Quizás nos equivocamos en la forma de enfrentar a los hombres a la realidad de las desigualdades y violencias machistas que padecen las mujeres. Puede que no estemos sabiendo vencer las barreras y miedos de su masculinidad, y descompensar así las múltiples y poderosas armas de un sistema patriarcal que de forma poderosa y machacona nos da argumentos para la autodefensa y la protección –muchas veces violenta– de nuestros privilegios. No lo sé, pero la realidad es que el discurso igualitario no llega a muchos de nosotros, e incluso a algunos les pone en guardia. Pienso que deberíamos replantearnos las estrategias, si queremos que sea comprendido y compartido, por quienes tenemos la responsabilidad de cambiar, y comenzar a disminuir este desequilibrio existente entre ambos sexos.

Porque ante las políticas de igualdad y el avance del feminismo, muchos hombres se sienten agredidos por unas medidas que entienden que solo favorecen a las mujeres, y se olvidan de ellos, de cómo les afectan, y cuáles son nuestros sentimientos.

Pero de esta actitud no somos los únicos responsables, pues la acciones que en favor de la igualdad se vienen desarrollando, en su mayoría gestionadas por políticos hombres, se han olvidado sistemáticamente de nosotros, ignorando que, para su consecución, es importante nuestro cambio.

Este abandono ha llevado a muchos, a la errónea, y a veces malintencionada percepción, de que la igualdad nos perjudica, e incluso a sentir que las leyes les discriminan y maltratan, por el mero hecho de ser hombres, y hasta que el enemigo oculto y no declarado del feminismo somos nosotros.

Para eliminar esta creencia, y convencer a los hombres de que el fin del feminismo no es otro que la igualdad, y que esta nos beneficia, es necesario que las políticas públicas se ocupen de nosotros, y que entre las que se establezcan se discriminen positivamente aquellas que, sin significar una disminución de las destinadas a las mujeres, nos beneficien a ambos.

Revisar estas estrategias, y formular nuevos planteamientos. Revalorizar las tareas del hogar y los cuidados, de forma que no las percibamos como un signo de desprestigio social, educar en otras masculinidades para no tener que sentirnos mal, ni menos hombres, y no tener la obligación de responder al modelo hegemónico en el que hemos sido educados.

Convencer a los hombres que la igualdad mejora nuestras vidas, porque con ella es probable que dejemos de encabezar las listas de lo negativo, el fracaso escolar, y la exclusión social, los problemas de salud, o nuestra esperanza de vida, hoy en Andalucía vivimos ocho años menos que las mujeres.

 

Construir y redefinir la paternidad, conscientes de la importancia que como padres tenemos en la educación de nuestros hijos e hijas, basados en un reparto equitativo de las tareas, en unas relaciones personales pacíficas y respetuosas, eliminando la actual educación sexista, la homofobia, los distintos mensajes y estereotipos que transmitimos a niños y niñas, normalizar nuestros comportamientos con la homosexualidad, la transexualidad, las lesbianas, lo diverso y diferente. Los programas para hombres deben ser considerados muy seriamente como una de los caminos para nuestra implicación activa en este bonito proceso de cambio hacía la igualdad.

Los hombres debemos oponernos a la ofensiva contra la igualdad que se está desplegando por todo el mundo, y que especialmente en Andalucía comenzamos a sentir con la llegada de la ultraderecha a las instituciones públicas, y hacerlo con nuestro cambio personal y la implicación activa en aquellos ámbitos que permitan el desarrollo de las mujeres, y un reparto igualitario de los espacios y responsabilidades que nos afectan a todos y todas.

Es preciso que cambiemos las formas de entender y acercarnos a actividades, actitudes y comportamientos que vulneran los derechos de las mujeres, las explotan, marginan y cosifican, como la prostitución, la trata y explotación, los vientres del alquiler o la pornografía.

La igualdad no necesita ni demanda nuevos machos, y sí hombres igualitarios. No podemos aceptar la normalización de las desigualdades y las violencias. Tenemos de una vez por todas que declararnos insumisos del patriarcado, el machismo, y todo un sistema social, político y económico que legitima y naturaliza las jerarquías, y un mundo tremendamente desigual. Es el momento de asumir nuestra responsabilidad, dar un paso adelante, y demostrar que nuestro compromiso es real y verdadero.

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