Veo en los ojos de mi hijo la preocupación, esa inquietud que produce en el ser humano la sombra de los fantasmas.

-La Amazonia se está quemando.

Sí, y es horrible. Pero ¿cómo podríamos evitarlo? ¿Merece siquiera la pena saber que se está quemando?

Es un pensamiento demasiado grande para nosotros, para cualquiera de las personas que esté leyendo este texto. Ninguno tenemos los medios ni la capacidad para resolverlo.

Al campesino brasileño que monta su queimada para que el bosque se convierta en terreno cultivable, explotable agrícolamente, nadie va a convencerle de que deje de hacerlo. Su problema es aquí y ahora, su ambición es aquí y ahora: ganar más dinero, luchar contra las dificultades de la vida. Y si fuese verdad que el mundo se va a acabar en el año 2050, como se dice en las modernas profecías que corren por las redes sociales, a ese campesino le impora un carajo: quiere dinero hoy, comer hoy, comprarse un coche nuevo hoy.

Y también le importa un carajo a la multinacional que compra la soja que produce el campesino.

Así que al único que quizá pueda importarle algo es a quien pide una hamburguesa o una pechuga de pavo en un restaurante o un supermercado. Es a él al único al que se puede convencer, al único a quien se puede asustar moviendo la sábana blanca del fantasma del fin del mundo, la sábana rojo-llama del incendio que se come el Amazonas. ¿Usted ha visto la cara de la gente que hace cola en las hamburgueserías? ¿Esas personas van a decidir por sí mismas que en lugar de comer vaca van a comer hormigas o acelgas?

Podría prohibirse por decreto el consumo de carne; los estados tienen el monopolio de la violencia, pero no parece muy probable que vayan a hacerlo. El Pato Trump ni siquiera cree que exista un efecto invernadero: él sale al porche de su rancho y respira un aire purísimo, que a él -como el pequeño y humilde ser humano que es- le parece purísimo. Todo son tonterías, búsqueda del beneficio y del negocio moviéndose hacia uno u otro lado, piensa Donald, y le van a votar millones y millones de norteamericanos.

Quizá sea cierto que el mundo se está acabando, o quizá no -ojalá- y aún le queden a la tierra muchos miles de años, pero los problemas que acucian al planeta son, como he dicho más arriba, demasiado grandes para nosotros. Aunque es agradable pensar que aportamos nuestro granito de arena tirando las botellas de plástico vacías a un cubo diferente al que recibe los restos del pescado; yo lo hago.

“¿Quieres mejorar el mundo? No creo que pueda hacerse” dice el Tao.

Con la tristeza que nos nubla el corazón al pensar que la mítica Amazonia se está quemando lo único que podamos hacer, en verdad, es mirar hacia otro lado; y por eso escribía al principio que tal vez sería mejor no saber lo que está pasando… allá, tan lejos. Aunque claro, eso no es aplicable para los desafortunados que viven en Sao Paolo y están viendo como una noche de humo se está comiendo su ciudad. Ellos sí tienen un motivo concreto para arremangarse e ir a buscar agua para frenar los llamas, actuar, y hacer algo.

Lo de Notre Dame fue una minucia, y no es aplicable lo de las donaciones que se hicieron en su momento para apagar el Amazonas. ¿Cuánto dinero, y a quien, habría que dar para detener las llamas y restaurar el equilibrio natural en un lugar que pertenece a cuatro países distintos? Ni Gilito, el tío millonario de Donald, podría calcularlo.

Mientras tanto en las redes sociales los usuarios se entretienen, nos entretenemos, con la gran catástrofe, pero se nos olvidará cuando aparezca cualquier pequeña frivolidad que nos haga sonreír o gritar cabreados. Pobres loros, que sólo dejaran de gritar cuando se queden sin árbol.

¿El Amazonas? Mientras no se meta el humo en nuestras casas y dejen de vendernos la comidita diaria en los supermercados… un carajo.

 

(Mecanografía: MDFM)

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorCrónica de un embarrancamiento
Artículo siguienteImagen
Javier Puebla ha sido galardonado con diversos premios, tanto en prosa –Nadal, por Sonríe Delgado, y Berenguer, por La inutilidad de un beso– como en poesía: El gigante y el enano: V Certamen Vicente Presa. En 2010 recibió el premio Cultura Viva por el conjunto de su obra. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año: El año del cazador; 365 relatos que encierran una novela dentro. En 2005 fundó el taller 3Estaciones y la editorial Haz Mlagros. Cineasta, escritor, columnista y viajero: ejerció funciones diplomáticas en Dakar durante cuatro años, y allí escribió Pequeñas Historias Africanas, Belkís y Blanco y negra. Gusta de afirmar en las entrevistas que nació para contar historias, y quizá por eso algunos de sus artículos parecen relatos o cuentos.

2 Comentarios

  1. Siempre le digo a cada ser humano: Si no priorizas ético-racionalmente todo, tú bien (el que tengas) métetelo por el culo, y ¡ya! ¿Qué significa esto? Pues un basta total, un «no vale tanta mentira», un «no vale tanto truco para eludir la esencia del hacer bien» y un «no es suficiente el que tú hagas algún bien muy exhibido, el cual usas como tapadera-excusa para tener el esencial bien sin hacer aún por ti». Además, todo es mentira si se elude la razón hecha de coherente razón, sí; puesto que todo el la sociedad va a enturbiar, a engañar, a sacar excusas, a inventar seudobienes muy solemnes y maravillosos pero, en esencia, son mierda o el mal mismo. ¿Cuántas veces por millones de personas se ha prometido ya que hay que proteger a los bosques?; sí, pero, la realidad dice que se queman más. ¿Es que queréis poner por tonta a la Verdad o a Dios? ¡Basta! http://delsentidocritico.blogspot.com/

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

9 + cinco =