“La ley solo existe para los pobres; los ricos y los poderosos la desobedecen cuando quieren, y lo hacen sin recibir castigo porque no hay juez en el mundo que no pueda comprarse con dinero” (Marqués de Sade).

Cuando un país alcanza el grado mayor de idiotez, la pandemia crece alborozadamente hasta el grado máximo. Sin ponderación ninguna y con un desequilibrio desternillante, hacer gracietas forma parte del quehacer cotidiano. La necesidad y el respeto brillan por su ausencia, la desvergüenza huye por pies y se apuesta por ver quién se atreve a decir las barbaridades más mostrencas. La demasía nos arropa y la impertinencia es nuestra mejor vestimenta.

Basta con que el índice acumulado de contagios descienda durante unos días para que todo empiece a relajarse y las restricciones vayan abriéndose, porque todo empieza a quedar controlado. Nos puede la exageración y no contamos ni con el mínimo equilibrio. Cómico sería, pero es demasiado trágico. No aprendemos de los demás, porque somos demasiado listos y no nos gana nadie en maestría. Olvidamos muy pronto los errores cometidos y fluctuamos siempre. Si hace unos días alcanzábamos los 900 casos de contagiados, en cuanto nos situamos en la mitad ya cantamos victoria. Bajadas y subidas se encuentran en la pendiente y nadie puede fiarse de lo que nos pasa.

Mientras, Alemania desciende de 200 casos a 80 y continúa con las restricciones establecidas, manteniendo el cierre del comercio no esencial, porque su objetivo es llegar a 35 casos por 100.000 habitantes. Por eso prolonga la situación de alarma durante casi un mes más. La consigna es la misma de siempre: ‘permanecer en casa’, ‘reducir al mínimo los contactos sociales’, ‘usar mascarilla’. En España baja la incidencia, situándose cerca de los 584 casos y ya estamos suspirando por la nueva normalidad. Parece que fuéramos tontos de remate.

No hay pruebas para justificar la clausura de la hostelería, proclama el juez Garrido del Tribunal de Justicia del País Vasco, como si solo él supiera de estas cosas. Y ya lanzado, se pone estupendo y propala en Radio Popular de Bilbao estupideces sin cuento y en forma descabezada. Empieza diciendo que las medidas tomadas contra la covid-19 “no difieren mucho de las que se tomaban en la Edad Media”. Aquí se pone como experto historiador, enseñando cómo se actuaba en aquel tiempo contra las infecciones. Y hasta se atreve a poner ejemplos de lo más chusco: es como si suben las enfermedades de transmisión sexual y nos prescriben dos años sin relaciones sexuales para controlarlas. Pues eso se hace ahora: quedarse en casa, no relacionarse con nadie, ni salir fuera. Menuda genialidad. Y es que la epidemiología no se encuentra tan avanzada como dicen. Al fin y al cabo, ¿qué es un epidemiólogo? Pues un médico de cabecera que ha hecho un cursillo. No sé qué habría tomado este buen hombre antes de entrar en la radio, pero parece que está de broma o que tiene una naturaleza cachonda y se está burlando del personal.

La burla hortera que más nos hace reír es la que se mete con otros y los desprestigia de un modo zafio, calificándolos de pobres desgraciados con una profesión miserable. Aquí resulta que son médicos, pero solo de cabecera, como si esto fuera un nivel ínfimo de la medicina, y, además, han hecho un cursillo, quizás de un par de semanas, y han conseguido la titularidad de epidemiólogos. Habría que pedirle que comparara los años que cuesta titularse en Medicina con los que tiene la carrera de Derecho y, paralelamente, las oposiciones de unos y otros. Pero no vamos a caer en tamaña estupidez.

La comparación de la medicina medieval y la actual es un verdadero dislate. ¿Qué metodología científica se utilizaba en la época medieval? Qué sabrá un juez del nivel de consideración científica que tiene la epidemiología. Todo esto se refiere a su sentencia de que no existen pruebas para cerrar la hostelería. ¿Acaso sabe él de donde se originan los contagios? Nos haría un gran favor si nos lo dijera. A consecuencia de su decisión abren bares y locales de hostelería. En el caso de que a partir de ahora se elevará significativamente el nivel de contagios y muriera un mayor número de personas, ¿se haría responsable este juez de la situación provocada? Es un hecho que ha descalificado a la medicina y a los expertos epidemiológicos, que están dirigiendo el control de los contagios para garantizar la salud pública.

Está desprestigiando el juez, igualmente, al gobierno legítimo del País Vasco, cuyo error manifiesto sería no haberse dirigido a él para que le asesorara científicamente. Su desconocimiento es manifiesto y sus declaraciones no han podido ser más desafortunadas. Tuvo, sin duda, un calentón en la tertulia radiofónica y se explayó, pretendiendo dar una lección magistral al universo español e internacional, convirtiéndose en una persona petulante donde las haya. Especialmente, ha despreciado a los epidemiólogos, que cuentan con una formación específica y probada. Estas noticias no alimentan más que bulos, falsedades y desinformaciones. No son precisamente un modelo para los ciudadanos responsable, que ponen buen cuidado en salvar el bien general de la salud.

Lo peor del caso no es que el juez haya tenido un mal día, que, quizás, el lugar que ocupa no se lo puede permitir, sino que sea en el fondo uno de los negacionistas al uso. Si lo es, que lo diga claramente y que tenga la decencia de no juzgar lo que rechaza por pura ideología. Como decía el clásico latino: Ubinam gentium sumus? in qua urbe vivimus? quam rempublicam habemus? Personas como Garrido son la élite de nuestra sociedad. Garrulos del desparpajo, irresponsables por decisión personal y graciosos de esperpento. ¿Se encontraba, acaso, en la barra de un bar, tomándose una cerveza doble con sus ayudantes y asesores?

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