En 1977 funcionarios de Hacienda iniciaron una gran operación para localizar supuestos millones evadidos a bancos de Suiza por la familia Franco. Adolfo Suárez ordenó parar la operación, ya que el escándalo podía desestabilizar la democracia (la situación política no estaba para ir metiéndose con la familia del dictador), tal como narra el escritor y periodista Mariano Sánchez Soler en su libro La familia Franco S.A. Sin embargo, un episodio fortuito iba a precipitar los acontecimientos. A las 16.40 del 7 de abril de 1978, provista de su sorprendente pasaporte diplomático, Carmen Franco Polo, hija del dictador, se disponía a embarcar en un vuelo de Iberia con destino a Ginebra cuando el detector de metales del aeropuerto de Barajas comenzó a pitar con estruendo.

El suceso, que causó conmoción en aquellos años, ha sido perfectamente descrito por Sánchez Soler en su magnífica obra sobre los negocios del clan del Caudillo. “Señora –dijo el cabo Juan Gómez– si no le importa me acompaña a la Dirección para darle un recibo”. Cuando Carmencita, marquesa de Villaverde, abrió el bolso, aparecieron 31 medallas de oro, brillantes y esmaltes, 47 insignias regaladas a Franco y otras 7 insignias más de solapa de oro y brillantes. Allí mismo la informaron de que las medallas rebasaban el límite de lo permitido, por lo que necesitaba una “licencia de exportación” o de lo contrario estaba incurriendo en un ilícito fiscal.

“El escándalo y el detector de metales acabaron con toda un época”, ironiza Sánchez Soler. Y es cierto. Aquel pitido fue la bocina de la democracia, que daba el alto a los excesos de los Franco tolerados durante décadas. Hasta ese momento, la familia del dictador había gozado entre los españoles del prestigio que daban cuarenta años de falta de transparencia, de censura contra los medios de comunicación y de la falsa apariencia de que los Franco se sacrificaban por España cuando la realidad era bien distinta: el pueblo pasaba penurias mientras la saga del Jefe del Estado, bien instalada en el Palacio del Pardo, acumulaba riquezas producto del expolio y la corrupción, de las donaciones privadas al dictador siempre tan patriotas y “altruistas” y de la participación de algunos miembros de la ilustre familia en los consejos de administración de las empresas más importantes de España.

El 12 de abril, tras el sonrojante episodio de Barajas (tuvo que dejar el bolso en el aeropuerto antes de embarcarse con destino a Ginebra), Carmencita Franco se vio obligada a convocar una rueda de prensa para explicarse ante decenas de periodistas, a los que dijo: “Me molesta la idea de que piensen que soy totalmente tonta, si se pretende hacer creer que esto era una evasión de capital”. Además, aseguró que aquellas medallas e insignias eran regalos que Franco había hecho a su esposa y alegó en su defensa que el motivo de su viaje a Suiza era llevarle las alhajas a un joyero para que las incrustara en un supuesto reloj que pensaba regalarle a su madre, La Señora.

Los periodistas se emplearon a fondo con la Hijísima, tal como cuenta ese sabroso capítulo del libro de Mariano Sánchez Soler que no tiene desperdicio:

−¿Y con todo ello pensaba decorar la esfera del reloj?

−Bueno, yo quería hacer un reloj un poco de este tipo, un poco más grande que este; relojes que ya están hechos y que lo único que tienes que montar es la esfera. Yo quería que en vez de los números y los retratos como este, colocaran los escudos para que quedara una pieza que se pudiera contemplar y regalársela a mi madre. Porque si no, todas estas medallas las envuelves en unos papeles, las dejas en un cajón y ahí se quedan.

−¿Tanto le gusta este reloj?

−Este reloj se lo regalaron a mi madre hace unos diez años y, como ve, está toda la familia nuestra. Y estamos, como ve, mi padre, mi madre, yo, Cristóbal y mis siete hijos. Y yo pensé que para darle alguna utilidad a estas medallas regaladas a mi padre… unas son de corporaciones, otras de ciudades…

−¿La Laureada de San Fernando también está?

−No, no, no. No hay ninguna que sea una condecoración. Absolutamente ninguna.

−¿Cuántas medallas le habían entregado a su padre a lo largo de cuarenta años?

−No sé. Nunca las he contado. Yo tengo todas estas, que no sé cuántas son, y las que tienen retenidas. No sé si mi madre posee también alguna otra.

−¿Usted sabía que necesitaba un permiso para sacar todo esto de España?

−Por lo visto, pero yo lo ignoraba totalmente, puesto que yo lo que llevaba lo iba a volver a traer. Pensé que, calculando el valor intrínseco por el peso, serían unas doscientas o trescientas mil pesetas, y no se me ocurrió pedir el permiso, ¿comprende? A mí lo que me ha dolido muchísimo es eso de los millones que representan, como si fuese una evasión de capital, o que yo pudiera ir a vender esto al extranjero es algo que me ha dolido mucho, muchísimo, profundamente.

−¿Ninguna de esas medallas forma parte del Patrimonio?

−Estas medallas se las habían regalado a mi padre, y cuando él murió, mi madre y yo las heredamos. El Estado no nos las reclamó ni nos pareció oportuno que las reclamara.

−¿Cómo está la situación en estos momentos?

−Ahora está todo en la Dirección General de Aduanas. Yo he pedido que unos tasadores oficiales tasen exactamente el valor de las medallas. Pero yo lo único que quería al convocarles a ustedes era esto: explicarles mi punto de vista, porque yo, al llegar aquí, me he dado cuenta de la trascendencia y de la importancia desorbitadas de la noticia.

−¿Cuál es el motivo real de ese viaje a Suiza?

−Mi marido se había ido a Granada, a Sierra Nevada a esquiar. Un grupo de amigos nuestros se iban a Dubon, a pasar el fin de semana en el hotel de golf. Y yo, que no había vuelto a Dubon, donde estudió mi hija Carmen, me hacía ilusión pasar tres días de descanso allí.

−¿Quiénes la acompañaban?

−Un matrimonio que no quiero darles el nombre porque los pobres bastante tienen para verse mezclados en esto.

−¿Le ha molestado que la gente haya podido pensar que no ha sido este el único viaje en que ha sacado dinero o joyas?

−¡Ah, claro! Me molesta que piensen eso. A mí me gusta mucho viajar, pero a Suiza hace cinco años que no voy porque no he tenido ocasión, y esta vez lo he pasado bien. He jugado al golf y he intentado ganar en el casino, pero nada más.

−¿Todavía insiste en hacer el reloj?

−Después de todo esto, si lo hago lo hago aquí. Pero lo más seguro es que desista.

−Después de tan desagradable asunto, ¿qué piensa hacer con las medallas de su padre?

−Ahora, de momento, no pienso hacer nada con ellas. Pero como tengo muchos hijos, seguramente se las repartiré entre ellos para que tengan un recuerdo de su abuelo; pero si creen que hay que entregarlas, eso ya lo pondré en manos de mi abogado.

−¿Cuál cree que puede haber sido la reacción del pueblo llano?

−Yo creo que de sorpresa, de desencanto… Depende de cada uno.

−Se ha publicado que usted viajaba con un nombre supuesto.

−No es cierto, yo llevaba mi pasaporte. Lo que ocurre es que, por cuestión de seguridad, en la lista de pasajeros ponía “señora de Martínez”, cosa que realmente soy.

−¿Fue usted reconocida inmediatamente?

−El cabo Juan Gómez, que fue quien me acompañó a la oficina para que depositara las medallas, al bajar me preguntó: “¿Qué grado de parentesco tiene usted con el Generalísimo?”. “Soy su hija”, le contesté. Pero de todas formas, ellos, desde el primer momento, sabían quién era yo.

−Su pasaporte, según veo, es de carácter diplomático.

−Sí, me lo concedió el rey.

−¿Cuándo?

−El día 19 de julio de 1977.

−¿Quiere decir algo a la opinión pública?

−Siento muchísimo el matiz que ha tomado esta noticia. Siento muchísimo que hayan podido pensar que yo esto lo he hecho para evadir del país algo que pertenece a España, o en un afán personal de lucro que es totalmente absurdo.

Después de aquel suceso, el Tribunal Provincial de Contrabando de Madrid condenó a la Hijísima a pagar una multa de 6.800.000 pesetas, equivalentes a cuatro veces el valor de las medallas consideradas de interés “histórico-artístico”. Sin embargo, el 9 de mayo de 1980 el Tribunal Económico Administrativo Central anuló la condena y la exoneró de toda culpa. Con todo, Carmen Franco y su marido, el marqués de Villaverde, gozaron de pasaporte diplomático hasta febrero de 1986. “Sorpresas de la Transición”, bromea el escritor.

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