Las últimas revelaciones del sumario Kitchen han caído como una bomba en el Partido Popular. El caso del espionaje al tesorero Luis Bárcenas ha salpicado ya a Mariano Rajoy (“El Barbas”o“El Asturiano, tal como, por lo visto, se le conocía en los ambientes policiales cloaqueros), así como a los exministros Jorge Fernández y Dolores de Cospedal. Poco a poco van saliendo los nombres, como en esas películas de acción donde los agentes de la CIA van tachando los naipes con los sospechosos que caen uno tras otro. Sin embargo, la cosa no ha hecho más que comenzar. Ayer mismo se conocía que Soraya Sáenz de Santamaría, la “pequeñita Soraya” −como la bautizó el comisario Villarejo−, también tuvo un cameo en este thriller sin fin en que se ha convertido el caso Kitchen. Y no resulta extraño. A fin de cuentas se trata de alguien que ocupó el puesto de vicepresidenta del Gobierno y que controló los resortes de los servicios de inteligencia, donde por lo visto, y a tenor del vocabulario chusco y tabernario empleado por los agentes en las grabaciones secretas, había de todo menos neuronas. Ya decía Noam Chomsky que cuando tuvo la oportunidad de echar un vistazo al archivo que guardaban sobre él en el FBI cayó en la cuenta de que los espías, en general, son extremadamente incompetentes.

En uno de los audios, Villarejo llega a decir que ha tratado cuestiones sensibles “más pa’arriba” y menciona a “la pequeñita”, que según las agencias de noticias no puede ser otra que Soraya SS. La conversación más sensible es la que mantiene el policía actualmente en prisión con el empresario Adrián de la Joya y otro excomisario, José Luis Olivera, en la que sale a relucir el nombre de Soraya como la persona que habría ayudado a organizar un supuesto dispositivo de espionaje en el Congreso de los Diputados entre los años 2009 y 2010, cuando la todopoderosa vice ostentaba el cargo de portavoz parlamentaria del Grupo Popular. Al parecer, los diputados de Mariano Rajoy sospechaban que Alfredo Pérez Rubalcaba había dado la orden de poner micrófonos e intervenir teléfonos de altos cargos populares y razones no le faltaban al gran ministro socialista, a la vista de toda la podredumbre que ha ido saliendo después. Sea como fuere, el caso es que la sombra de la Gürtel se cernía peligrosamente sobre las cabezas de Rajoy y de la “Familia genovesa”, de modo que se decidió hacer una “limpieza” a fondo de los despachos y con el bote de Mister Proper no era suficiente. El remordimiento de quien tiene algo que ocultar siempre termina conduciendo a la paranoia enfermiza.

La operación se orquestó, según las confesiones de Villarejo, de la siguiente forma: como el comisario no podía acceder al Parlamento, al no disponer de la debida acreditación, a alguien en el PP se le ocurrió que podía ser una buena idea que la vicepresidenta entrara con los artilugios y cachivaches electrónicos necesarios para detectar dónde estaban las presuntas “pulgas” y micros de Rubalcaba. “El que le hizo el barrido se llama Villarejo (…) pero para poder hacerlo no fue Villarejo con los aparatos; los aparatos los metió dentro una señora…”, reconoce Olivera en aquella conversación a tres bandas mientras el comisario jubilado concluye con rotundidad y sin lugar a dudas: “…Que ahora es vicepresidenta del Gobierno”.

La escena es más bien surrealista, pero no por ello deja de ser posible (cosas más raras se han visto en el PP, como aquellas fiestas del pijama de la exalcaldesa de Alicante, Sonia Castedo, y los fulanos del clan Brugal que se sientan estos días en el confesonario de la Audiencia Provincial). Lamentablemente, si damos crédito a los audios de la prodigiosa grabadora de Villarejo la ‘operación Soraya’ pudo haber ocurrido para vergüenza y esperpento, una vez más, de la estuprada y violada democracia española. La imagen de la vicepresidenta atravesando los pasillos del Congreso con su maletín lleno de cacharros sacados de un cómic del Inspector Gadget y encaminándose a cumplir con la misión más arriesgada de toda su vida es propia de un novelón de Graham Greene o Ian Fleming. Obviamente, Soraya SS no da el perfil de espía ni de agente doble, más bien es una imitación de Mata Hari a la española, aunque la mujer se esfuerza en mejorar como femme fatale en los posados sensuales en blanco y negro para las entrevistas dominicales con El Mundo y otras campañas de imagen pagadas con unas “facturas chungas”, como se desprende de los audios de Villarejo. No parece que la vice sea precisamente lo que se dice una chica Bond. Sus propios policías patrióticos la conocían en el peligroso mundillo del espionaje con el apodo más bien despectivo de “la pequeñita”, un nombre en clave que deja mucho que desear para cualquier agente secreto que quiera llegar a algo. Ciertamente, no se puede tener todo en esta vida, no se puede llegar a las más altas magistraturas de lo más bajo del Estado, o sea las cloacas, y al mismo tiempo tener el talento policial, el garbo y el porte para salir del mar tan deslumbrante, atlética y fresca como lo hace Halle Berry, la seductora agente que da la réplica a Pierce Brosnan en Muere otro día. La naturaleza es sabia y compensa unas cosas con otras.

De cualquier manera, queda claro que los audios de Villarejo van a terminar por reventar esta España de pandemias y guerracivilismos. Lo último que se ha sabido es que existen unas grabaciones “entre Bárcenas y el puto Rajoy hablando de toda la mierda” −según se dice, textualmente, en esas polémicas grabaciones−, y que el ex presidente del Gobierno, además de “trincar sobres”, pagaba a su sastre “en crudo”. O sea, cinco mil euros de vellón a tocateja y sin factura de ningún tipo. Ni el sastre de Panamá, nunca mejor dicho.

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