El coronavirus ha asestado un duro golpe a las políticas xenófobas de partidos que como Vox propugnan cerrar la sanidad pública a las minorías étnicas e inmigrantes. En las últimas horas, la alta comisionada de la ONU para los derechos humanos, Michelle Bachelet, y el líder de la Agencia de Refugiados, Filippo Grandi, han lanzado un mensaje contundente a la humanidad advirtiendo a todos los países de que el éxito en la lucha contra la enfermedad depende de que la Sanidad sea pública, bien dotada, abierta, gratuita y universal para todos. Justo lo contrario de lo que defiende Vox, que en su programa electoral en materia sanitaria propugna la “eliminación del acceso gratuito a la sanidad para inmigrantes ilegales y copago para todos los residentes legales que no tengan un mínimo de 10 años de permanencia en nuestro suelo”.

Bachelet y Grand advierten de que el Covid-19 supone un desafío brutal para el conjunto de la humanidad y la forma como gestionemos el problema marcará el futuro del mundo en las próximas décadas. En un artículo publicado en The Guardian, ambos responsables de Naciones Unidas afirman que el coronavirus es un examen definitivo, no solo para los sistemas y redes sanitarias de cada país, sino para la comunidad internacional en su conjunto. “Es una prueba de la medida en que los beneficios de décadas de progreso social y económico han llegado a quienes viven al margen de nuestras sociedades, más lejos de las palancas del poder”, advierten los autores del artículo.

Si algo nos recuerda la alerta mundial por coronavirus es que vivimos en un mundo global, interconectado. Ningún país podrá abordar una crisis de semejante envergadura por sí solo, y ningún poder político, grupo económico o élite social, por mucho que se empeñe, saldrá airoso de esta sin contar con el resto de la sociedad. Cuanta mayor discriminación más tasa de contagios; cuantas más diferencias sociales y guetos más abono para el Covid-19. Aquí, o nos salvamos todos o todos perecemos. Así, la autarquía que propone Vox y el cierre de fronteras no servirán de nada. No habrá muro que pueda contener un virus que se propaga a la velocidad de la luz. Y por supuesto, sin una sanidad pública fuerte un país estará condenado al infierno de la pandemia endémica. Estamos por tanto ante un desafío global que exige una vuelta a la socialdemocracia, al Estado de Bienestar y a la estrecha colaboración internacional (otro revés no solo para las políticas xenófobas que propone Vox sino para Donald Trump, gran ideólogo del aislacionismo y del cierre de fronteras a ultranza).

Pero si algo tenemos que tener claro tras este episodio mundial casi distópico es que por primera vez en la historia no estamos ante una guerra de un país enemigo de otro. La amenaza es el Covid-19 y toda la humanidad pelea en el mismo ejército ante ese desafío casi bélico. Aquellos estados que más hayan descuidado sus servicios sociales y más hayan abandonado a su gente, a las clases más desfavorecidas, más sufrirán y con mayor rigor los efectos de la pandemia. Solo un dato: en Estados Unidos hay 27 millones de personas sin cobertura sanitaria después de que Trump haya tumbado el Obamacare, el plan de cobertura sanitaria gratuita y universal de su antecesor en la Casa Blanca, Barack Obama. ¿Puede haber alguien en su sano juicio que no piense que ese maremágnum de pobres es el mejor caldo de cultivo para la propagación de la enfermedad de forma exponencial? “Nuestra respuesta a esta epidemia debe abarcar y centrarse en aquellos a quienes la sociedad a menudo descuida o relega a un estado menor –advierten Bachelet y Grandi−. De lo contrario, fallará. La salud de cada persona está vinculada a la salud de los miembros más marginados de la comunidad. La prevención de la propagación de este virus debe garantizar un acceso equitativo al tratamiento”.

De modo que el camino para superar esta crisis de proporciones bíblicas pasa necesariamente por superar las barreras existentes para una atención médica accesible y asequible, y por reenfocar el actual “tratamiento diferencial arraigado en función de los ingresos, el género, la geografía, la raza, el origen étnico, la religión o el estatus social porque limitar el acceso y la participación de los grupos minoritarios será crucial para la prevención y el tratamiento eficaces del Covid-19”. Habrá que invertir más y mejor en dependencia, en prevención sanitaria, en investigación, en personas que viven en instituciones de la tercera edad o en establecimientos penitenciarios, en población migrante y refugiados, en hospitales bien preparados para este tipo de epidemias que serán cada vez más frecuentes. Todo eso exige compromiso político, humanismo filosófico y por supuesto dinero.

“Muchas mujeres, hombres y niños se encuentran en lugares donde los servicios de salud están sobrecargados o inaccesibles. Pueden estar confinados en campamentos y asentamientos, o vivir en barrios marginales urbanos, donde el hacinamiento y el saneamiento con pocos recursos aumentan el riesgo de exposición”, advierten Bachelet y Grandi. Cuanto más abandono social y desigualdad, cuanta más miseria, chabolismo y guetos, más se pondrá en riesgo la salud de todos.

Indudablemente, nada nos hace pensar que Vox va a cambiar su programa electoral. Probablemente sus líderes seguirán alentando el miedo, ya que viven de eso. Pero cuidado, que el partido ultra se halla en una encrucijada ideológica importante a partir de ahora. El Covid-19 va a cambiar los escenarios y las ideas. Un partido instalado en la demagogia permanente y en el fomento del miedo mientras el coronavirus sigue llevándose vidas por delante no tiene demasiado futuro a partir de ahora. El pánico y la discriminación pueden funcionar durante un tiempo, pero la gente acaba dándose cuenta de que es mucho mejor para todos optar por políticas públicas fuertes, sociales, solidarias, políticas que redundan en el bien común.

Ningún país va a salvarse del impacto del coronavirus con mentiras, bulos, xenofobias y recelos contra los extranjeros y las minorías sociales. Lo único que da resultado es la unidad y la solidaridad de toda la sociedad y el trabajo duro en los hospitales y en los centros de investigación. El Covid-19 no entiende de colores de piel. Que vaya tomando nota Abascal, quien por cierto ha probado en sus propias carnes la virulencia del germen. El bicho nos trae un mundo nuevo y ya no valen las viejas recetas, que se han quedado obsoletas de la noche a la mañana. Quién se lo iba a decir a Vox.

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