El móvil de Rosa tenía seis llamadas perdidas de su hermana Carmen. Le extrañó, solo se ponían en contacto una o dos veces al mes para intercambiar impresiones y algún que otro cotilleo familiar. Decidió contestar:

  • ¿Carmen? Hola… qué pasa, tengo varias llamadas tuyas …
  • Hola Rosa… Sí, es por mamá… Mira, ya sé que no te gusta la idea de ingresarla en una residencia pero… —Rosa suspiró hastiada, esa conversación ya la habían tenido un sin fin de ocasiones. Conocía a Carmen y sabía que el único propósito de esta era la venta de la casa materna —… es que esta muy mayor, te guste o no, necesita ayuda diaria. No basta con que vayamos un par de horas, creo que ha perdido la cabeza. Hoy, sin ir más lejos, y por eso te he llamado, cuando la he llevado la compra me ha dicho que entra en su casa una mujer que la mira y… bueno, en fin, cosas muy raras propias de alguien que no rige bien.

Rosa suponía que, como siempre, Carmen exageraba. Su hermana necesitaba dinero y la venta del piso de la madre le urgía. Tenía apuros económicos que, por desgracia, la perseguían desde que se casó. Por eso cada vez que mantenían una charla sacaba el tema de la residencia de ancianos. Pero ahora, Rosa, pensó que la estrategia de Carmen para salirse con la suya alegando que su madre estaba senil era descabellada e incluso cruel. La contestó un tanto contrariada.

  • Vamos a ver… Yo la visito casi todos los días, ayer estuve en su casa y no me pareció que desvariase…, es más, hace planes y me comentó que quiere hacer obra en la habitación de matrimonio para agrandar el armario empotrado, el del espejo… —Carmen la cortó.
  • Que no Rosa, tú no quieres ver la realidad, te digo que no está en sus cabales ¿es lógico lo del armario, para qué? Me molesta que no me creas, ya sé que piensas que solo me preocupa sacarle beneficio a la casa, y estas equivocada, claro que me vendría bien el dinero…, pero ante todo lo más importante es el bienestar de mamá y lo mejor para ella es que esté controlada día y noche por profesionales.
  • Chica, no sé… Ya te digo que yo la encuentro estupenda para la edad que tiene. Pero si tú lo dices… Esta tarde me acercaré a verla. Ya te contaré. Venga, da un beso a los niños, adiós.

Rosa, molesta, finalizó la llamada. Le irritaba sobre manera que su hermana pequeña fuese tan interesada. Ciertamente la madre era ya una anciana pero de ahí a decir que chocheaba había un abismo. Sí, reconocía que contemplar la posibilidad de que su querida mamá sufriese alguna de esas enfermedades horribles, y no la identificase o que se olvidara de toda su existencia, le aterraba. No se hacía a la idea de que algún día su progenitora falleciese, aunque fuese ley de vida. Sonó el teléfono fijo, en el visor apareció el número de su madre. Descolgó.

  • Rosita, hija ¿eres tú?
  • Sí mamá ¿Qué tal estas?
  • Pues preocupada…
  • ¿Y eso?
  • Nada, Carmencita, que ha venido con una señora y le ha estado enseñando la casa…, ya le he dicho que no quiero vender… ¿vas a venir a verme, hija?
  • Sí, esta tarde te hago una visita.

Rosa colgó indignada por la desfachatez de su hermana ¿cómo se atrevía a insinuar que le importaba “¡el bienestar de mamá!” mientras mercadeaba con su propiedad delante de sus narices? No lo consentiría. Le puso un mensaje de whatsapp: Esta tarde, a las seis, en casa de mamá, tenemos que hablar. La hermana contestó con un escueto: Okis.

Rosa se malició imaginando que Carmen se estaría haciendo ilusiones sobre el piso… Desenmascararía los verdaderos motivos que arrastraban a su hermana a hacer semejantes sentencias sobre el sano juicio de su madre. “Esta se va a llevar un chasco cuando la diga cuatro cosas bien dichas”, pensó adoptando un rictus sardónico.

Las hermanas se encontraron en el portal. Carmen se extrañó de la frialdad de Rosa al saludarla. Abrió Rosa la puerta del domicilio y preguntó:

  • ¿Mamá dónde estás?

La anciana apareció sonriente y le dio un beso, al ver a Carmen echó un paso atrás con cara de asombro.

  • ¿Qué hace ella aquí? —preguntó seria.
  • Mamá tenemos que hablar las tres…

Pero la mujer se puso un dedo en la boca insinuando que se callara. Rosa enmudeció. Luego le hizo una señal para que la siguiera y cuando Carmen hizo ademán de acompañarlas le indicó el sofá para que se sentase, y así lo hizo. Rosa y su madre se adentraron en el pasillo hacia el dormitorio principal mientras la octogenaria le susurraba:

  • Ven… está en la habitación.
  • ¿Quién mamá, quién ha venido y por qué está en tu cuarto?

Entraron en la alcoba y quedaron frente al armario, reflejándose ambas en el espejo de la puerta.

  • Ves, la vieja esa es la que trajo tu hermana para comprar la casa, se ha instalado dentro del armario… por eso quiero agrandarlo. No me molesta, solo me mira sin decir nada. ¿Oye, y esa que ha venido contigo quién es?
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Escritora, autora de JUEGOS REVUELTOS, ganadora del III Premio de Narrativa Gavia Blanca.

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