Ayer, de entrada, solamente ví hombres. Una imagen absolutamente chocante, que da a entender de manera clara y directa que la presidencia del gobierno es cosa de machos. Una imagen absolutamente monocolor, en un formato televisivo realmente casposo (me refiero a la poca gracia que le dieron desde TVE, utilizando imágenes realmente sosas y pasadas de fecha). Presentador y presentadora que más bien parecían maniquíes, sin gracia, sin carácter, sin ningún tipo de actitud que fuera más allá de ser meros testigos que introducían los temas -que encima no eran respetados en muchos casos- y que daban cuenta de los minutos que cada uno tendría para hablar.

Eso sí, entre bloque y bloque, esas imágenes que se cuelan, esta vez estaban pensadas. Evitaron la imagen del equipo de señoras de la limpieza. Esta vez buscaron paridad en eso, fíjese usted: un hombre y una mujer aparecían limpiando la sala. Para que nadie pudiera comentar después lo mismo que pasó hace unos meses. Como si no supusiera una imagen clara de la realidad en la que vivimos: que la mayoría de las personas que trabajan limpiando son mujeres, que cobran mal y que están en condiciones que todos deberíamos denunciar. Para aplacar esta imagen -que es la de la realidad- pusieron a un señor y a una señora. Ale, ya está resuelto el asunto.

El formato, ciertamente, era dinámico. No se hacía pesado seguir las intervenciones de cada uno. Me refiero, reitero, al formato de los tiempos. No al contenido, claro está.

Voy ahora a ello. A un repaso a vuelapluma de cada uno de los candidatos, muy candidatos y mucho candidatos. Aviso ya de que la sensación que tuve en todo momento fue de frustración al ver los mimbres para hacer el cesto que tenemos.

Más allá de las preferencias que cada uno pueda tener, que evidentemente las tenemos y nos hacen sentir más simpatía y nos predisponen a la hora de valorar el papel que ha desempeñado cada candidato. Esto es una premisa evidente. Y de antemano diré, para que nadie se lleve a engaño que mi candidato, entre los que anoche presentaban sus supuestas propuestas electorales, es Pablo Iglesias. Me parece necesario avisar a quien vaya a leer estas líneas de cuál es mi sensibilidad y mi punto de vista. Y a pesar de eso, trataré de plantear de manera objetiva mi percepción sobre lo que vi y escuché.

Pedro Sánchez me pareció realmente inquietante. Una frialdad que, desde el plano humano no me genera ningún tipo de simpatía. Le vi físicamente desmejorado, muy envejecido, y sobre todo, una mirada vacía. Su discurso, a pesar de poder estar de acuerdo con algunos de los planteamientos de sus propuestas, me resultaban falsos continuamente. Daba un discurso dirigido a sus votantes, claro está, pero sobre todo dirigido a alguien más, a alguien a quien parece que Sánchez se debe. Alguien que no es su electorado, sino quien tiene poder, quien tiene ascendente sobre él. Tuve esa sensación continuamente: ha vendido su «alma», y nada tiene que ver la persona que ayer había tras el atril representando al PSOE con aquel cordero herido que hablaba con Jordi Évole hace unos años. Evidentemente, ante el plantel que tenía a su alrededor, Sánchez tendrá votos el 10N, aunque haya dinamitado todos los puentes con Cataluña, tema fundamental en el momento de la política actual. La dureza y las trampas en su discurso lo alejaron mucho de ser un actor que pueda solucionar el conflicto. Pero claro, quien manda ha debido marcarle bien las pautas para no sacarle de la foto.

Hablando de sacar de la foto, ayer resultaba evidente que Alberto Carlos Rivera es consciente ya de que ese es su destino. Se resiste a esa patada que le están dando sus padrinos, esos a los que él también se debe. Y ayer nos dio una imagen desesperada, desquiciada, un botarate que no sabía hacer otra cosa más que sacar objetos, fotos, papeles y chorradas de su atril. Faltaba el pobre Lucas, el pobre perro al que ha usado para intentar hacerse «friendly». Un auténtico hombre desquiciado, nervioso y desorientado. Capaz de subirse al carro de Casado cuando hiciera falta para morder los tobillos de Sánchez. Sin gracia, sin el más mínimo sentido del ridículo. Su mala cara, sus ojeras, su mirada perdida en muchas ocasiones mostraban un cadáver político que se sentía feliz por el simple hecho de estar allí entre los demás. Nada que aportar, salvo ruido.

Ruido también hacía Casado, sobre todo al final, cuando era incapaz de contenerse y no había manera de que respetase el turno de palabra de los demás candidatos. Se le escuchaba de fondo, junto a Rivera, como dos críos insolentes y maleducados. Los «moderadores», como estatuas de cera, no fueron capaces de pararles los pies. Sin embargo, también es cierto que le vi de alguna manera relajado, le ví seguro. Como si supiera bien que a poquito que hiciera, le vendrán los votos. Porque todo está ya encauzado. Algún bofetón a Sánchez para intentar acallar los rumores de la gran coalición (debo decir que las bofetadas entre Sánchez y Casado me parecían muchas veces pura pose). Y solamente le ví una mala cara sincera cuando Iglesias intentó ponerle frente a las cuerdas respecto a la postura de Cayetana y su «sí es sí». Evitó responderle y salió del agujero, porque la brecha «Cayetana» podría haberle dado mucho juego a sus contrincantes. Lástima que no supieran sacarle más punta, como por ejemplo haberle hecho comentar aquello de que «el PP se disculpa por haber sido anticatalán»: el último regalito de súper Cayetana. Sobre todo, Casado creo que hizo un buen barrido a los votantes indecisos de Ciudadanos, que probablemente se encuentren más agusto con Casado que con Rivera.

Y hablando de votantes que se encuentren cómodos, estamos los de izquierdas. Que de cómodos nada de nada. Desde luego, que personalmente la opción del PSOE resulta implanteable viendo lo visto; y solamente nos queda Iglesias. Un Iglesias que dista mucho de lo que fue, cuando era mordaz, cuando clavaba su aguijón y disparaba con datos y argumentos implacables. Ayer había bajado -y mucho- el voltaje. Evidentemente lo hacía para pescar votos en el caladero socialista. Sin embargo, a mí me generaba desazón. Le vi coger vuelo en las propuestas para salir de la crisis, un discurso bien estructurado, potente, lleno de contenido y muy solvente. Evidentemente para cabreo de los «jefes» de los demás. Desde la perspectiva de la izquierda, solamente nos queda Pablo Iglesias, pero sin duda, hay que decir que un Pablo Iglesias muy descafeinado, que pierde su mejor esencia: la frescura y la contundencia de la falta de miedo. Y a Pablo se le ve con miedo.

Justo lo contrario de lo que ví en Abascal. Que me da mucha rabia reconocerlo, pero las cosas como son. El gran ganador del debate de ayer fue Vox. Y ya nos lo podemos hacer mirar. Un discurso racista, cargado de odio, de xenofobia, de machismo. Una pose absolutamente falsa que asomaba la patita con ese tono «paternalista», esa «protección a las mujeres». Vomitivo. Esas loas falangistas. Eso, todo eso, que entre toda la gente que hizo posible el avance de la igualdad, de los derechos humanos, fue lo que Abascal ayer pisoteó a vista de todos. Eso sí, un tono suave, educado, absolutamente comedido. Y en un tono y lenguaje pensado para borregos: hablando para auténticos becerros. Cada frase que decía no obtenía reproche ni respuesta. Nadie le cortaba, nadie le plantaba cara en sus intervenciones. Afortunadamente al final del debate (que dudo que la mayoría de la gente viera porque fue interminable), Pablo Iglesias tomó la palabra para al menos denunciar lo que estaba sucediendo, que no fue otra cosa que haberle abierto la puerta al franquismo, al fascismo, a vista de todo el mundo. Sin duda, ayer Abascal consiguió su propósito, y lo dijo: soltar su mensaje en el lugar y momento que jamás habría soñado tener.

Sí, en conclusión: las dos Españas que se pudieron ver son la que representa Iglesias y la que representa Abascal. Uno, absolutamente cerril y con ansias de pintarlo todo en blanco y negro. Un mensaje populista, lleno de odio y con pautas falangistas. El otro, en un plano posibilista para intentar no ser el «extremista de izquierda», que en realidad era su lugar en el debate.

A pesar de que son, Iglesias y Abascal, la polarización de lo que estamos viviendo, fueron los que presentaron sus ideas de manera más clara, más «honesta» en cuanto a sus idearios.

Pero todos sabemos que lo más probable es que sean los otros tres, Casado-Sánchez-Rivera quienes hagan el trío necesario para que España no vaya «hacia un lado ni hacia otro». O sea, la «derecha moderada, el liberal desnortado, y el pseudo socialista vendido al capitalismo» será «la panacea», la «solución mágica» que nos planteen para que los «extremos» no toquen poder. Tres veletas que se mueven al sol que más caliente, a los que les da igual ocho que ochenta, con tal de estar. Los que para llegar donde están nos han dejado claro que si hacía falta maquilar sus CV se maquillaban, que si había que cambiar de discurso, se cambiaba, y que si hace falta montar pollos, se montan. Esos tres son los que muy probablemente vengan a encarnar «la necesaria unidad estratégica por el bien de España». Para preservar las autonomías, la monarquía, y a Amancio Ortega. La que perdió, sin duda, fue la democracia. 

1 Comentario

  1. Bea, y demas artifices y colaboradores de diario dieciseis, hoy, hoy mismito, empieza vuestra verdadera jornada de reflexion. Porque yo os dejo solitos, sin mis comentarios definitivamente, para que penseis.. y para que decidais, si el domingo vais a hacer lo de siempre, o por fin vais a hacer lo unico que sabiendo lo que sabeis desde hace muchisimo, unicamente deberiais haber hecho siempre. Es decir, escupir vuestra abstencion, por sistema, al sistema que os roba y permanentemente os insulta, por sistema. Alla vosotros

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