azufre

El 20 de septiembre de 2006, el presidente de Venezuela de entonces, Hugo Chávez, dijo en una comparecencia ante la ONU: “El diablo está en casa. Ayer el diablo vino aquí. En este lugar huele a azufre”. Lo dijo el día después de que compareciera ante el mismo plenario George W. Bush, el líder estadounidense que llevó la guerra a Irak y con el que se alineó el inefable José María Aznar en las Azores. Chávez fue convalidado como presidente por sufragio universal en repetidas ocasiones, superó con éxito un golpe estado -con la sospecha de la mano negra de los USA-, murió en medio del último mandato y designó a su vicepresidente como líder interino.

Han pasado 12 años de aquella frase, ha sido necesario tener a un integrista desinhibido -al que no le importan las formas- en la Casablanca, combinándolo con una gestión muy discutible del sucesor de Chávez para poder, ahora sí, consumar el golpe.

Venezuela es una perita en dulce rellena de oro negro. Una fuente de un recurso preciado por escaso. Como lo es Irak y otros países que tienen la (des)gracia de poseer cantidades importantes de activos naturales imprescindibles para el capitalismo. De aquí la insistencia de las potencias del norte en intentar entrar como sea a explotarlos. Chávez, a pesar de su populismo y su “estilo” extravagante, consiguió llegar a la mayor parte de la población devolviendo la esperanza a las clases populares. Por eso era impenetrable, tenia a su gente. Maduro ha sido débil y probablemente irresponsable sabiendo que precisaba de algo más que de una institución como la presidencia para protegerse a él, a la Revolución bolivariana y, en definitiva, a su país.

En cualquier caso, y habida cuenta de los fallos del sucesor del Chavismo, tenemos muchos motivos para estar preocupados más allá de lo que ocurra en el país andino. Bien sabido es que el poder del capital encarnado en la máxima institución representativa, la presidencia de los USA, ha maniobrado durante toda la historia para colocar y deponer dignatarios que fueran a favor de sus intereses a lo largo y ancho de la geografía mundial. Hasta ahora siempre ha sido invocando valores como la seguridad -las armas de destrucción masiva, el terrorismo- y generalmente por la espalda, por miedo a las opiniones públicas por el descaro que hubiese supuesto poner a dedo un presidente sin una excusa suficientemente popular.

Al río revuelto del malestar popular, el pescador Guaidó, candidato de las petroleras, se autoproclamó presidente no sin haberse asegurado el apoyo del hooligan Trump y sus acólitos de extrema derecha. El efecto dominó de los reconocimientos internacionales ha sido inevitable y lamentable. Nada es casual, nada es nuevo, todo es viejo, salvo las formas. El azufre lo impregna todo.

No tengo ninguna simpatía especial con Maduro pero es el presidente constitucional fruto del mandato electoral, un mandato que expira en 2019. Que las “democracias” occidentales avalen que se pueda deponer a un presidente constitucional que lo es fruto sufragio universal es un problema. Abre un melón terrible que explicita la debilidad del sistema democrático de la socialdemocracia. Entrar al juego es dar carta de naturaleza al destrozo del delicado y débil equilibrio -muy desigual, cabe apuntar- entre la voluntad popular y el poder económico y los lobbies de poder. Sánchez, o cualquiera que aspire a gobernar un país democrático, haría bien en acordarse del refrán del vecino al que le cortan la barba. Al fin y al cabo, el diablo, es como Dios en esto, está en todas partes y hace que todo huela a azufre.

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