La mayoría de estos jóvenes han vivido una situación de desamparo o abuso. Foto: Flickr.

Existe una justificación o truculencia en todos para que se apalee a lo esencial, y es ese interesado “yo no creo en la verdad” o ese pillo “yo no creo en la igualdad” o ese ebrio “yo no creo en la objetividad”. ¡Vaya ignorancia o idiotez en activo!, como si la verdad ya tuviera que pedir permiso para existir debido a “uno” que, en sus vaivenes en un poder (o en sus apegos a un poder), impone un caprichoso-irracional  “yo no creo” al Universo.

También, como si la igualdad tuviera que esperar a las moralinas de los que diseñan familias e igualdades interesadas para dignamente existir, ¡qué desfachatez!  Como si la objetividad (siendo objetividad: el concretar una verdad, ya sea “en África mueren niños de hambre” u otra, y con cifras o con pruebas de total razón) tuviera que arrodillarse más y más a un pesado yo en ego salido de quicio.

Seamos responsables con lo que decimos, ¡siempre!, no maltratemos a nuestro decir con egocentrismos o con mala leche.  Aquí lo que más me duele es que estas tonterías (que dañan tanto socialmente) las dicen intelectuales o escritores o “unos enteradillos” que son muy premiados de… saber, ¡pero no saben ni dónde tienen la cara!

“Yo no creo que Franco fusilara a nadie” dicen otros; y, así, con un semejante decir y, de seguida, otro (aunque esté como una cabra) llega otro atrevido decir (irracional) hasta las más altas esferas del poder o incluso a salir publicado en el ABC (de la locura).

Ya se dijo: “Yo no creo que el COVID-19 sea peligroso” y ligeramente se dijo “yo no creo que la invasión de Irak cause muchos muertos”.  El caso es que con el “yo no creo” ya los majaretas se han propagado hasta límites maquiavélicos. ¡Y eso no puede ser!

No obstante, a ver si se enteran al fin de tantos errores que, sin parar,  los van transmitiendo a la sociedad… “a lo loco”, sin un mínimo dedicarle un respeto a la sensatez. ¡Claro que sí!,  cada cosa es lo que es, pero solamente a criterios de razón, nunca a criterios de un “me parece” ni de un “yo no creo”. ¡Basta de manipuladores o de intelectuales que manipulan!

Nadie es digno de referirse a la información si no utiliza los criterios adecuados o  los que son los correctos, no más; ¡eso!, no los que a él le parezcan o los que le premiarán rápidamente unas agrupaciones muy interesadas en la desinformación. Del mismo modo, nadie es digno de referirse a la verdad si no utiliza la razón en su solo racionalidad (o en su único procedimiento).

Porque muchos, cuando aplican su alta intelectualidad (que la creen muy formada e incontestable), amoldan todo (la razón, la realidad o sus hechos) a su yo o a la egolatría que les interesa; y, desde ahí, también van sobreprotegiendo a unas valoraciones o a unos modos de valorar podridos (sin sabiduría) que, al final, estos son los que quedarán instalados en la sociedad como los válidos (gracias solo a ellos en sus máximas irresponsabilidades).

Menos “creerse” necesitan todas las cosas, !y más respetarse en cordura de una vez!

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