Más de 1.300 millones de trabajadores perderán sus empleos por el cataclismo del coronavirus, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT). A su vez, 400 millones de empresas cerrarán y la riqueza del planeta disminuirá bruscamente más de 12 puntos. En los próximos meses, quizá años, el mundo va a quedar devastado por el huracán covid-19, hasta tal punto de que los historiadores creen que la humanidad se enfrenta no solo a un cambio de ciclo, sino a un cambio de época, de edad, de tiempo histórico. Nos encontramos ante el escenario de una crisis solo comparable a la que vivió el ser humano en el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna (cuando entraron en contacto dos mundos desconocidos hasta entonces como América y Europa) o cuando cruzamos el umbral de la Época Contemporánea (con el estallido de la Revolución Francesa, que cambió mentalidades y conciencias).

De buenas a primeras la sociedad del consumo desbocado se ha venido abajo como un castillo de naipes y nos han devuelto a una especie de nuevo medievo, una economía de subsistencia con remiendos de calcetín, pan casero y escasez de todo. Las colas de los bancos de alimentos se llenan de gente, personas y familias que nunca antes se habían visto en la indigencia y que piden para sobrevivir. De repente, Madrid se ha convertido en una de esas ciudades hambrientas de Mali o Etiopía donde los misioneros de Cáritas y la beneficencia son la última esperanza de llevarse algo a la boca. Ya tenemos el Tercer Mundo a la puerta de casa y los gobiernos tendrán que invertir monstruosas cantidades de dinero en Sanidad, en ayudas, en prestaciones sociales.

Todo un viejo orden capitalista mundial (que venía dando síntomas de agotamiento con graves problemas como el hambre, la desigualdad o el cambio climático) se ha desplomado de la noche a la mañana. El sistema posindustrial, estructurado alrededor del dios dinero, de las Bolsas neuróticas, de los bancos crueles, de las gigantescas multinacionales y las voraces compañías de seguros, ha colapsado definitivamente por efecto de un simple bichito microscópico que mide la milésima parte del grosor de un cabello y que ha salido del infierno para ajustarnos las cuentas por los desmanes neoliberales.

El covid-19 ha llegado para poner a la especie humana en el lugar que le corresponde, no en el escalafón superior como dueña y señora de la Tierra por encima de los demás seres animales y vegetales, sino en la base, en el sótano, sometida a las mismas leyes deterministas de supervivencia, enfermedad y muerte que una hormiga o un roedor. El coronavirus ha venido para recordarnos lo que somos en realidad. No un ser inmortal que viaja por el espacio e inventa sofisticadas máquinas para comunicarse a distancia, sino un insignificante primate que un día descendió del árbol para destruir un planeta modesto que orbita una estrella mediocre en una galaxia del montón.

Nos creíamos a salvo de todo, invulnerables, el ombligo del universo. Disfrutábamos de un mundo de ocio y placer, de parques, cines y terrazas, de baños en la piscina y en el mar y paseos en aviones y cruceros. Pero el agente patógeno ha brotado para sacarnos de nuestro sueño de ciencia ficción y para arrebatarnos no solo la salud y la vida, sino lo que es todavía más importante: la libertad. La vida que viene, la “nueva normalidad” que ya nos están proponiendo, nos atormentará con la obsesión constante por el contagio, la frialdad de los sentimientos y los extenuantes protocolos higiénicos. Tomarse una caña en un bar será un deporte de alto riesgo; entrar en un museo o un teatro una peligrosa ruleta de la muerte. El turismo internacional será cosa de locos o aventureros. Nadie querrá viajar al otro lado del planeta para encerrarse en la habitación de un hotel probablemente contaminado. Poco a poco nos iremos acostumbrando a que un enfermero envuelto en un traje espacial nos meta un bastoncillo por la nariz sin preguntar y nos aplique el incómodo termómetro a la entrada de un estadio de fútbol, en el Metro o el aeropuerto. Ya se diseñan playas delimitadas, geométricamente cuadriculadas, para que unos no se toquen con los otros; normas de estricta distancia social en calles y jardines; restaurantes con mamparas de cristal donde los de la mesa contigua serán potenciales criminales contagiosos.

Sentiremos terror a abrazar a un amigo; veremos a nuestros padres y abuelos a dos metros de distancia para no matarlos de neumonía. Viajaremos en trenes y aviones casi vacíos, desolados, silenciosos. Nadie dará los buenos días, nadie estrechará la mano, nadie hablará con nadie. La seguridad sanitaria se impondrá al libre albedrío, la policía detendrá al infractor como posible asintomático, los protocolos de prevención sustituirán a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Nada de lo que habíamos conocido será igual y sin embargo renunciaremos a todo lo bueno de la vida de antes solo para seguir viviendo un día más sin contagiarnos. El “mundo poscovid”, neurótico hasta la hipocondría enfermiza, hipervigilante ante la amenaza del germen, cotizará el gel desinfectante a precio de barril de brent, impondrá la mascarilla en las pasarelas de moda y nos encerrará en nuestras casas y en nosotros mismos hasta convertirnos en una nueva especie. Seres obedientes y robotizados enganchados a sus aparatos electrónicos; especímenes que apenas saldrán diez minutos de sus madrigueras para comprar comida; animales huidizos y huraños que pagarán el precio de renunciar a la cordialidad, a la amistad y al amor para no terminar en la sala de un hospital atestada de gente poseída por la extraña enfermedad y el miedo.

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