No existe ningún escritor tan salvaje en el panorama actual como Carlos Pérez Merinero. Salvaje salvaje. Inolvidable. Espléndido. Solté una carcajada limpia y sorprendida en la página 115 de la edición para coleccionistas -guapísima- que ha lanzado al mercado Ediciones Vernacci. Aunque lo de lanzar al mercado puede resultar una expresión excesiva para una tirada de cien libros.

¡Sí señores, leidis an yentelman! ¡Nignos y nignas! ¡Cien ejemplares numerados! ¡Tuneados uno a uno en el Taller del Gatonegro! (el canto es negro como la segunda parte del apellido del gato y está pintado a mano: uno a uno, ¡cieeen!). El libro -añado-está diseñado como un viejo caset de video con la correspondiente caja (hacerla es más cara que el libro de dentro).

El precio o coste final de semejante obra es brutal, y para celebrarlo los de Ediciones Vernacci lo venden por diecinueve euros…. Wow. Si fueran una edi del grupo Planeta pensaría que quizá están haciendo dumping (vender por debajo de coste), intentando colocar una nueva marca en el mercado. Pero no es el caso, venden El ángel triste a la mitad de lo que realmente vale (que me ofrezca alguien cuarenta pavos por mi ejemplar, el 005, y ya verá donde le mando), porque están colgados.

Síiii: están colgados. Colgados como patos. Muy colgados. A su lado los frikis de Big Bang Theory son soldaditos de supermercado. Sé de que hablo, estuve con ellos en una tienda de cómic con una trastienda que es un teatro (más grande que la tienda) y no daba crédito a mis ojos de -presumo de ello- surfer mundano. Pero ¡qué basca! El portugués era sirio y escribía cosas como que un bollicao cobraba vida y se zampaba a cualquiera que se le pusiera a tiro. Estaba allí -natural en alguien así- con su madre, y él se moría de risa cuando contaba sus historias con la voz más aguda que nadie pueda imaginar. Pero había mucho más; había mucho más y no éramos ni diez en el pequeño teatro. Estaba Olga y el poeta ciego, y estaban también mi amiga la Sombra y el tipo al que habían comprado la idea para hacer un largo alrededor de Poe, estaba… Nosferatu…, sí, era de resina pero también estaba Nosferatu.

Si Carlos Pérez Merinero estuviese vivo y hubiese acudido al sarao secreto que montó Ediciones Vernacci en una calle ignota de Carabanchel-Madrid-Spain-Europe, habría flipado. Como flipé yo. Y flipé aún más cuando me leí El ángel triste.

No voy a decir más nombres, ni el del friki genio loco portugués sirio ni el del poeta ciego ni siquiera el de la librería. Los canto a todos desde aquí, pero no quiero – no quiero no quiero no quiero no quiero- que el mundo los ensucie con sus manazas asquerosas, ni que convierta la magia y la creación auténtica en un producto masivo que se usa y se tira y almacena en esos templos de la mediocridad llamados supermercados. Puaaggg!

Me voy a despedir por donde he empezado. Mi carcajada en la página 115. El narrador de Pérez Merinero dice exactamente las palabritas que copio más abajo:

Nunca me gustaron los viejos, y menos los viejos amables y pegajosos

Adoro a los de Ediciones Vernacci: qué divinos colgados.

Tigre tigre

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