Un aspecto crítico del proceso político en curso en Argentina se refiere a la gran falta de confianza entre los actores políticos. En el libro «Historia de la Argentina» (Editorial Crítica, 2002), de John Lynch y otros, hay una discusión muy interesante sobre este proceso histórico de desconfianza. Bien puede decirse que el pasado siempre está muy vivo en Argentina. Vivir en el sur del cono sur es como transitar una montaña rusa permanente en la que los altos y los bajos se suceden sin cesar, y en dónde cíclicamente uno vuelve a pasar, una y otra vez, por realidades similares. Y cuando uno cree que no se puede estar peor, siempre el límite se corre un poco más.

Según el libro, “para un país con un larga historia de intervenciones militares, el golpe de 1976 no tuvo sorpresas”. En este contexto, la desconfianza se convierte en la regla de supervivencia en el complejo juego social de la política. En el golpe fueron las ideas del liberalismo conservador las que conquistaron la dictadura para promover el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983). José Martínez de Hoz, descendente de una familia terrateniente tradicional, fue el ministro de Economía. Según Lynch y otros, la situación crítica en el sector externo a comienzos de 1976 tenía prioridad para el nuevo ministro. En agosto, Argentina firmó un acuerdo con el FMI. Luego, las autoridades trataron de solucionar los problemas inflacionarios. Martínez de Hoz buscó congelar los salarios y eliminar los controles de precios existentes. El ministro creía que había llegado el momento de lanzar un proyecto más ambicioso: una estrategia de crecimiento hacia fuera.

Un crecimiento económico con distribución regresiva del ingreso fue parte de esta estrategia. La indexación de la economía hizo persistente la inflación y Martínez de Hoz solicitó al sector empresarial una tregua de precios de 120 días en abril de 1977. La reforma financiera, que preveía una política monetaria restrictiva, pronto se presentaría como una solución. En poco tiempo, las tasas de interés resultaron insoportables para los sectores productivos y las deudas corporativas empujaron al sistema financiero a la crisis. La desregulación del mercado financiero se produjo a fines de 1977. Según Lynch y otros, “la obtención de créditos en el exterior y la política doméstica de dinero caro condujeron a un proceso creciente de endeudamiento externo”. El sector externo comenzó a deteriorarse posteriormente y el Banco Central perdía las reservas que había acumulado, mientras ocurría la devaluación de la moneda argentina. El experimento de Martínez de Hoz falló, pero no sería el único experimento liberal y conservador que fracasaría.

La democratización argentina vería los fracasos de los gobiernos de Carlos Menem, Fernando de la Rúa y Mauricio Macri. En cierto modo, estos gobiernos vieron el modelo peronista de desarrollo autárquico como permisivo para la intervención discrecional del Estado, algo que frenaría la competencia y la eficiencia de los empresarios nacionales. Para los peronistas, a su vez, el modelo liberal comprometía los ingresos de los trabajadores, endeudaba y desindustrializaba el país. Difícilmente en este complejo juego político podría evocarse la confianza para la construcción de un nuevo proyecto de país. La nostalgia liberal y la peronista son proyectos antagónicos que hacen inviable el diálogo político constructivo en Argentina. Este equilibrio de Nash está actualmente presente en el proceso político en curso en Argentina, donde cada jugador individual no gana nada modificando su estrategia mientras los otros mantengan las suyas.

El dilema del prisionero es otro importante problema de la teoría de juegos que muestra que dos personas pueden no cooperar y preferir acusar a la otra parte de cometer un crimen. No toma mucho esfuerzo darse cuenta de que las acusaciones mutuas son parte del juego político argentino, incluso en la actualidad. Sin un piso básico de confianza y cortesía en el juego político, se puede hacer poco progreso en el campo institucional para el desarrollo argentino. El gobierno de Mauricio Macri falló y la crisis política y económica no deja de agravarse. Gobierno y oposición han roto la tregua y se acusan mutuamente de fomentar el pánico. No existe debate político. Todo se reduce a descalificaciones.

Una vez más, como un nuevo giro de esta montaña rusa permanente y como treinta años atrás, el peronismo cercano a acceder al gobierno retacea el apoyo y acusa al gobierno en funciones de no tener respuestas para la situación, mientras en paralelo pide a los organismos internacionales que retiren su apoyo porque lo que viene será muy diferente de lo actual y las nuevas autoridades no afrontarán las responsabilidades actuales, lo cual no es entendible siguiendo la teoría de los juegos y el dilema del prisionero. Pareciera que Alberto Fernández no quiere cooperar y esto tiene solo una explicación, el pretender el agravamiento de la situación para que la sociedad argentina acepte cualquier medida que la saque de la realidad actual, una historia ya vivida en el país.

Pero hay una diferencia sustancial respecto a lo ocurrido 30 años atrás. El peronismo aún no ganó las elecciones, y si bien todo pareciera indicar que así será, como en el fútbol, el partido no está ganado hasta que el árbitro da el pitazo final. ¿Y si la falta de cooperación es vista por la sociedad como palos en la rueda para provocar la caída del gobierno? ¿Y si la realidad vivida tras las PASO es evaluada por la ciudadanía como consecuencia del accionar de la oposición y virtual ‘muestra gratis’ de lo que podría ocurrir tras un triunfo peronista en octubre? ¿Y si el discurso del miedo del gobierno surte efecto?

El 11 de noviembre de 1953 Juan Perón hablaba en la Escuela de Guerra y afirmaba que ‘el año 2000 nos encontrará unidos o dominados’, casi 66 años después nos preguntamos, ¿cómo encontrará a los argentinos el 2020?

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