Fotograma de Blade Runner (1982) dir. Ridley Scott.


La acción de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela de Philip K. Dick en que se basa la película, sucede en 1992. Los responsables del rodaje la trasladaron a 2020, unos cuarenta años después de su estreno. Como 2020 tenía connotaciones militares y ópticas optaron por restar un año y así obtuvimos 2019. Año al que hemos llegado con la secuela de Denis Villeneuve estrenada, secuela que sirvió, por si alguien tenía alguna duda, para descubrir a otro gran maestro de la historia del cine. El evento artístico que espero con más ilusión este año es la estrena de su versión de Dune que, según los visionados beta, mantiene, si no amplía, la excelencia del resto de su filmografía aportando nuevos paradigmas al imaginario colectivo.

Quiero hablar de lo único optimista que proponen tanto Blade Runner como su secuela.

Quiero hablar de la belleza.

Recordemos el inicio. Aquel paisaje preapocalíptico de Los Ángeles abarrotado, contaminado, castigado por una lluvia ácida inclemente que nos muestra una ciudad insegura, con bandas juveniles y refugiados, donde los ricos viven literalmente en el cielo en la cumbre de rascacielos piramidales de tres quilómetros de altura y los pobres duermen al raso abrigados por la basura, donde buena parte de la vida animal se ha extinguido, donde la publicidad sin filtro se ha adueñado de nuestro dominio visual. Aquel paisame que, por encima de toda esta sordidez, es de una belleza absoluta. La película empieza con un primerísimo plano de un ojo fascinado ante la belleza extrema del panorama que contempla.

Vivimos unos atentados ciertamente interesantes de cambiar nuestro paisaje urbano a base de poner verde y más verde. Intentos que apoyo, animo y me creo, aún estando reñidos con la idea que la ciudad, para millones de personas y para mí, es aquello que hemos aprendido a apreciar gracias a Blade Runner: la densidad, la acumulación, la mezcla, una expresión salvaje del pensamiento complejo. Una ciudad vivida de noche, siempre de noche, con los contraluces y los contrastes cegadores y con el tráfico y el ruido y la vida que bulle, que estalla como cuando abres un hormiguero y todas las hormigas salen disparadas en cualquier dirección

Esta capacidad de convertir en paisaje incluso lo más abyecto y peligroso, esta belleza que no te cansas de contemplar, que ha saltado de la pantalla a no pocos de nuestros paisajes urbanos cotidianos, desde cualquier downtown de las ciudades que ni tan sólo saben que lo tienen a un slum donde puedes encontrar más tecnología que la que tenía la NASA hace diez años pasando por cualquier polígono industrial iluminado con sodio a baja presión todo, lo nuevo y lo viejo y lo bello, y nosotros emocionándonos, siendo ese ojo cada día que levantamos la mirada, es aquello con que me quedo de 2019.

Feliz año nuevo.

PD 01-01-2020

Empecé a preparar este artículo el día 29. Al día siguiente moría Syd Mead, el visual futurist de Blade Runner. La película es una obra coral. La ambición de convertirla en lo que es viene de la mano de Ridley Scott, a quien se puede considerar el verdadero autor de la obra. Él se ocupa de dar la profundidad que merece al guión de Hampton Fancher con las reescrituras de David Peoples y, después, con las aportaciones de buena parte de su reparto. Syd Mead entra en la película casi sin experiencia cinematográfica gracias a su prestigio como visionario. Cuando la NASA decide, a mediados de los setenta, reorientar su programa espacial hacia los hábitats geoestacionarios (en los que ya se habían concentrado los rusos, por cierto), Mead estaba allí como arquitecto de habitáculos en gravedad cero. Cuando se desarrolla el Concorde, único reactor comercial que ha sido capaz de conectar dos ciudades principales a velocidades supersónicas, él diseñará sus interiores. Cuando es contactado para Blade Runner Mead tiene dos bases sobre las que trabajar: el imaginario creado por Moebius en la revista francesa Métal Hurlant y la fascinación de Ridley Scott por el Art Déco. El trabajo de Mead muta. Ya no se trata de imaginar futuros limpios, prístinos, perfectos, sino futuros por acumulación de capas sucesivas sobre bases que pueden tener décadas o siglos de antigüedad, bases que se oxidan y se desgastan y se rompen y se reparan y canibalizan otras tecnologías para existir. Mead diseñará los míticos spinner, coches voladores que son coches, no aviones pequeños, envejecidos y castigados por horas y horas de uso. Imaginará máquinas que están vivas y son amenazadoras, fábricas que funcionan a treinta bajo cero, calles abarrotadas, despachos de cuatrocientos metros cuadrados, un futuro distópico, decadente y realístico opuesto a los entornos relativamente más fáciles de definir que habían caracterizado la ciencia-ficción hasta entonces: el mundo de fantasía de Star Wars, el hábitat derrado de Alien o el entorno antiséptico de 2001. Sí, sé que me dejo Metropolis, pero es que no tengo tiempo ni espacio, caray. Mead fue lo suficientemente valiente como para enfrentarse a su propio trabajo, más optimista y naif, en la gran tarea que fue inventar el pasado del futuro. La tarea que hará que lo recordemos.

Descanse en paz.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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