Es tan viejo como el origen del mundo. Cada vez que brota una pandemia, el pánico se extiende por toda la sociedad y comienza la caza de brujas para buscar a los culpables. Entre los supuestos responsables hay muchos candidatos, el Gobierno que no ha querido atajar el problema, misteriosas fuerzas ocultas y grupos secretos que crearon la cepa en laboratorio para soltarla después, provocando un Apocalipsis planetario, y hasta Dios o el mismísimo Diablo que envían sus maldiciones bíblicas al ser humano por pecados tan antiguos como los de Sodoma y Gomorra (no tardará mucho en salir un obispo que atribuya el mal a la lujuria, al libertinaje y a la ofensa de aquellos que dieron la espalda a la religión, y si no al tiempo). Toda la superchería que ya se vivió en la Edad Media está retornando con fuerza, pero por encima de las explicaciones irracionales hay una que se presenta como la más peligrosa de todas, un argumento que puede ser todavía más letal que el propio coronavirus: la peste la trajeron otros, los extraños, los de fuera, los inmigrantes.

La tentación de dar rienda suelta a los instintos más bajos, como el racismo y la xenofobia, se impone entre los grupos más conservadores y reaccionarios cuando el miedo se instala en un lugar. Thomas Siu, un joven asiático de San Francisco, sufrió una paliza el pasado fin de semana cuando salía del Metro de Madrid. Siu se encontraba en el conocido barrio de Embajadores cuando escuchó los gritos que alguien dirigió contra él: “Había dos chicos, dos hombres sentados en el suelo y me gritaron algo del coronavirus muy alto y agresivo”, explica la víctima en la Cadena Ser.

Por el testimonio del joven agredido de 29 años nos enteramos del otro gran drama, no el que están sufriendo los infectados por el germen ni los familiares de los fallecidos, sino el de los estigmatizados, el de los “parásitos” −ahora que está de plena actualidad la película de Bong Joon-ho ganadora del Oscar−, el calvario que sufren las minorías étnicas, sobre todo los chinos a los que se empieza a culpabilizar ya de haber propagado el Covid-19 por haber comido carne de pangolín o de rata, por ser confucionistas o simplemente rojos seguidores de Mao. Cualquier excusa sirve cuando de lo que se trata es de encontrar una cabeza de turco en la que volcar la ira, el pánico y la neurosis. Siu asegura que desde que estalló la pandemia ha tenido que acostumbrarse a escuchar este tipo de comentarios racistas que tratan de relacionarlo constantemente con el coronavirus. Al menos diez ataques en los últimos meses. “Es verdad que cada vez que salía a una discoteca o a un bar, un chico o una chica me decía algo del coronavirus”, asegura Siu, que es profesor de matemáticas e inglés.

La última vez ya no pudo más y respondió a los insultos. Harto de la injusta persecución les replicó: “Callaos gilipollas”. Los agresores se ensañaron con el chico, que huyó como pudo. “Me desperté el sábado por la mañana y esto pasó el jueves por la noche a las dos. Entonces me pasé casi un día y medio inconsciente”. Siu estuvo 36 horas sin recordar nada, tal fue la paliza que recibió. Ahora se recupera de una herida con más de 30 puntos de sutura que recorre su cuerpo desde el cuello hasta la parte superior del cráneo. “Me han dicho que me quedan tres días porque me tienen que meter en una máquina para escanear la cabeza”, asegura dolorido, aunque confía en que los médicos le den pronto el alta.

Los discursos xenófobos a cuenta del coronavirus son cada vez más frecuentes. Cualquiera de nosotros puede escucharlos en el autobús, en la tienda o en el Metro (imagínense lo que puede ser para un ciudadano chino sentir las miradas de pánico y desprecio de todo aquel que pasa por su lado). En España los discursos antiimigración provienen de Vox, el partido ultraderechista de Santiago Abascal, que ahora arremete contra el Gobierno de Pedro Sánchez por no haber sabido frenar la expansión de la epidemia. “Hace semanas pedimos en el Congreso de los Diputados el control de las fronteras”, asegura la formación verde en una nota de prensa remitida a los medios de comunicación. Javier Ortega Smith, secretario general y uno de los últimos infectados, ha denunciado en más de una ocasión que la inmigración ilegal puede traer a Europa y a España “pandemias erradicadas”. “Nadie realiza un estudio a fondo a las cientos de personas que entran en España, por lo que es posible que entren en Europa enfermedades como la tuberculosis o el ébola”, ha llegado a decir. En realidad se trata de un bulo más de Vox, ya que todos los estudios de organismos oficiales demuestran que no hay nada que nos lleve a pensar en una relación directa entre infecciones e inmigración.

Pero el discurso xenófobo va calando y abrazar a un asiático o darle un beso en la mejilla se ha convertido (lo han convertido) en una práctica de riesgo que con el tiempo nos hará más hipocondríacos, más fríos y herméticos, más intolerantes. Mientras tanto, decenas de bazares chinos, esos a los que antes entrábamos con total tranquilidad para comprar un martillo o un bote de pegamento, están cerrando sus puertas y muchos inmigrantes se meten en sus casas para que no les señalen con el dedo. Es la otra pandemia, la pandemia del miedo mezclado con odio, tan cruel e injusta como puede ser la propia maldita enfermedad.

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