Sentado sobre una gran losa de granito, Esiquio, desenvuelve con cuidado el papel aluminio que recubre un jugoso bocadillo de tortilla. Su jefe, Braulio, está ahora mismo engullendo unas carísimas angulas en el lujoso restaurante en cuya puerta Esiquio tiene fijada la mirada por si su jefe le da por adelantar la salida. Si eso sucede, deberá abandonar allí mismo el “boccato di cardinale” que Rosa le ha preparado con tanto amor a las siete de la mañana. Esiquio es el conductor del lujoso Mercedes S560e de Braulio, un empresario de éxito que no repara en gastos si se trata de sus caprichos pero un grandísimo tacaño cuando se trata de sus trabajadores. Esiquio, por ejemplo, conductor, asistente personal, mozo, secretario, relaciones publicas y hasta alcahuete, tiene un contrato de cuatro horas por el que cobra poco más de mil euros, las tres partes en B, pero todos los días está, como un clavo, en casa de su señor a las ocho y media de la mañana y regresa a la suya, generalmente a las nueve de la noche aunque hay días que le dan las dos de la mañana. Hoy tiene suerte porque el sol de primavera ha calentado la losa de granito en la que está sentado al sol mientras disfruta del bocadillo que es su comida principal. Pero cuando llueve o hace frío, debe buscarse la vida para que mientras espera, hacer del bocadillo del día su manjar, mientras su jefe se mete entre pecho y espalda un pedazo jugoso de foie con mermelada de higos negros de Egipto, una docena de ostras o un besugo al horno con papas moradas del altiplano. Porque en el coche, no puede ni toser a no ser que quiera acabar en el paro como su antecesor.

La comida, si su jefe no acaba cabreándose con los invitados (cosa que ocurre con demasiada frecuencia), hoy políticos de los que pretende una recalificación de un solar industrial en el que ambiciona construir un edificio de apartamentos de lujo, acabará sobre las cinco de la tarde. Luego le llevará a casa y tendrá que atravesar toda la ciudad, en busca de unas latas de caviar iraní, con la que celebrarán en casa de su señor el cumpleaños de Lassie, una de sus perras. El caviar, por supuesto es para los chuchos. Ellos, han contratado a un chef con una estrella Michelín para que les cocine en su mansión algunos de los platos más exitosos de su restaurante.

Mientras disfruta del jugoso bocadillo de tortilla hecho con pan casero (porque sale más barato), observa a una de las ayudantes de cocina del restaurante que se ha escaqueado del trabajo, saliendo por la parte lateral a fumarse un cigarrillo. Se parece a Mislady, una de las chicas peruanas que servían en casa de su jefe. Aunque no puede ser porque la acabaron deportando. Hace como un año y poco, haciendo mahonesa en un robot de cocina, tuvo la mala suerte de meter una espátula dentro del vaso. El cacharro no estaba desenchufado, y sin saber muy bien cómo, se puso en marcha. La espátula de acero, salió despedida y le rasgó un ojo y parte de la cara. La muchacha no estaba dada de alta en la Seguridad Social. Su señor se la llevó a una clínica privada. Allí la curaron y estuvo casi dos semanas hospitalizada. Pero perdió el ojo. Don Braulio la dijo que no se preocupara que todo estaba solucionado y que, como prueba de afecto, él pagaría los gastos médicos y no se los descontaría del salario, aunque debería, en compensación, trabajar dos horas más al día. Entrar a las siete de la mañana para hacerse cargo de los desayunos familiares y acompañar a sus hijos al colegio. La pobre Mislady, confusa, en un principio le dio las gracias por ser tan comprensivo y amable. Pero al día siguiente, se presentó en la casa exigiendo una compensación económica por la pérdida del ojo.

Una semana después, la pararon en la calle, la pidieron el permiso de residencia y como no lo tenía, en un caso extraordinariamente raro, la llevaron al aeropuerto, la metieron en un avión y la deportaron a Perú.

Esiquio ha pegado el último mordisco al bocadillo. Su jefe aparece en la puerta del restaurante. Parece que el negocio ha ido mal. Tendrá que tener cuidado para no ser él el que pague los platos rotos.


 

EL AUTOBÚS

 

Decía mi compañera de lucha Eva @evanpezu en un twit lo siguiente:

El incendio en Notre Dame deja claro que cuando cientos de ricachones y emporios multinacionales quieren, son capaces de sacar de sus cuentas en paraísos fiscales millones de euros. Parece pues evidente que podrían hacerlo para algo más humano que reconstruir una joya del gótico. Podrían hacerlo, si quisieran, para invertir en proyectos desarrolladores que sacaran de la indigencia a los países del mal llamado tercer mundo y que fijaran su población. Con ello no haría falta poner concertinas, ni tener cientos de kilómetros de vallas, ni siquiera los miles de guardianes en las fronteras. Podrían extraer de sus cuentas en Bahamas, Liechtenstein o Panamá, capital suficiente para acabar con la pobreza en los extrarradios de las grandes ciudades de Europa. Podrían usar ese capital para crear trabajo digno en sus países de origen y no para presionar gobiernos que les permitan despedir legalmente sin justificación, que camuflen legalmente sus abusivos contratos de trabajo temporal y precario o que les permitan dejar de pagar los impuestos que por sus ganancias deberían, perjudicando nuevamente a los más desafortunados que dependen de los servicios públicos cuyo funcionamiento ha dejado de ser eficaces por la falta de financiación que a su vez es también fruto de su apuesta por el negocio con la enfermedad y la educación de los pobres.

Claro que eso sería ir contra sus propios intereses porque en este sistema de hijoputismo especulativo que han venido a llamar neoliberalismo o neofascismo, para que unos pocos sean tremendamente ricos, tiene que haber muchos, muchísimos que naden en la miseria. Aunque lo peor de todo esto es que, hay cientos de indigentes intelectuales que, siendo pobres, teniendo un trabajo de mierda o no teniéndolo, ven con mejores ojos que estos ricachones poderosos utilicen el capital que les han sustraído en reparar una catedral que la mayor parte de ellos no verán jamás en persona a que con lo mismo, que para mejorar la vida de la humanidad porque eso, es de comunistas.

Este vídeo de la ilustradora Clara Neón, se ha hecho viral entre los actores que siempre están dispuestos a nadar pero sin mojarse, lo que se definió hace un tiempo como equidistancia:

Como forma de fomentar la participación en las elecciones es original, directo y atractivo para el personal que abunda en Instagram o Twitter, chavalería en general, que no aguantan más de diez segundos viendo un corto o leyendo un mensaje.

Como compromiso con la sociedad yo añadiría que votar es como coger un autobús en la madrileña plaza de Atocha de los años 80. Ninguno te va a dejar en el rellano de tu casa, pero si coges la línea equivocada puede llevarte a las Barranquillas, dónde te ofrecen libertad y un viaje gratis a paraísos extraños de felicidad pero que en realidad, detrás de ese eslogan barato, está una vida de mierda llena de fallos multiorgánicos que quebrantarán tu salud y acabarás como un zombi enganchado a un sistema en el jamás podrás alcanzar aquello que tanto anhelas.

El trifachito es la heroína del siglo veintiuno. Bajo su promesa de una vida mejor sin esfuerzo, sin impuestos, sin coste para ti, te están metiendo el veneno que te ha dejado sin la sanidad universal y pública, a tus hijos sin la posibilidad de salir del escalón social en el que tú te encuentras porque para estudiar hay que tener posibles y además el pensamiento que ellos quieren y en un remolino de esclavitud del que la única salida es la muerte.

Es una pena que se quemara Notre Dame. No hay repuesto posible para algo que solo el tiempo lo ha hecho tan valioso.

Pero entre una joya arquitectónica y la vida de las personas, yo me quedo con la vida. Y desgraciadamente no han dejado sitio para las dos. Así que tú decides. Más fachada, más veneno, más viajes a venus que te acaban pudriendo los dientes, el hígado y los riñones o un futuro en el que tú seas capaz de decidir lo que quieres (a lo mejor sigues queriendo el viaje a venus, pero al menos lo habrás elegido libremente). Más pobreza, miseria, trabajo precario y una vida para tus hijos peor que la tuya, o trabajo y salario digno, apoyo económico para cuando no lo tengas, medicina pública y universal, educación para todos y servicios públicos universales y no en función de si vives en una gran ciudad o perdido en medio de la estepa castellana.

España, no se come. Ni te lleva a los niños al colegio, al pediatra, ni paga tus medicinas. Todo eso lo haces tú. Y da igual si el lugar dónde vives se llama España, Cortilandia o Penibetia. Porque al final, el que vives eres tú.

El domingo 28 vota. Y hazlo por ti. Votar trifachito es votar por España, pero no por ti.

Salud, feminismo, república y más escuelas (públicas y laicas).

Compartir
Artículo anteriorEl sistema sanitario
Artículo siguienteUna teoría de futuro
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

20 − cinco =