El cine es factoría de sueños. Ilustra, además, ansias oníricas que se esfuman con el despertar. Nos transporta, también, a ese mundo que creemos irreal, el imaginado para que la verdad se aposente. Por esos lares pulula, e indaga, el detective privado. Es el personaje emblemático que resuelve enigmas generado por odios, codicias, sexo y dinero del humano.

El de investigador privado es una profesión real aunque estereotipada por ficciones fílmicas y novelescas. Se popularizó, con moldes norteamericanos, al olfatear la policía lo escurridizo, lo corrupto sin resultados creíbles. Ese molde representaba la justicia primaria del sheriff, el que armonizaba la ley del más fuerte en el ‘far west’ (lejano oeste). Para tranquilizar al lector y espectador esa justicia conceptual basculó sobre dos binomios: buenos-malos y ganador-perdedor. El detective es, al cabo, ese tipo independiente del poder que está ocupado con el encargo de su cliente.

Al llegar los detectives terrenales a la ficción se tributaba al asfalto del mandamás. A ese respeto reverencial que nos asusta del poderoso. Joe Gores y Dashiell Hammet trabajaron en la Pinkerton Detective Agency, cuna del FBI, antes de relatar sus casos en novelas de éxito. Chandler, Christie, Simenon, Conan, McDonald… y otros tantos recrearon en el detective un personaje que salía de su fructífero intelecto. Ni fueron policías, ni ocuparon cargos públicos donde referenciaron sus historias.

José Luis Garci (Madrid, 1944), primer español que logró Oscar de Hollywood a la mejor película foránea (‘Volver a empezar’, 1982), balancea el patriotismo fílmico con sus filias norteamericanas para abordar al detective ibérico. Dirigió dos entregas de ‘El Crack’ (1981 y 1983) retratando a ese detective más cercano al de rubias, cochazos, mansiones californianas. Designó el papel de Germán Areta al inolvidable Alfredo Landa. Su viuda, ya fallecida, Maite Imaz alentó a Garci a la trilogía. Y le salió, en ‘El Crack Cero’, la precuela. ‘Holmes & Watson: Madrid Days’ (2012) pareció la jubilación del celuloide de Garci. Craso error.

Santos enriquece a Areta-Landa

Dicen que a la tercera va la vencida, y que no fueron buenas las segundas partes. ‘El Crack’, lectores y lectoras, es una ‘marca España’ imperecedera. El ‘0’ tiene factura excelente. Carlos Santos atrapa el alma de Landa y multiplica el papel de Areta. Parco, educado, elegante, caballero, intuitivo y con olfato acuña al detective del siglo XXI pero pisando el Madrid del tardofranquismo: ‘paciencia, zapato cómodo y [más] paciencia’. En tiempos digitales, globales, impersonales y virtuales reconforta ese telegrama para definir el trabajo del detective. Landa ya lo anticipaba con su filosofía: ‘Trabajo mucho, duermo poco y lo que veo no me gusta’.

El de investigador privado es una profesión real aunque estereotipada por ficciones fílmicas y novelescas. Se popularizó con moldes norteamericanos

Santos ya presentó credenciales encarnando al corrupto Luis Roldán (El hombre de las mil caras, 2017). Areta fue antes reputado policía de homicidios con apodo (Piojo), como su ayudante (Moro), que representa Miguel Ángel Muñoz. Su ex jefe tuvo otro (Abuelo) y lo asume proverbialmente Pedro Casablanc.

Los ombligos de Garci pivotan una vez más en esta cinta de culto ya para detectives, policías, fans del género negro. El privilegio del madrileño nace tras producir y dirigir al tiempo. No obviemos ayuda de dinero oficial, el que financia el cine español. Detallamos la filias de Garci en la pantalla: el boxeo, el Atletic, el mus, las notas de Cole Porter, dedicatoria a James M. Cain, el Madrid de los 70 –incluidos Gran Vía y Cine Rex–. La música del filme repite las precedentes entregas del Crack con la excelente batuta de Jesús Gluck. El piano y el viento de la BSO son de aplauso.

El Madrid de Garci -en blanco y negro de finales de 1975- es oscuro, lluvioso, otoñal y con fotogramas de archivo. Se ve exiguo presupuesto para exteriores. El director imita a Ingmar Bergman: no sacaba la cámara del salón sueco del primer Ikea para rodar misticismos. Un fallo fue vestir de marrón a policías en la DGS de Puerta del Sol cuando eran grises sus uniformes. La script del filme corrigió el error en otras tomas de archivo.

Lo mejor del regreso de Areta a la gran pantalla son los diálogos de la película, las pausas y paréntesis rítmico del guión. El elenco de la cinta es suficiente y denso. Los personajes corroboran que Franco murió en 1975, pero sólo lo sepultaron sus enterradores. Areta, su pareja y su ex jefe vaticinaban que todo seguirá igual, aunque le queden pocos días al féretro del dictador en su mausoleo de Cuelgamuros. Y estamos en 2019.

La trama del caso

El Germán Areta del siglo XXI no es misógeno, ni solitario. Es un clásico del noir hispano que nos regala Garci. Como el perenne Pepe Carvalho que heredamos de Manolo Vázquez Montalbán, el Toni Romano de Juan Madrid, el Mario Conde del cubano Padura o ese Flanagan de Andreu Martín. Es un detective arquetípico de agencia, con secretaria que hace honor al cargo, ayudante ubicuo desaliñado y contactos de nutrida agenda. Su bigotito cuidado y talento con reflejos suman ese porte de genuino sabueso. A diferencia de Santos, Landa era más bonachón y confiado.

Lo mejor del regreso de Areta a la gran pantalla son los diálogos de la película, las pausas y paréntesis rítmico del guión. El elenco de la cinta es suficiente y denso

El dúo Areta-Garci desarrollan el caso con mimbres de la novela policiaca: planteamiento, nudo y desenlace. Al detective le requieren para indagar incógnitas de una muerte. Aporta su praxis operativa en un contexto explícito con ese know-how de quien hace hablar a los cadáveres. Extrae datos de seres que vivieron cerca del difunto. Lo resuelve todo con ese oficio que sólo proporciona extender tentáculos a testimonios, fuentes, documentos y lo que sea menester para reportárselo al cliente.

Areta es contratado por Remedios, la furtiva amante de un afamado sastre (Narciso Benavides). No se fiaba del suicidio de un mujeriego, jugador y moroso que vivía el momento con intensidad. Quería barajar la posibilidad del asesinato. El difunto, para avalar préstamos que sableaba a diestro y siniestro, pagaba seguros de vida beneficiando a sus prestatarios. Infinitas timbas de póker y una vida disoluta por encima de sus ingresos unían el rompecabezas vital de Benavides, quien enamoró hasta a su costurera.

El Piojo, su secretaria, el Moro, el Abuelo, y un asesor áulico que le recordaba hazañas del boxeo (su ex jefe hacía lo propio con goles del Atleti) recomponía las piezas del puzle sobre el que vivió Benavides sus últimas horas. El sastre tenía candidaturas y móviles para segarle la vida.

Espléndida es la charla entre Areta con la Madame (Conchita Azpeitia) del prostitugurio donde Benavides jugaba y ganó al póker la noche de su muerte. Cayetana Guillén Cuervo, más favorecida que una ex amante de generalote franquista, tensó un magistral diálogo: de película, nunca mejor dicho. Areta subió escalones verbales con ella hasta sacarle información sustantiva para el caso. La también ex pareja de Garci sale airosa del trance con ese oficio que dan las tablas teatrales y los platós televisivos.

El clímax del caso que reporta Areta le asesina a su novia por el matón –imbécil según el guión– de un rockero de fama que frecuentaba el tugurio de la Madame Conchita-Guillén. El cantante pagó con su vida la afrenta a Areta. Y resultó ser el hijo de un amorío de juventud del sastre que lo concibió en Asturias, otra Meca de Garci. La venganza tardó años en consumarse, pues el rockero consumó más maldades afrentosas hacia su mal padre biológico.

El detective español

Garci no repercute en Germán Areta un personaje más del reparto. Su detective pisa el terreno común de sabueso norteamericano que, antes de montar agencia, estuvo en la policía. Las licencias de los detectives de carne y hueso españoles se obtienen tras obtenerse grados universitarios, no en comisarías, garitas o puestos beneméritos de la España profunda. Sólo una minoría de investigadores lo son tras abandonar el tricornio, uniforme policial o militar, la porra de vigilante o esposas de escolta ocioso.

Es de resaltar el mensaje ético de Areta, que ubica en el terreno de las coherencias. En los primeros planos interviene en episodio de violencia de género con diálogos crudos sin sacar la pistola. Andando entre fotogramas rechaza –apoyado por su asistente– propuesta de un caso.

Se trataría, el asunto potencial, de ubicar a ex empleado que chantajea a ‘empresario’ con pruebas de pederastia. Proviene la recomendación de ex colega policial entregado al ‘contraespionaje industrial’. Es apodado ‘solomillo’. Areta-Moro rehúyen trabajar como matones del chantajeado. ‘Solomillo’, alarmado tras Areta dejarle en mal lugar, oye como el detective con licencia no asume lo indefendible, lo ilegal, lo indecoroso. Le pide tacharlo de su agenda ‘de contactos’. El ‘solomillo’ sería el ‘detective piojoso’ del que habla el –encarcelado- Ex Comisario Villarejo o los espionajes de Método 3 en un restaurante barcelonés.

No se narra con dramatismo de venganza el inesperado final de la película. Se aborda bajo la atenta mirada de una estatua de Bogart. Un tiro en el calor de la noche descerraja a un rockero-pamplinas-cantamañanas. El tipo aparece en la pantalla como winner (ganador) frente al detective ‘de tercera o cuarta’ –así se lo endilga a Areta– como looser (perdedor). Imaginen quién triunfa, pistola en mano. El Moro termina la faena del amo (Areta).

El detective que vehicula Santos exige tres requisitos para la excelencia. Los resume en las tres íes: inteligencia, intuición e improvisación. Los principios de este nuevo Germán Areta son otros, y distintos a los que predicaba Alfredo Landa. Santos conduce a la tumba al asesino de su pareja y del sastre. Doblete perfecto. ¡Caso resuelto!

Como quien ríe último ríe mejor, Areta es sermoneado del testamento verbal de su padre, Comisario-Jefe policial, por un ‘Abuelo’ entrañable. Casablanc le relata goles míticos muy vívidos. El paripé de detener al Moro acaba con el rockero finalmente suicidado, como parecía del sastre. El broche de la película lanza un mensaje: quien ofende o maltrata a un detective tendrá respuesta. Y será más contundente que el ataque.

El epílogo del ‘Crack Cero’ es una cliente satisfecha. Le confía a Areta que vivirá en la playa de Las Canteras canariona tras pagar la minuta. De paso, se libra de su marido maltratador. Areta recuerda a su novia, a los perfumes que olía con rigor de catador, al son de Cole Porter. ‘You are the top’ (tú eres lo máximo) es el temazo del LP que regaló en una suite del Palace para celebrar el amor. Garci pincha el tocadiscos con la mano de Santos-Areta.

Post Data: Obviamente, el cineasta madrileño mima a su detective más que la policía terrenal, hacienda, los protectores de datos, jueces, fiscales… Mucho más que el poder, maltratador y ninguneador, al detective español. Le recordamos que sus miles de licencias están al servicio de la verdad y la justicia. Si Garci ganó un Óscar con acordes de ‘Begin the begine’ (Volver a empezar) las termina también con su incombustible Cole Porter en los filmes que dirige. No pudo elegir mejor final para su trilogía de ‘El Crack’. Amén. Los detectives de verdad y de película se lo agradecen.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

veinte + 6 =