La Unión Europea está muerta y la ha matado la crisis del coronavirus. Ya quedó agonizante tras la crisis de deuda de 2012 por la insolidaridad de ciertos países del norte. La situación que está atravesando Europa por la crisis del coronavirus es muy grave y la asiste a lo que está ocurriendo en países como España e Italia con impasibilidad y sin actuar, lo que está provocando que se acentúe crisis sanitaria que está socavando la vida de miles y miles de personas. La UE no ha aprendido de los errores cometidos en la crisis económica de 2008 y se está impidiendo, por la negativa de países como Holanda, que se realicen los esfuerzos pertinentes para que las medidas adoptadas por los diferentes estados no lastren de manera definitiva la actividad económica y social después de estas últimas semanas y meses de confinamiento que han tenido como consecuencia la paralización de la actividad económica de la zona euro.

Esta crisis sanitaria se ha hecho sentir especialmente en los países del sur de Europa (Italia y España). Una de las causas fundamentales de ello ha sido el no disponer de la suficiente capacidad financiera para realizar las compras necesarias de material y test sanitarios para la detección precoz del virus COVID-19, algo que sí han podido hacer en los países del norte de Europa (Alemania, Países Bajos y Austria) haciendo que el coste en vidas humanas en sus propios países sea el menor posible. Los efectos colaterales en los países del sur son devastadores.

La insolidaridad de algunos países del norte no está teniendo en cuenta que el coste en vidas humanas está siendo un coste muy elevado para los países del sur. Sin embargo, también es cierto que la reactivación económica de la zona euro tras la crisis del coronavirus sólo se puede producir a través de la unidad de acción o no habrá reactivación, lo que provocará un nuevo desastre económico para todos, tanto los países del norte como los del sur.

Esto va a ocurrir en la medida que no se asuman compromisos y acciones determinadas, claras y contundentes para no sólo lanzar mensajes de esperanza sino de acciones coordinadas entre todos los países para, no sólo poner parches a la actual situación, sino medidas y acciones concretas que refuercen y afiancen que se van a poner todos los medios necesarios y suficientes para que ningún país de la zona euro se sienta abandonado, como ya ocurrió en la crisis de deuda de 2012 y solo ante la asunción de las medidas, primeramente sanitarias y posteriormente económicas y sociales.

Desde hace más de 20 años, la Unión Europea ha sido un conjunto de voluntades de querer hacer muchas cosas. Ahora, nunca esa voluntad se ha llenado de acciones concretas para realizar todo aquello que se ha querido alcanzar.

Maastricht fue un comienzo, pero el desarrollo de dichos principios anunciados en dicho Tratado ha quedado desfigurado cuando se pusieron en marcha los criterios en política económica, monetaria y en la aplicación de acciones concretas. Sólo se ha desarrollado la política monetaria con el BCE y la moneda. Las políticas económicas, como la fiscal, se han quedado en el terreno de las voluntades sin llegar a concretarse en acciones determinantes y claras, puesto que en estos últimos años han primado los intereses particulares sobre los generales.

Al igual que se muestran las discrepancias en las políticas económicas entre los distintos países de la Eurozona, no se puede asegurar que las políticas monetarias puestas en marcha por el BCE sean las más contundentes para reforzar la unidad de acción, porque continuará primando la descoordinación y la arbitrariedad de los países del norte frente a los del sur, es decir, exactamente lo que ocurrió en la crisis del euro del año 2012.

Esas discrepancias y descoordinación están en el punto de mira en los mercados financieros que ven cómo, por muchas medidas que ponga el BCE, la descoordinación en políticas fiscales y económicas de los países de la UE pueden llegar a producir una nueva crisis del euro que, incluso, puede provocar la desaparición de la moneda y de la misma zona euro.

Si se conoce la finalidad política y económica de la zona euro y a dónde se quiere llegar, las decisiones adoptadas se quedan siempre al principio de sus objetivos cuando una minoría, encabezada por países como Holanda, impone unas condiciones y criterios inalcanzables para la mayoría de los países.

Pero, ¿quiénes son los países que ponen esas medidas no alcanzables para la mayoría de los miembros de la zona euro? Precisamente, son aquellos países que más pueden contribuir a realizar el objetivo fundamental por lo que se fundó la Unión Europea.

En materia de armonización fiscal, fue en 1997 cuando se iniciaron las primeras reuniones para adaptar y coordinar una política fiscal armonizada entre todos los países de la UE. Hoy, 23 años después, no sólo no se ha avanzado, sino que se ha retrocedido incluso en los planteamientos iniciales que había encima de la mesa, pasando de la voluntad de armonización fiscal a un criterio, en la actualidad, de no realizar un dumping entre los distintos países. En la actualidad la situación es un pacto de no agresión que es incumplido continuamente por países como Holanda o Irlanda en los que se domicilian las grandes multinacionales para eludir pagar impuestos en el resto de países donde operan.

La Unión Europea, más que realizar políticas activas, claras y contundentes de armonización, estímulo y desarrollo en materia económicas y fiscales, solo tiene ese pacto intrínseco de no agresión que no ayuda a nadie y que, precisamente, los países menos solidarios son los que lo incumplen.

Estos países del norte que se oponen a las medidas no distinguen entre un pacto de no agresión y un pacto de fortalecer y favorecer los mercados internos de cada país de la zona euro, sabiendo que la riqueza de los países del norte se fundamenta, principalmente, también en las exportaciones a los países del sur.

Cuando se actúa queriendo asumir las mejores medidas para cada país, como hacen algunos estados del norte que no buscan lo mejor para toda la Unión Europea, al final se consigue la desunión, la descomposición y el crecimiento de la ultraderecha en aquellos países que no ven afianzados los esfuerzos desde la unidad y que se encuentran con que, una vez más, tienen que continuar tomando las medidas desde la más absoluta soledad.

En estos momentos, no valen las buenas voluntades, sino que es fundamental poner los medios suficientes para que la Unión Europea no quede en una abstracción de entelequias conceptuales, sin alcanzar las acciones y planes, primero para subsistir y posteriormente desarrollarse.

Todo lo que no sea armonización fiscal, políticas comunes económicas, tanto de estímulo como de recuperación de la actividad e integración social de los ciudadanos, va a tener como consecuencia la desintegración y muerte de la Unión Europea.

 

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