Esposado y sentado a la derecha, el ladrón de bancos Willie Sutton.

J.R. Moehringer es un escritor total. Como lo es el Nobel colombiano Gabriel García Márquez –palabras mayores–, total en el sentido de aglutinador de las más insignes esencias de dos disciplinas, el periodismo y la narrativa, cada vez más hermanadas y encantadas de entenderse entre sí. No sabemos en este caso si el Moehringer periodista fue el que perfiló al excelente narrador que es, o fue el escritor el que echó mano de las herramientas del periodismo para ensamblar un estilo creativo perfectamente identificable y particular donde el dato preciso, el diálogo perfecto y la frase necesaria se aúnan en una simbiosis ejemplar. Con la publicación ahora en España de A plena luz (Duomo), aparecida en Estados Unidos en 2012 con el título original de Sutton, lo demuestra de nuevo con creces.

En Moehringer, un estilo creativo perfectamente identificable y particular se aúnan en una simbiosis ejemplar con el dato preciso, el diálogo perfecto y la frase necesaria

El protagonista absoluto de esta historia –real como la vida misma y como todas sus propuestas narrativas– es el considerado mayor atracador de bancos de todos los tiempos, Willie Sutton (1901-1980), neoyorquino de Brooklyn y ascendencia irlandesa que pasó más de la mitad de su vida adulta entre rejas, y de cuyas prisiones logró huir hasta en tres ocasiones. Obtuvo un botín estimado de más de dos millones de euros.

Tanta es la fama de Sutton que incluso ha dado nombre a una ley de la medicina. La denominada Ley de Sutton es aquella que hace ver al facultativo que para dar cualquier diagnóstico lo primero a tomar en consideración es lo más obvio. Esta máxima tiene su origen en una frase de dudosa procedencia que se achaca al propio Sutton al comienzo de sus correrías delictivas cuando le preguntaron que por qué robaba bancos. “Robo bancos porque es allí donde está el dinero”. Tal cual. El ladrón la achaca a un periodista con ínfulas de novelista.

Moehringer, también ciudadano neoyorquino nacido en 1964 y licenciado en la prestigiosa Universidad de Yale, destapó el tarro de sus esencias periodísticas en The New York Times. De ahí pasó a Los Ángeles Times cuando sus jefes de la insigne cabecera de Nueva York le invitaron a irse. El cambio de aires le vino bien porque en la costa oeste de su país fue donde obtuvo el Premio Pulitzer de Periodismo en el año 2000.

Su nombre saltó en 2008 al primer plano de los anaqueles de las librerías de todo el mundo con la aclamada autobiografía de André Agassi Open, que el ex tenista rogó encarecidamente que le escribiera después de emocionarse con la lectura de la biográfica y entrañable El bar de las grandes esperanzas (2005). Durante su etapa de reportero en Los Ángeles Times también escribió El campeón ha vuelto (también publicada en España por Duomo), sobre la vida del ex campeón de boxeo profesional Bob Satterfield, que en 2007 fue llevada al cine.

El escritor J.R. Moehringer.

Historias de perdedores natos

Todas las historias de Moehringer tienen un denominador común: son vidas tremendamente vivas y palpitantes gracias al buen hacer narrativo de un periodista nato. Cada línea, cada diálogo, cada escena… Todo rezuma verdad y cercanía, tamizado a través de un poso de melancolía que aporta ese granito de arena esencial para que al lector se le encoja el alma en muchos de los pasajes de sus historias. Porque, qué duda cabe, buena parte de sus protagonistas –como el propio Willie Sutton de A plena luz– son perdedores natos con alguna mínima esperanza de redención.

El propio Moehringer asegura en una nota inicial de A plena luz que este libro es su conjetura y también al mismo tiempo su deseo. Y esto es así porque Sutton sólo concedió a lo largo de su azarosa vida una entrevista, pese al furor que ocasionó su última salida de la cárcel el día que consiguió la libertad definitiva en la Nochebuena de 1969.

Al comienzo de sus correrías delictivas, A Sutton le preguntaron que por qué robaba bancos. “Robo bancos porque es allí donde está el dinero”, dijo

Precisamente toda la acción transcurre en las 24 horas siguientes, el día de Navidad. Por un lado, el encuentro presente del periodista y el fotógrafo que acompañaron a Sutton aquel día de Navidad de 1969 por los lugares más emblemáticos de su apasionante existencia. Los bancos que atracó, las prisiones de las que huyó, el Brooklyn en el que creció en un ambiente de necesidades y germinó quien después llegaría a ser… Por otro, la trama atraviesa toda su complicadísima existencia desde la más tierna infancia en el seno de una humilde familia de emigrantes irlandeses. Sesenta y ocho años resumidos por el amor apasionado y mitificado que profesó desde su juventud a Bess, la hija de un acaudalado hombre de negocios de Nueva York, y sobre todo por un ansia de libertad y redención de una sociedad que le obligó a tomar el camino equivocado y ya nunca lo dejó volver por la senda correcta.

En las páginas de A plena luz –una pena que la traducción al español no haya mantenido el más potente título original: Sutton– hay incontables momentos emocionantes, de principio a fin. Moehringer es un mago de la palabra, del diálogo justo, de la descripción precisa. Tiene un don natural, no solo para captar la atención sino sobre todo para evocar lugares y emociones que perduran en el lector.

La lectura absorbente de estas páginas nos transportan al Nueva York de 1969 y sobre todo al de la Gran Depresión de los años veinte. Imaginen a cada instante que suenan de fondo los acordes inolvidables de Ennio Morricone en Érase una vez en América, la inolvidable película de Sergio Leone. Seguro, no podrán evitarlo: el corazón se les encogerá como una pasa, la lágrima estará a punto de brotar y la emoción se contendrá a duras penas. Porque la vida de Sutton contada por Moehringer es de esas historias que resuenan en lo más recóndito de la mente días después de leída la última línea, aunque no haya nada más lejano en nuestro interés personal que saber de los avatares de un atracador de bancos. Eso es lo de menos. Amor, amistad, relaciones familiares, la huella de la infancia vivida entre limitaciones, el insalvable clasismo en épocas de crisis y también en otras, la libertad y la ausencia de ella…

Un hombre que aprendía de Cicerón entre rejas, que buscó siempre el amor como un canario enjaulado ansía trinar en libertad, que atracaba bancos como un actor engalanado en su primera función de teatro, que siempre miraba a su infancia como punto de inicio y final de lo que ya sería el resto de su existencia. En definitiva, una historia apasionante de una vida apasionante. Tan real como la vida misma. Tan impactante como ya Moehringer nos tiene acostumbrados.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here