El siglo XX no había llegado a cumplir una semana cuando el sábado 6 de enero, en Viena, surgió la reseña de un libro que acabaría por modificar por completo la idea que la humanidad tenía de sí misma. El libro en cuestión tenía por título La interpretación de los sueños y su autor era un médico judío de cuarenta y cuatro años originario de Freiberg, Moravia, llamado Sigmund Freud.

Freud consideraba que La interpretación de los sueños había sido su mayor logro. Es en él donde se reúnen por vez primera los cuatro pilares fundamentales de su teoría sobre la naturaleza humana: el inconsciente, la represión, la sexualidad infantil (que desemboca en el complejo de Edipo) y la división tripartita de la mente en yo, es decir, el sentido de uno mismo; superyó o, hablando en un sentido general, la consciencia, y ello, la expresión primaria del inconsciente.

El inconsciente es uno de los pilares fundamentales de la teoría de Sigmund Freud. Se ha introducido en nuestro vocabulario pasando a ser un concepto cotidiano, quizás porque nos permite echar las culpas a otro, porque nos sirve como disculpa ante algunos errores cometidos. Este inconsciente, un tanto tenebroso que nos mostraba la teoría psicoanalítica, poseedor de nuestras pulsiones más inconfesables, está dando paso a otra idea muy distinta a través de los últimos estudios, tanto de la neurología como de la psicología.

Cada uno de nosotros somos conscientes de su existencia, aunque únicamente nos lleguen sus resultados. Por ejemplo: si queremos encontrar algo que hemos perdido y por más que lo buscamos no lo encontramos, si somos capaces de relajarnos y dejar trabajar al inconsciente, como por arte de magia llega a nuestra mente un mensaje nítido que nos dice dónde está eso que estábamos buscando. Esa información inesperada es lo que conocemos como el inconsciente.

Si observamos con atención, existen una serie de analogías entre la información mágica que nos proporciona internamente (al hombre) el inconsciente y la información que externamente (al hombre) proporcionan los algoritmos. Nos movemos, cada día, en el universo de los algoritmos que determinan un espacio fundamental de la economía de la información y de la atención en el siglo XXI. Por eso es imprescindible saber qué es un algoritmo (igual que indagamos en el inconsciente), cómo funcionan en las redes sociales y qué consecuencias tienen para una sociedad democrática.

Un algoritmo es una herramienta mecánica utilizada para gestionar un comando determinado (input), evaluar sus variables, todas las posibles, y establecer un resultado (output) en el menor tiempo posible.

Una de las diferencias más notorias entre el consciente y el inconsciente es la velocidad. Digamos que, aproximadamente, necesitaríamos unos cuatro años de nuestra vida si usáramos el consciente para realizar las comparaciones que el inconsciente es capaz de analizar en aproximadamente diez minutos. El inconsciente es mucho más rápido, mucho más veloz. Nos permite procesar las cosas en un tiempo mucho más breve. Igual que un algoritmo que realiza, a una enorme velocidad, un conjunto de cálculos a partir de gigantescas masas de datos. Con ellos ofrece una predicción. Si la predicción acierta, es decir, logra que el usuario entre en el juego de la retroalimentación, el algoritmo se reproduce a sí mismo y puede mantenerse en un bucle.

Pero el poder real del algoritmo viene cuando no acierta. El mecanismo, muchas veces llamado caja negra, porque no se sabe qué pasa en su interior, será capaz, ligado a la inteligencia artificial que le permite aprender de los nuevos datos introducidos por los usuarios, de dar nuevas respuestas, nuevos outputs para satisfacer las necesidades de los consumidores. Por eso el internet colaborativo, pero sobre todo las redes sociales, son la principal fuente de inputs que alimentan y perfeccionan los algoritmos.

Lo mismo ocurre con la información que proporcionan los errores humanos. Cada vez estamos más seguros de que la mayoría de las cosas que hacemos a lo largo del día son tarea del inconsciente. Esta afirmación nos puede dar un poco de vértigo… y, entonces, ¿qué pasa con la consciencia, con la libertad de elección? Sería bueno que nos tranquilizáramos, todo lo que quedó almacenado en el inconsciente pasó antes por el consciente; es parte de nuestra experiencia y de nuestra forma de hacer y vivir la vida.

El inconsciente es un buen aliado. Lo que nos da miedo es que no sabemos cómo elabora la información, solo podemos recibir su trabajo una vez terminado, (igual que la caja negra del algoritmo) y es muy posible que ese deseo de control que nos domina, sea el que nos ofusca ante su proceder.

Sería adecuado no olvidar que tanto el inconsciente como el algoritmo se limitan a darnos la información elaborada, luego, nosotros, tenemos la potestad de usarla o no. Si tomamos conciencia de su utilidad y nos damos cuenta de que son unos aliados, empezaremos a confiar en sus capacidades y la cooperación cada vez será más productiva y sólida, facilitando así el éxito en nuestros objetivos.

Puede que esto no funcione, que tanto los algoritmos como el inconsciente no sean nuestros aliados, y como Stephen Hawking declaraba uno de los peligros que amenazan a la humanidad sea el avance poco controlado de la inteligencia artificial. Entonces aplicamos lo de siempre, si aún estamos a tiempo, que es tomar decisiones propias, aprovechar mejor el tiempo de ocio, y disminuir los niveles de ansiedad tecnológica. Son alternativas que sólo pueden proporcionar resultados positivos.

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