Erdogan ha dejado al descubierto su verdadero rostro machista. Su decisión de aparcar en un sofá a Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europa, mientras sentaba a su lado, en una silla, a otro funcionario de rango inferior, no puede considerarse una anécdota más sino un flagrante trato diferenciador y discriminatorio hacia las mujeres. Las imágenes de televisión resultan sorprendentes. Todo está preparado para la reunión en la cumbre entre la UE y Turquía pero llegado el momento de que los emisarios pasen al salón de actos para celebrar la entrevista entre ambas delegaciones, Von der Leyen asiste con estupor a una escena propia de una recepción medieval y cae en la cuenta de que la han colocado aparte, lejos de los hombres, casi como un florero, una bandeja de baklavas o un personaje secundario de la historia.

El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, ha calificado la situación de “penosa” y “lamentable” y ha asegurado que le “entristece” el trato dado a la presidenta de la UE por las autoridades de Ankara. No es nada nuevo que en los últimos tiempos el presidente turco, Recep Tayip Erdogan, ha ido virando hacia posiciones radicales, extremistas, casi abrazándose al fundamentalismo religioso, mientras el viejo sueño de Ataturk, padre de la nación, de transformar el país mediante el laicismo y la europeización ha quedado atrás. Hoy Turquía camina más hacia el pasado que hacia el futuro y de poco o nada han servido los esfuerzos modernizadores como la integración de sus equipos de fútbol en la Liga Europea de Campeones. Erdogan es un megalómano con delirios de grandeza, un sultán en potencia, y por su cabeza de visir, sin duda, pasa la vuelta al califato y a la fe islámica como en los tiempos del Imperio Otomano.

El gran machista turco ha visto tambalearse su poder y eso ha sacado su lado más siniestro y déspota. El intento de golpe de Estado perpetrado en el verano de 2016 –en el que murieron 251 civiles y oficiales leales al Gobierno electo y más de 2.000 personas resultaron heridas– destapó que Erdogan estaba rodeado de enemigos. Desde entonces ha gobernado el país en su versión más tiranicida. La propia sentencia contra la conjura, que se ha dado a conocer estos días, condena a 38 militares a cadena perpetua y a otro centenar de sospechosos a graves penas de prisión.

El terror se ha impuesto en la corte de este nuevo sátrapa que desde entonces gobierna con mano de hierro y con un programa de retorno a las esencias de la Turquía reaccionaria y tradicional. Al igual que otros líderes políticos terminan renunciando a sus principios por propia supervivencia, él se ha abrazado a una suerte de fundamentalismo islámico con tintes occidentaloides donde el machismo sigue ocupando una posición privilegiada, tal como Leyen ha podido comprobar en sus propias carnes.

Todas las noticias que llegan del gigante musulmán, en otro tiempo gran imperio y foco de conflictos internacionales y guerras mundiales, son nefastas para la paz y la estabilidad. La pasión turca va camino del drama mientras los clérigos de Erdogan convierten Santa Sofía otra vez en mezquita, ocultando a ojos de los turistas sus maravillosos mosaicos bizantinos, y vuelve a hacerse realidad la oscura pesadilla medieval. Hoy el país ha quedado como destino de lujo de los decadentes calvos occidentales, que viajan a la nueva Venecia turca para ponerse pelo entre paseo por el zoco y visita al bazar o lupanar, gran zoo humano donde se cosifica a la mujer en ardientes noches árabes con tablao y danza del vientre.

En poco tiempo, y con el apoyo de los extremistas musulmanes, el gran dictador otomano ha transformado un país en vías de modernización en un atrasado Estado islamista. La teoría de la evolución de Darwin se ha eliminado de los libros de texto en las escuelas, la teocracia lo invade todo y cada vez se ven más mujeres con velo por las calles de la cosmopolita y aperturista Ankara. Son las consecuencias de la evolución ideológica de un sultán que se ha disfrazado de radical religioso para dar satisfacción al yihadismo autóctono y seguir conservando el poder a cualquier precio.

La Turquía del siglo XXI estuvo a un paso de entrar en el selecto club de la UE, pero cada vez lo tiene más difícil por sus tics ultrarreligiosos y sus reyezuelos salidos del Corán. El país iba para potencia europea, savia nueva para el viejo continente, y se ha quedado en gran plató barato de Europa, el nuevo Bollywood que exporta series y culebrones como churros para atracón de Occidente bajo la batuta de un supremacista religioso, dictador y moro macho de los de antes.

Decía Lawrence de Arabia que Turquía moriría de agotamiento al no poder sostener la totalidad del imperio que le había sido legado y que la vida moderna se había hecho demasiado complicada para un pueblo infantil cuya fuerza radicaba en su simplicidad, en su paciencia y en su capacidad de sacrificio. Y es cierto. Turquía llama a las puertas de Europa como un socio moderno y avanzado, pero en realidad sigue anclada en el desierto del pasado, en el harén y en las caravanas de mercaderes que intercambian mujeres por camellos.

Aquel fascinante emporio que un día fue Bizancio, puente de oro y diamantes entre la frontera de Oriente y Occidente, corre serio riesgo de devenir en Estado fallido de la mano de un fascista con turbante que odia a las mujeres. Tratar a la primera dignataria europea como una cosa, como una decorativa pipa de agua o una esclava del serrallo mientras los hombres discuten de política no es una simple anécdota. Conviene no perder de vista a esta Turquía de Erdogan, peligroso polvorín en las entrañas de la vieja Europa que sigue viviendo en un sueño eterno de grandeza imperial, intransigencia e intolerancia.   

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