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El Constitucional fusila a Lorca otra vez

El tribunal no aprecia trascendencia jurídica en el recurso presentado por la nieta de uno de los represaliados y enterrados junto al poeta

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El mismo día que el Tribunal Constitucional tumbaba el estado de alarma de Pedro Sánchez, los magistrados del Alto Tribunal tomaban otra polémica decisión que dice muy poco sobre el respeto a la memoria histórica y a la dignidad democrática de este país: rechazar el recurso de la nieta de Dióscoro Galindo, el maestro de escuela republicano fusilado y supuestamente enterrado junto a Federico García Lorca aquella dramática y sangrienta jornada de agosto del 36 en Alfacar (Granada).

Nieves García (así se llama la infatigable luchadora que pretende restaurar el honor de su abuelo) no pretendía abrir viejas heridas, ni iniciar una segunda guerra civil española, ni siquiera comenzar una batalla política contra la intransigencia de Pablo Casado y Santiago Abascal, siempre reacios a la reparación moral de las víctimas de los crímenes franquistas. Simple y llanamente, Nieves sabe que los restos de su abuelo están ahí, en esa fosa común (donde por cierto también yacen dos banderilleros anarquistas fusilados por los nacionales) y quiere recuperarlos para darle una sepultura digna.

El argumento que en esta ocasión esgrimen los jueces del TC para rechazar el recurso es que no aprecian “la trascendencia constitucional que, como condición para su admisión, requiere”. Otra vez el lenguaje jurídico abstruso y farragoso. Otra vez las coartadas y formalismos para no entrar en el fondo del problema. ¿Acaso no tiene trascendencia constitucional recuperar los restos de nuestro escritor más universal y sus tres compañeros de infortunio para darles la sepultura y el homenaje que se merecen? ¿Es que no es esta una cuestión de pura lógica y humanidad? Hablamos de asesinatos, de personas pasadas por las armas y arrojadas después, como animales o bestias de carga, a un hoyo inmundo.

Han sido demasiadas décadas de ignominia, de silencio y de encubrimiento de graves crímenes contra la humanidad que deben ser esclarecidos. Llegados a este punto, tenemos que preguntarnos para qué queremos a unos magistrados que no se atreven (o no quieren por propia ideología) resolver la causa más noble que haya caído jamás en sus insignes manos. No hay un mandato constitucional más perentorio y urgente que proteger los derechos de una mujer que busca los restos mortales de su abuelo víctima de un crimen execrable. Pero sus señorías de las togas y las puñetas han entendido que, una vez más, debe prevalecer el procedimiento sobre la justicia real, la forma sobre el fondo, la pulcritud de la maquinaria procesal sobre la reparación moral de las víctimas, y han cerrado el caso alegando que aquí no hay nada que dirimir, nada que ventilar, nada que zanjar jurídicamente. A tomar viento fresco, carpetazo y a otra cosa, aquí paz y después gloria. La nieta del fusilado, si lo desea, que se conforme con entretenerse un rato, los domingos por la tarde, mirando las fotos amarillentas del familiar desaparecido. Pocas decisiones judiciales tan crueles como esta. Pocas resoluciones tan frías, tan desgarradoras, tan insensibles y descorazonadoras.

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Un juez puede saber mucho de leyes, pero si le falta corazón, sentido común y humanidad cometerá una injusticia tras otra. Menos mal hacen los delincuentes que un mal juez, ya lo decía Quevedo, y sin duda habrá un antes y un después tras esta sentencia que a cualquier persona de bien le hace perder la fe y la confianza en el sistema. Ha sido un golpe duro a la democracia, quizá más bajo y cruento todavía que la resolución contra el estado de alarma sanchista, una medida excepcional que no tenía otra misión que la de salvar vidas humanas y que también se han cargado los magistrados del TC haciendo prevalecer los absurdos ritualismos de la Justicia sobre la razón de Estado, sobre la lucha sanitaria eficaz contra la pandemia y la lógica más elemental. Por lo visto, lo que pretenden los jueces del Alto Tribunal es que la próxima vez que estalle una plaga vírica nos dediquemos, durante quince días y en interminables debates bizantinos en el Parlamento, a examinar los pros y los contras del estado de alarma y el estado de excepción. Y mientras se celebra ese congreso de ciegos leguleyos, miles de españoles agonizando en los hospitales, la Sanidad colapsada y el caos invadiéndolo todo. Solo una mente maquiavélicamente dirigida por intereses políticos puede llegar a comprar ese discurso y a justificar semejante desatino.

El Constitucional y la reparación moral

Pero volvamos al desdichado Dióscoro Galindo y a su infatigable nieta Nieves. Ya dijo el propio Casado que quienes buscan los restos de sus seres queridos son unos carcas que andan todo el día con la fosa de no sé quién. Aquello fue una declaración de intenciones. Para el eterno aspirante a la Moncloa, Lorca y sus hermanos en la muerte son unos no sé quién, unos don nadie por los que no merece la pena mover un solo dedo, unos tipos a los que mataron en Granada o por ahí, qué sé yo, déjeme usted en paz que tengo reunión con Abascal para reinstaurar el Antiguo Régimen y ya llego tarde.

Lamentablemente, la filosofía negacionista del ínclito jefe de la oposición ha calado hondo en las instituciones, tanto como en el TC, que entiende que rescatar los huesos de unos ejecutados vilmente no tiene nada que ver con los derechos humanos, sino que es una pérdida de tiempo. Ya se enterarán estos señores que controlan la democracia “desde detrás” lo que vale un peine. Ya caerán en la cuenta del error que han cometido cuando Nieves García coja los papeles, los expedientes, las pruebas y el infame recurso del Constitucional y se vaya derechita a Estrasburgo, donde sin duda habrá unos jueces franchutes con pelucas blancas mucho más concienciados y versados que los nuestros en derechos humanos, en democracia, en memoria histórica y en primordial humanidad. A Nieves no la derrota un tribunal ni le ha dado un revolcón la justicia española, que es cada vez menos justicia y más política, sino los peones en la sombra de Vox que ya están infiltrados en todas las instancias y magistraturas del Estado, desde donde mueven los hilos del reaccionarismo de nuevo cuño.

Qué gran poema hubiese compuesto nuestro Federico con esta tragedia incomprensible de nuestro tiempo. Hoy, nuestro escritor más universal gritaría aquello de “que no quiero verla”, pero no a propósito de la sangre taurina y gallarda de Ignacio Sánchez Mejías, sino sobre esa sentencia o papelamen que ha parido el Constitucional para que no se remueva más el asunto, o sea, para que no se toque el hoyo al que arrojaron al varón con más talento que ha dado España y a otros tres humildes hijos del pueblo.

A Federico lo fusilaron una vez, pero llevan enterrándolo, de mala manera, casi un siglo. A Federico esta vez le dan el paseíllo con paredón con una ráfaga de tecnicismos legales y latinajos del Código Civil en la última trinchera entre el fascismo y la democracia, entre el crimen y la verdad, entre el olvido y la memoria. Lo condenan a “cuerpo sin posible descanso”, como decía el maestro en uno de sus poemas inmortales. Ese es el inmenso drama de este país: que se niega a sacar a sus represaliados de las cunetas por un extraño síndrome de Estocolmo con el tirano del Ferrol.

Nuestro Tribunal Constitucional, la gran cumbre de nuestra democracia, el piramidión de nuestra arquitectura en derechos y libertades, la Biblia en verso de nuestro ordenamiento jurídico, le dice a una señora que se vuelva para su casa, que el cadáver de su abuelo, un maestro sabio y bueno, tiene que seguir ahí abajo, pudriéndose en las entrañas del franquismo, criando malvas en las cloacas del totalitarismo a las que fue condenado, implorando justicia en una zanja de mala muerte, de desmemoria y de abandono. ¿Pero qué democracia es esta? ¿Pero qué farsa nos han vendido los cómplices y herederos de aquellos golpistas que acabaron con el sueño de una España republicana y plenamente democrática? Los falangistas mataban con sus balas asesinas; los de ahora matan con su silencio, su miedo y su respeto reverencial al Caudillo.

Tenemos que sacar a Federico y a sus compañeros del agujero de la historia para llevarlos a un edén fresco y luminoso entre fuentes cristalinas, nardos y zarzamoras. Por mucho bodrio jurídico que aleguen los dioses del TC, mientras no lo hagamos no podremos decir con seguridad y con orgullo que los españoles gozamos de una democracia plena y consolidada. Una vez más, han ganado la guerra los hombres de voz dura, los que doman caballos y dominan los ríos, como decía Federico. Maldita sea.

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