el placer de la sexualidad. Por descontado, la masturbación supone una serie “amenaza” para los matrimonios. Ya no dicen que quien la practica vaya a quedarse ciego o calvo, como aseguraban los obispos franquistas desde sus púlpitos en aquellos viscerales y exaltados sermones dominicales. Pero sigue siendo pecado, cuando no “un acto intrínseca y gravemente desordenado”.

En resumen, todo el catálogo de recomendaciones es una lección de puritanismo hipócrita, de mojigatería y de consejos irrealizables en una sociedad moderna y avanzada donde la gente busca el amor, el disfrute y la felicidad, algo legítimo para cualquier ser humano. Eso sí, cuando llega la hora de abordar la violencia machista, sus eminencias se limitan a señalar que “el amor es absolutamente contrario a esta violencia execrable” y advierte sobre el peligro de los celos, pero sin aportar soluciones prácticas para combatirla. Y ahí es donde llegamos a lo más grave de la guía para futuros matrimonios cristianos: su propuesta es claramente machista. “El varón, los días que quiera tener relaciones sexuales, deberá hacer un esfuerzo mayor y asumir ciertas tareas (por ejemplo, llevar a los hijos por la tarde al parque o pasear un par de horas para que la mujer pueda dormir la siesta) y la mujer deberá liberarse de ciertas cargas de trabajo y descansar para encontrarse ambos preparados para el encuentro sexual cuando llegue el momento”, asegura el texto, marcando una intolerable y absurda diferenciación entre la sexualidad masculina y femenina y dejando entrever un cierto papel sometido y procreador de la mujer.

El surrealista documento totalmente alejado de la realidad social que viven millones de españoles solo puede explicarse desde la derechización y la ofensiva nacionalcatolicista que parece haber emprendido cierto sector de la jerarquía eclesiástica española. Las terapias católicas para curar su “desviación” a los homosexuales, los manuales para mujeres al estilo “cásate y sé sumisa”, el silencio de los púlpitos ante las mentiras de Vox sobre la violencia machista, el encubrimiento de la pederastia en la Iglesia, el injusto patriarcado que gobierna en la institución y ahora este panfleto de sexólogo malo y sin carné nos hacen temer una inquietante involución en el seno de la Iglesia.

Los obispos aún llevan clavada la espina de la ley del divorcio, aprobada el 22 de junio de 1981 en el Pleno del Congreso de los Diputados con 162 votos a favor frente a 128 en contra y 7 en blanco. Aquella histórica legislación, que venía a romper definitivamente con el nacionalcatolicismo franquista, contó con la dura oposición de la curia católica y de los sectores más conservadores de la sociedad, incluso de buena parte del ala democristiana de la UCD −partido entonces en el Gobierno que presidía Adolfo Suárez−, que llegó a pedir la dimisión del ministro de Justicia, Francisco Fernández Ordóñez, autor de la ley.

Hoy la Iglesia pretende recuperar aquella cruzada perdida de la Transición y otras posteriores en las que también salió derrotada, como la que entabló a raíz de la promulgación de la ley del aborto, una gran conquista del movimiento feminista. El auge de una ultraderecha sin complejos es un viento de cola perfecto que proporciona aire a los núcleos más reaccionarios de la Plana Mayor obispal, siempre empeñados en recuperar principios y dogmas de hace siglos. La guía para novios cristianos no puede más que terminar en un nuevo fracaso de los obispos. No servirá para evitar los divorcios ni para conseguir que después de dos milenios de férreo adoctrinamiento religioso el matrimonio entre un hombre y una mujer sea indisoluble y para toda la vida. La gente se separa porque el amor puede ser eterno pero también algo efímero y ese hecho natural, bioquímico y consustancial al ser humano todavía no ha sido asumido por la cúpula vaticana, que tampoco acepta cuestiones tan de sentido común como que la mujer tiene derecho a ser investida sacerdote o que el condón evita enfermedades, epidemias y muertos. Y es que la Iglesia sigue hablando para ángeles o marcianos. No para personas de carne y hueso.

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  1. Conocí a Diario16. Era un periódico serio y democrático. Daba noticias, conforme al código deontológicomas profesional. Nunca utilizaron sus paginas para limpiar las heces ni tampoco como tablón de estupideces y memeces. Dedicaos a otra cosa, como por ejemplo a cazar ganusinos sin cola. No todo vale por un sueldo. Mamarrachos.

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